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Antiguo 02-04-2011 , 20:24:07   #34
rolando mota
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Predeterminado Respuesta: Asesinos en serie - actualizable

Viéndose perdida, Sara Aldrete se encerró en un cuarto y rompió la ventana a patadas: su intención era fingir que estaba secuestrada por Constanzo y su grupo. Arrojó por la ventana un papel donde había escrito: "Por favor, llamen a la policía judicial y díganles que en este edificio están los que buscan. Díganles que tienen a una mujer como rehén. Se lo ruego, porque lo que más quiero es hablar, o matarán a la chica".
Mientras tanto Álvaro de León Valdéz "El Dubi”, perdió la calma, tomó su arma y disparó una ráfaga de AK-47 por la ventana. Los federales respondieron al fuego con ametralladoras. Constanzo enloqueció al verse atrapado. Gritaba que el poder del Palo Mayombe lo había hecho invulnerable a las balas e inmortal. Tomó fajos de billetes y los arrojó por la ventana; la gente que estaba en la calle corrió a recoger el dinero, dificultando la labor de los federales. Constanzo amontonó el dinero restante sobre la estufa y le prendió fuego. Entonces se volvió hacia los demás y gritó: “¡A morir todos!”
Álvaro de León Valdéz “El Dubi”, el más violento del grupo, continuó la lucha contra la policía. Constanzo cogió a uno de sus amantes masculinos, Martín Quintana, y se metió con él en el guardarropa. Tras abrazarle, le ordenó a “El Dubi” que les disparara, pero éste no entendía la orden. Constanzo se levantó y lo abofeteó, repitiéndole la indicación. Acto seguido, los dos recibieron una lluvia de balas de la AK-47. Constanzo y su amante terminaron muertos en el clóset.
La policía capturó a Álvaro de León Valdez “El Dubi”, a Omar Orea Ochoa y a Sara Aldrete. “El Dubi” fue condenado a treinta años de prisión por el asesinato de Constanzo y Quintana en agosto de 1990. Sara Aldrete fue absuelta de esos cargos; pero se la sentenció a seis años de reclusión por “asociación criminal” y a cincuenta años de prisión por el homicidio de Mark Kilroy; en ese momento, Sara Aldrete tenía apenas veinticuatro años.
Sara Aldrete se convirtió en una celebridad oscura. Alternaba violentas protestas y afirmaciones de su inocencia con detallados informes sobre lo ocurrido en el rancho Santa Elena. Permaneció un tiempo en el apando, y fue torturada y vejada por los policías.
Según sus propias declaraciones, la violaron siete agentes, le quemaron la vagina con descargas eléctricas hasta carbonizarle una parte, la mantuvieron encadenada más de dos meses a una cama, le metieron la cabeza en agua con chile, le aplicaron choques eléctricos en diferentes partes del cuerpo, le arrancaron uñas.
En la cárcel escribió sus memorias, un libro titulado “Me dicen la Narcosatánica”, donde se dedica a matizar su participación en la banda de Constanzo como un peón involuntario, una chica inocente que nunca supo de lo que se trataba el grupo y que fue prácticamente “secuestrada” por Constanzo.
Concedió entrevistas a periódicos, revistas y programas de televisión mexicanos y extranjeros, participó en concursos de pastorelas, produjo obras de teatro (entre ellas una adaptación de El gesticulador, de Rodolfo Usigli), fundó el grupo teatral “Il Bagatto”, se inscribió en un taller de literatura y ganó certámenes carcelarios. También inició la biblioteca de la prisión, consiguiendo donaciones de libros.
El caso de Adolfo de Jesús Constanzo y Sara Aldrete inspiró un video home muy deficiente titulado Los Narcosatánicos, así como la película “Perdita Durango”, del director Alex de la Iglesia.

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Sara Aldrete recuerda así el ritual de iniciación:
“(Adolfo Constanzo me dijo): ‘A ti te debo proteger. Te voy a presentar ante mi eggun. Te voy a hacer un rayado para protegerte de todo mal, pues me vas ayudar a hacer unos trabajitos que tengo pendientes. Necesito a alguien como tú. No debes tener miedo. Todo va a salir bien. Ven, vamos. Te voy a llevar al cuarto del muerto’. He olvidado todo lo que vi en el cuarto de los espejos. Mi interés creció al escuchar que me presentaría a su eggun. ‘Oye, pero ¿no estás reglando?’, me preguntó. ‘Es que si estás en tus días no debes entrar a verlo. Por eso es muy difícil que una mujer pueda trabajar con la nganga. Y en muchos lados se les prohíbe la entrada a las mujeres a cualquier ceremonia’ (...) Mi curiosidad iba en aumento. El corazón me brincaba y las piernas se me debilitaban. Sudaba. Pero era muy sabroso sentirme así (…) Me encantó la idea de verme frente al ser tan poderoso que le trabajaba al gran Adolfo Constanzo. La respiración se me aceleraba. Abrió el cuarto blanco, muy blanco, de paredes, piso y techo. Rosas rojas en una esquina. Cacerolas con hierros, cadenas y mil y una cosas. Y al frente, imponente, grandiosa y macabramente bella, la nganga.
“Se hincó y me hinqué a su lado. Habló en dialecto. Con gran respeto yo lo escuchaba. Veía las veladoras a los lados. Pasó un rato. Seguía sudando. Todo era tan extraño. Un olor a hierbas, alcohol y una mezcla extraña; tal vez era la sangre de los animales que le habían dado en sacrificio. Me empezó a tocar la cabeza. Y me checo en una tabla con signos: era su oráculo supremo. ‘El eggun me dice que debes protegerte. Yo debo protegerte. Te voy a hacer un rayado’. Fui a donde él estaba e hice las mismas señas que él ante el caldero. ‘No des la espalda al salir. Sal como yo’. Estaba helada, pero alegre. Había visto lo que nadie podía ver si no pertenecía a su religión, y yo aún no me metía y ya había entrado al cuarto sagrado. (Al otro día) Adolfo (Constanzo) me esperaba todo vestido de blanco y con todos sus collares puestos. Se veía increíblemente guapo y enigmático. ‘Sara, esto que te voy a hacer no se lo debes decir a nadie. No debes contar lo que veas o alcances a ver, pues va en contra de la religión. Es un bautizo para que nadie te pueda hacer daño. Se va a sacrificar un animal. No quiero que te asustes, pero es algo que debo hacer’. Vi que tenía dos costales, uno de gallos y otro con un chivito ‘¿Lo vas a matar?’ ‘Sí, debo darle comida a la nganga. Te voy a tapar los ojos y los oídos con una venda. No te preocupes, nada te va a pasar’.
“Me metió a un cuarto y me rompió los pants que traía puestos. Me bañó. Me ordenó que me vistiera de blanco. Después de haber rezado y orado, habló en dialecto. Entramos al cuarto sagrado, me hincó y me empezó a vendar los ojos. Olía a habano. Me echaba humo encima. Me estaba mareando. Escuché voces que oraban en dialecto, en patois. Todo era tan mágico. Me empecé a atemorizar, aun dentro de la emoción por esas voces que escuchaba. Reconocí las voces de Adolfo (Constanzo) y la de Martín Rodríguez.
“Adolfo me daba indicaciones de lo que debía tocar y beber. Era alcohol. Me roció con él, al tiempo en que yo debía escupir el que tenía en la boca. Mucho después sentí un ardor especial en mis manos, en mis piernas, en mi pecho. Oí el quejido de un chivo. Adolfo me sacó de allí un momento y después me volvió a meter. Oraba y oraba pidiendo mi protección. Minutos después me quitó la venda de los ojos y me destapó los oídos. Me vi llena de sangre en el pecho, manos y piernas. ‘No te asustes, ya pasó. Estás protegida. Son pequeñas rayitas que el eggun quiere que tengas. Se te van a borrar. No son como las de mis ahijados. Esto es diferente’.
“Poco podía ver a mi alrededor. Hasta después me di cuenta de que ahí estaba Elio. Ya lo había rayado; le había hecho cruces y flechas con una navaja en la espalda, pecho y pantorrillas y luego le dijo: ‘Yo soy tu Padrino. Martín y Omar son tus mayordomos, Jorge y Damián son tus hermanos y Sara es como tu madrina. Debes cuidarla’. Mientras hablaba yo miraba a un gallo muerto y algo que parecía un chivo pequeñito. Elio estaba sangrando mucho; Adolfo me pidió que le echara cenizas del puro para que se la parara la sangre, pero yo me salí a vomitar.
“Alcancé a escuchar que los demás me dijeron que yo no servía para esas cosas. Para acallar cualquier protesta, Adolfo les dijo que yo era su esposa. Y se fue tras de mí. Yo me sentí muy importante. Ya estaba protegida por Adolfo de Jesús Constanzo. Sentía una fortaleza extraordinaria. Sensacional. No se lo conté a nadie. Era un gran secreto. Me dio un amuleto, un collar de cuentas de colores, rojo y blanco, que nadie debía tocar. Me lo puse junto a mi rosario que siempre tengo. Nadie. Pero antes del año caí en la cárcel y todos lo tocaron. Pasó por muchas manos en la Procuraduría. Y yo también”.

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El tercer miembro de la banda que participó en el tiroteo de Ciudad de México, Omar Orea Ochoa “La Dama de Constanzo”, murió el 7 de febrero de 1990 de un ataque al corazón, tras padecer SIDA durante años en un hospital penitenciario.
Su hermana, Sara Patricia Orea Ochoa, se convirtió en Magistrada en Materia Penal del Tribunal de Justicia del Distrito Federal en 2008. Curiosamente, ella comenzó su carrera a mediados de los ochenta con Abraham Polo Uscanga, quien en 1989 trabajaba como Subprocurador de Averiguaciones de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y quien presentó a la prensa a toda la banda seguidora de Constanzo después de su aprehensión. Abraham Polo Uscanga fue asesinado en 1995 en extrañas circunstancias.

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RECUERDA QUE EL CLAVO QUE MAS SOBRESALE ES EL QUE RECIBE EL MARTILLAZO
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