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Antiguo 09-05-2011 , 14:14:58   #2
MAU5
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Predeterminado Respuesta: el barco maldito

Era el primer caso en la historia en el cual un capitán no podía tomar posesión de su barco, aún cuando llevaba más de un año y medio a bordo del mismo. El 17 de junio de 1860 el Great Easten lograba el permiso para abandonar el puerto. Era el primer viaje con pasajeros del monstruo siniestro y criminal. Para esta travesía solo pudieron encontrarse 36 pasajeros a pesar de los precios de liquidación que ofrecía la compañía propietaria. Viajar en el Great Eastern era sinónimo de muerte. Los pasajeros eran despedidos por familiares y amigos como si marcharan directamente al infierno. Más que un viaje de placer lucía que los infortunados 36 seres humanos se disponían a viajar en la Barca directa al Infierno.
En el primer día se decidió probar el inmenso velamen que hasta aquel momento y en casi tres años y medio no se había movido. Las seis mil quinientas yardas de velas tardaron más de seis horas en ser desplegadas, sólo para encontrarse que la mayor parte de ellas estaban inutilizadas. Definitivamente no se podía contar con el velamen.



Esta perspectiva no era nada agradable para el nuevo capitán John Vine Hall, porque su experiencia le decía que podían necesitarlas en cualquier momento. Y esto sucedió muy pronto. Las máquinas fallaron al siguiente día de la prueba con el velamen. El ominoso presagio del capitán se había cumplido.
Por tres días la increíble mole viajó al garete de un lado al otro. A merced de las fuertes corrientes del lugar. En aquellos momentos si se hubiesen cruzado con otro barco hubiese sido imposible evitar la colisión. Tres días de angustias vivió el capitán Vine Hall, pero en ellos se dio maña en distraer a sus escasos pasajeros con conciertos de violín y piano, mientras la negra mole viajaba al rumbo entre una espesa neblina.
El gran salón principal, orgullo del Great Eastern se descubrió al quinto día que no podía ser usado. Varios tubos de las dos chimeneas principales corrían por él, disimulados por una espesa capa de decoración, pero cuando las chimeneas funcionaban el calor era tan insoportable que aquello se convertía en un horno. Como bien recalcó un pasajero en el viaje: “El Gran Salón, decorado en rojo terciopelo parecía la antesala del Infierno con aquel calor diabólico”.
El 25 de Junio un tripulante se volvió loco de repente. Saltó sobre los pasajeros y miembros de la tripulación hiriendo a varios de ellos con un fino cuchillo y profiriendo obscenidades y clamando que “respondía a órdenes divinas.” Tuvo que ser reducido, tras dejar un mar de sangre en la cubierta y encerrado a cal y canto durante el resto del viaje.
El Great Eastern se encontró envuelto en este viaje por la niebla y los enormes icebergs que cruzaban el océano. El piloto descubrió para su horror que el enorme armatoste no respondía al timón y que sus movimientos apenas podían ser controlados.Cuando el Great Eastern, finalmente llegó a Nueva York, era el último día de junio. La pesadilla del viaje tenía que tener un final de acuerdo a las circunstancias. El barco fuera de control se precipitaba contra los muelles y la multitud que le aguardaba. Los gritos de bienvenida y las risas de los americanos se transformaban en chillidos de espanto y alaridos de dolor mientras que la descomunal proa partía cuerpos humanos.



Sin embargo el pueblo americano desconocía o ignoraba la reputación de “maldecido por el Diablo” que seguía al barco. En derredor del mismo se organizaban todo tipo de fiestas, expendios populares y hasta ferias. En el centro de este tumulto que ya duraba una semana sucedió lo que podía esperarse de su fama. Mientras que la multitud bailaba y se divertía sobre el serrín fresco puesto en los lugares embestidos por el barco, para cubrir las manchas de sangre, estallaba un incendio en el muelle principal.
De nuevo las risas y las fiestas se convertían en un “sálvese el que pueda.” Lo que es más, la conflagración amenazaba con llegar a las fuentes de suministros del Great Eastern. Esto hubiese significado una explosión sin parangón.
Tras una enconada lucha por el departamento de bomberos se lograba dominar el siniestro, no sin que antes nueve bomberos pasaran al hospital materialmente achicharrados vivos.
Tras de una infortunada gira en la cual el Great Eastern tomó dos mil pasajeros para cruzar hasta New Jersey y en la cual hubo de todo, el Great Eastern estaba dispuesto para volver a Londres. Esta vez cien pasajeros viajaban a bordo. El viaje de vuelta no transcurrió sin incidentes. Hubo un par de muertes. El barco embistió un pequeño remolcador mandándolo al fondo del mar y uno de los directores de la compañía que estaba a bordo murió de un ataque al corazón.
En el verano de 1861 el gobierno inglés decidió usar el Great Eastern como transporte de tropas desde Inglaterra hasta Canadá. Junto con las tropas iban como pasajeros 473 mujeres y niños. 400 en la tripulación y 122 caballos. Esto sin contar con la tropa que totalizaba casi tres mil soldados. El primer día del viaje se caracterizó por un inesperado motín que no parecía tener motivo (aparentemente la tropa deseaba a las mujeres) Lo cierto es que hubo más de diez muertos y de nuevo la sangre corrió como agua por la cubierta superior del monstruo maldecido.
La armazón del Great Eastern fue incapaz de evitar un glaciar que abrió un amplio hueco en sus costados y que de paso mató una gran parte de los caballos en la segunda cubierta. El ejército inglés se dio prisa a cancelar su contrato para transportar tropas en el Great Eastern, destruyendo las esperanzas de ganancias en la compañía al borde de la quiebra.
En Septiembre de 1861 se logró completar un nuevo viaje hacia Nueva York. Cuatrocientos pasajeros decidieron correr el riesgo de viajar en aquella masa de muerte y destrucción. Sólo para encontrarse que habían cometido el peor error de su vida.



A merced de una tempestad fuera de temporada (los dos viajes del Great Eastern habían tropezado con tempestades no previstas) el barco perdió sus paletas impulsoras. Una chimenea explotó. El Gran Salón quedó a merced de los pesados pianos que se movían de un lado al otro como toros enfurecidos destruyendo toneladas de cristalería y tapicería. Los pasajeros sufrieron más de cien bajas entre lesiones físicas y enfermedades aún cuando ninguno llegó a morir. Aterrados, se amontonaban como cadáveres en un rincón del segundo salón, mientras que la carga libre de sus ataduras corría por los inmensos pasillos destruyendo y aplastando todo lo que encontraba a su paso.
Las vacas vivas que se guardaban bajo cubierta para ser sacrificadas se soltaron y arremetieron contra todo aquel que se le cruzaba en su camino. El cuadro era dantesco, las luces fallaron. En verdad podía compararse fácilmente con el Infierno del Dante.
Y al final de este horroroso viaje la tripulación volvió a amotinarse en el medio de la tempestad. Los quejidos de los heridos, la sangre corriendo por los mármoles, la carga destrozando todo a su lado. y los animales embistiendo con los hocicos llenos de espuma sanguinolenta en la más completa oscuridad completaron el cuadro psíquico.
Los dementes eran cazados a tiros en la cubierta. Los vivos luchaban entre sí por botines en les camarotes. El más espantoso caos reinaba en el barco en tinieblas y sin control en pleno océano. Y en el centro de esta tragedia horrenda los pocos pasajeros que aún conservaban la lucidez mientras que contemplaban el batallar de tripulantes y ladrones a la luz de los relámpagos podían oír el martilleo de los fantasmas en las bodegas sumergidas.
Fue el último viaja del Great Eastern. La pesadilla finalizó cuando el barco arribó a Nueva York. Los pasajeros abandonaron el Great Eastern, sólo para buscar abogados inmediatamente y poner pleitos por decenas. Esta vez el Great Eastern no tuvo tanta suerte al entrar en Nueva York. Su masivo fondo de acero se rajó como la cáscara de un huevo al tropezar con una roca sumergida en la bahía de Long Island. Una roca que nadie había visto hasta aquel momento y que jamás había causado problemas en la navegación.



El gigantesco monumento a la maldición extraña del diamante Hope fue llevado a un astillero para reparaciones. Los obreros que trabajaban en el casco apenas duraron un día, hasta que los martillazos misteriosos se dejaron sentir en los recónditos paneles sellados. El capitán se rió de esto, hasta que los oyó por él mismo. Irónicamente, el Great Eastern, que representaba un paso en el futuro, un avance de cincuenta a setenta años a su época, también fue el iniciador de la ciencia ficción.
Y de nuevo el barco extraño, enigmático, criminal y maldecido se veía envuelto en una aventura fuera de su época cuando se le destinaba para llevar el primer cable telegráfico bajo el océano entre Londres y Nueva York. Tras mil doscientas millas de cable lanzado al fondo del océano, éste se rompió en pedazos perdiéndose en el mar una fortuna en metal y las esperanzas de comunicar los dos continentes.
Pero en la vida de aquella maravilla flotante que jamás llegó a serlo habría de suceder algo positivo. Un año después, tras un viaje accidentado el Great Eastern llegaba orgullosamente a Nueva York. Había tirado el cable submarino que unía los dos continentes, al precio de varias vidas en accidentes durante la travesía.
En 1867 dio su último viaje llevando pasajeros desde Nueva York hasta la Exposición Mundial que brindaba Luis Napoleón en París. Allí el escritor de ciencia ficción Julio Verne tomó el barco como modelo para describir el superbarco que utilizaría en su novela La Ciudad Flotante.

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