| Denunciante Avanzado
| Respuesta: Las balas que matan en Colombia Comienza el negocio Volviendo a agarrar la cuerda, volvamos a Ramoncachaco que ya se había pasado del negocio del contrabando con el grupo de don Alfredo, al de la coca y ahora era independiente y empezaba a dejar ver que por primera vez ganaba platica. Ya tenía, por ejemplo, el carro de moda que era el Nissan Patrol con rines niquelados, bocelería plateada, engallado más o menos como los de los esmeralderos de Boyacá. Un carro modelo 71 que cambió luego por otro, modelo 72… Por los modelos me acuerdo de la época. A este hombre le siguió yendo tan bien que al poco tiempo compró avioneta. Ese fue el ejemplo para que un poco después, muchos quisieran pasarse a la perica. Ramoncachaco iba personalmente por la coca al Ecuador y me llegó a contar que la primera vez que entró allá con un avión –a mí me parece que su avioneta fue la primera aeronave que salió de este país por droga— todo le pareció tan fácil que volvió y volvió y se hizo cada vez más rico. Más tarde, aquí hubo tres avionetas que se hicieron famosas: la de Jaime Cardona, que inclusive murió en un accidente aéreo con parte de su familia, la avioneta de don Alberto y la de Ramoncachaco. Eran avioncitos monomotor. Pues le contaba que este hombre se fue la primera vez por la pasta a Quito, con plan de vuelo, o sea, legalmente, compró su mercancía, la empacó en las maletas y cuando llegó de regreso a Medellín, pasó por la aduana y vio que nadie sabía qué era eso. Nadie la conocía. Oigame: es que dizque nadie la miraba. Dizque levantaban la ropa y la revisaban y eso ahí, y nadie sabía qué era. Anote entonces cómo los de ese momento trabajaron la coca, de frente, y empezaron a movilizar fortunas completas. Bueno, pero a todas estas, continuaba el contrabando de Marlboro en su auge, de manera que aquí había en este momento una mezcla de lo que podía llamarse la mafia de la época, que eran los contrabandistas más fuertes, y los que apenas se estaban iniciando en la droga, que también habían estado en el negocio del cigarrillo. En esa cochada estaba Jaime Cardona, Ramoncacho, Mario Cacharrero, otro al que le decían El Pariente, que está vivo y llegó a tener diez carros… Este Pariente era un hombre alto, gordo, muy grande. Empezó a llevar, no sé en qué forma su mercancía y se compraba esos automóviles largos LTD. Él era la bomba: se cuadraba en el centro de Medellín con esos carros enormes y la gente parecía embobada mirándolos. Era famoso por sus autos. El poder del dinero Ese es el primer fenómeno que yo vi del narcotráfico desde mi sitio de joven porque, digamos que yo todavía estudiaba. Apenas había salido del bachillerato. Mire: me he puesto a pensar en esas cosas y cada vez veo más claro que esos fueron para mí los ejemplos que determinaron el futuro de mi vida y el futuro de la de muchos, de la de muchísimos muchachos que comenzábamos a vivir con ilusiones, pero ya sin muchas ganas de trabajar en una fábrica o en un almacén. Es que lo que veíamos –y por eso se lo cuento– era esa opulencia, sumada a la aventura, y sumada al poder que da el dinero. O, no me vaya a decir que el dinero no da poder y da fama. Y tampoco me va a poder negar que no hay un solo ser humano en este mundo al que no le guste la plata, la fama y el poder… y más a esa edad. Bueno, los capos de la droga que yo admiraba en ese momento, eran entonces, Jaime Cardona, Mario Cacharrero, Ramoncachaco, desde luego El Pariente con sus automóviles y un muchacho que se llamaba Evelio Antonio Giraldo que fue el primer muerto de la mafia en Medellín. Lo mataron en 1972. Lo mataron ahí cerquita de donde quedaba El Colombiano, en una bomba de gasolina sobre Juan del Corral. Le dieron varios balazos cuando estaba al lado de su carro, un Dodge Demon modelo 68. Ahí usaron bala ‘dum-dum’ –la pusieron de moda– con un Magnum que es un revólver muy grande. Grandísimo. Se usaba mucho. Y se sigue usando todavía… Mire hombre: yo vi el cadáver de ese tipo y los agujeros que tenía eran impresionantes porque ese proyectil es de plomo, núcleo de plomo dicen los que saben, reforzado con un blindaje de cobre hacia la base, de manera que cuando toca la piel se achata el plomo y el cobre sigue ahí, firme y entonces la bala se vuelve… imagínese un hongo. Y como la bala no entra quieta sino que va dando vueltas, va retorciéndose a una velocidad la berraca –porque el cañón de las armas tiene “ánima” o sea unas estrías, un alambique tallado adentro para que al escupir el plomo lo ponga a girar como un trompo–, entonces piense en las troneras que logra taladrar en el cuerpo del paciente. Ese fue el primer muerto de la coca. Anótelo porque es historia que no sabe nadie en este país… Claro que en esa época ya había habido muertos pero no de coca sino en la guerra del Marlboro. Esa se dio por plaza. Comenzó aquí, se desarrolló aquí y fue a dar a los Estados Unidos. Se dio porque don Alfredo entraba tantos camiones, don Alberto entraba otros tantos, Jaime Cardona otros tantos. Salía el cigarrillo al mercado y como la saturación en las esquinas era cada día mayor, aumentaba la competencia, el precio se iba abajo y todos perdían plata. Entonces vinieron los primeros balazos. Como consecuencia, esto se puso candela y estando Ramoncachaco ya en el negocio de la coca, fue muerto por haber andado metido antes en el negocio del cigarrillo. Él fue, digamos, el segundo muerto de esa guerra tan beligerante y tan dura, que al que encontraran en la calle, lo mataban. Y se conocían todos. Y, además, la ciudad no era tan grande. Entonces mida usted la mortandad aquí y en los Estados Unidos, porque allá empezaron a caer los que les despachaban los envíos a los tres capos y luego los que se iban de aquí huyendo de la muerte. Los espejos de Escobar A mí me tocó vivir esa guerra pero muy de cerca. Yo la sentí encima de la cabeza y conté los muertos de aquí de Medellín –más de sesenta– y salí, hombre, bendito sea Dios, salí con vida. Entonces fui de una generación que se hizo en la guerra. Claro que aquí parece que todos nos hicimos, nos hacemos y nos haremos en ella, pero yo digo que a mí me tocó más cerca que a muchos de los muchachos de mi época. Mire una cosa: a mí me tocó ver, por ejemplo, cómo fue la matada del primer hombre desde una moto. Y me tocó, eso sí una que otra vez, ver gente que volvía del más allá como don Alberto. Sucede que una vez él se puso a beber con los dos guardaespaldas y cuando terminaron arrancaron en su automóvil. Pero uno de ellos había metido bazuco y como esa cosa a algunos les produce delirio de persecución y agresividad y tanta joda, uno de los guardaespaldas –un expolicía, por cierto– que iba en el asiento de atrás se puso paranoico, sacó un revólver y le disparó al hombre. Él dice que se detuvo y alcanzó a abrir la puerta del auto, pero cayó allí mismo sin poderse mover. Muerto para los demás, pero dizque escuchaba todo, veía todo, entendía lo que sucedía. Que vio cuando el expolicía se alejó unos seis o siete metros para coger un taxi y él lo tenía en la mira y no podía hacer nada. Entonces dizque se acordaba de algo que yo siempre le repetía: —Patrón, uno tiene que andar armado siempre. Uno con un arma al lado es otra persona. Si le pasa algo, por lo menos dispara al aire, llama la atención. El arma debe estar siempre cerca de uno cuando maneja o cuando se sienta a la mesa. Mejor dicho, siempre. Es que uno, definitivamente en este país de guerras, tiene que cargar un arma porque de lo contrario está jodido. Eso le decía yo y fíjese que ese día él no me había hecho caso. Volviendo al cuento, digamos que a Ramoncachaco lo mataron en la bomba de Alivar que queda exactamente a seis cuadras del aeropuerto Olaya Herrera. Le dieron con un revólver Magnum, con balas planas, recortadas en la punta –la tres cincuenta y siete–. El que sepa qué es eso me va a entender muy bien cómo era aquella guerra. Y le dieron en el momento en que estaba echándole gasolina al Nissan Patrol, con un pasacintas a todo volumen, bailando salsa en el piso mientras le llenaban el tanque con gasolina. Y cuando cayó, porque el primer balazo lo mandó de culo para atrás, así de poderoso es el impacto de esa bala recortada, no quedó con un gesto de dolor, ni de miedo, ni de tragedia, mi hermano: Ramoncachaco quedó sonriendo. Quedó, como decían entonces, con la salsa que escuchaba en ese momento untada en la cara. A él lo llamaba Ramoncachaco porque vestía bien –hablando de su ambiente de camaján– porque él era un camaján fino, bien vestido, con trajes verdes de paño de mesa de billar o trajes verde oliva o trajes verdes oscuros, carajo, y corbatas verdes claras o blancas y medias blancas y pañuelo blanco o amarillo, que corta bien con el verde, y zapatos de charol vino tinto. Imagíneselo usted. El hombre era un malevo: malevo porque también había venido de abajo. Entonces ahí le cuento, por encima, quiénes fueron, digamos que los espejos de mi juventud. No digo mis ídolos, sino los ejemplos que tuve, en un momento en que uno ya decide definitivamente el camino que va a seguir en la vida. Y de todos ellos, le repito, que el que más me sirvió fue el de mi maestro que todavía esta vivo: don Alberto. |