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Antiguo 02-04-2011 , 20:23:29   #33
rolando mota
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Predeterminado Respuesta: Asesinos en serie - actualizable

Las dos camionetas recorrieron kilómetros a través del campo hasta detenerse frente a un grupo de endebles barracas en una granja. Mark Kilroy fue obligado a permanecer sentado en una vieja hamaca. Llegaron más hombres; algunos llevaban armas automáticas.
Pasaron las horas lentamente, y al alba, un anciano le dio un poco de agua y una sartén con unos huevos revueltos. Los mexicanos le dijeron que no se preocupara, que no le iba a pasar nada. Kilroy se pasó un buen rato rezando. Poco después le condujeron a una construcción de madera, y una vez dentro lo ataron de pies y manos. Un olor a podrido enrarecía el ambiente. Nubes de ruidosas moscas se agolpaban sobre algo que había en el fondo oscuro de la barraca.
Los guardias lo obligaron a arrodillarse y lo amordazaron con cinta adhesiva pegada a los labios. Alguien dio una orden, así que volvieron a arrastrarlo al exterior y lo colocaron sobre una lona alquitranada extendida en el suelo. Detrás de él, alguien levantó un machete y le propinó un golpe seco en la nuca. Mark Kilroy murió al instante.
Tras asesinarlo, le extrajeron el cerebro y lo pusieron a hervir en la nganga, en la propia sangre del chico. Le quitaron además la columna vertebral, con la cual fabricaron amuletos y collares para protección. Le amputaron las piernas, le quitaron la carne y la devoraron. Con un fragmento de la columna vertebral de Kilroy, Constanzo se fabricó un alfiler de corbata que en adelante utilizó. Los huesos del joven fueron colocados en cubetas vacías.
El terrorífico descubrimiento
La noche del 5 de abril, en un control de carretera montado por el Ejército Mexicano y la Policía Judicial Federal, las autoridades hicieron la parada a David Serna Valdez, un homosexual apodado “El Coqueta” quien se dio a la fuga y fue perseguido hasta el rancho Santa Elena. Allí consiguieron arrestar a Valdez y descubrieron una pequeña cantidad de marihuana y cocaína, un mediano arsenal de pistolas, así como once vehículos recién salidos de fábrica equipados con los más modernos teléfonos inalámbricos y sistemas de radio. “El Coqueta” Valdez rebosaba literalmente de seguridad en sí mismo. Alardeaba de que las armas de la policía no podían hacerle ningún daño.
Sin embargo, los agentes realizaron otra detención en aquel mismo lugar por pura casualidad: un anciano que cuidaba el rancho.
Le mostraron rutinariamente una fotografía de Mark Kilroy y el hombre reconoció inmediatamente al muchacho, a quien él mismo le había preparado una comida hacía más o menos un mes.
A través de los números de serie de los teléfonos de los coches, los agentes obtuvieron una lista de nombres y direcciones de lo que parecía ser una nutrida banda de delincuentes. En menos de dos días, la policía tenía bajo custodia a Sergio Martínez, apodado “La Mariposa”; a Serafín Hernández Junior y a Elio Hernández “El Pequeño Elio”. Se les sometió a un intenso y violento interrogatorio. Pero al final, los bandidos realizaron declaraciones coincidentes. Todos hablaron de un líder llamado Adolfo de Jesús Constanzo “El Padrino”, a quien describían como “un brujo cubano” que les había iniciado en una serie de espeluznantes sacrificios humanos, prometiéndoles inmunidad ante la policía, incluso ante las balas de sus revólveres. Tal como dijera Valdez, todos consideraban que sus almas habían muerto tras la detención.
También desvelaron que el brujo tenía una cómplice femenina, apodada “La Madrina” o “La Bruja”, una muchacha mexicana, alta y bonita, con educación universitaria, que solía iniciar las sesiones de tortura de las víctimas. Proporcionaron además el nombre de aquellos dos personajes: Adolfo de Jesús Constanzo y Sara Aldrete.
Según su testimonio, era Sara la que ejecutaba personalmente a las víctimas. Los colgaban de una soga, de manera que pudieran agarrarse con las manos, luchando para sobrevivir. Mientras se afanaban por respirar, bajaban la soga hasta un caldero con agua hirviendo, y por el camino, supuestamente Sara les cortaba el pene y las tetillas con unas tijeras. Después los cocían vivos, a fuego lento. La agonía duraba varias horas. En alguna ocasión, alguno de ellos le abría el pecho con un gran cuchillo y todavía vivo, le arrancaba parte del corazón de un mordisco, mientras la víctima, todavía consciente y observando todo, gritaba de dolor.
El martes 11 de abril, un equipo de la Policía Judicial Federal se desplazó al rancho Santa Elena junto con los miembros arrestados de la banda. Abrieron la puerta de la maloliente barraca y encontraron todos los objetos normalmente empleados en rituales de magia negra. En una de las paredes se apoyaba un altar improvisado, engalanado con ristras de ajos y chiles verdes. Pequeñas cazuelas con objetos rituales, abalorios, monedas, cabezas y cuellos de pollos y cabras sacrificadas. Una de las cabezas de cabra estaba atravesada por un pequeño tridente.
El mugriento suelo estaba salpicado de colillas de cigarrillo, botellas vacías de aguardiente de caña y envoltorios de caramelos. La ignorante policía mexicana pensó en un grupo de “adoradores del diablo”, así que declararon a los periodistas que se trataba de narcotraficantes que practicaban el satanismo. Ni siquiera tenían idea de lo que era la Santería. Los periódicos bautizaron de inmediato a los criminales como “Los Narcosatánicos”, aunque no tuvieran relación alguna con estas sectas.
En el centro de la barraca encontraron la nganga de Constanzo, el gran caldero de hierro de unos setenta y cinco centímetros de diámetro. Su contenido explicaba la peste y la gran cantidad de moscas. El caldero contenía varios palos para remover la mezcla y una especie de sopa espesa a base de sangre semicoagulada cocida con trozos de cerebro humano, pedazos de tortuga, una cabeza de cabra, segmentos de espina dorsal humana, huesos, vísceras de animales y una herradura. Estaba claro que allí había tenido lugar más de un asesinato.
Los miembros de la banda, enormemente excitados, fueron señalando las tumbas de las víctimas. Trece muertos en nueve fosas. Uno de los cuerpos pertenecía a Gilberto Sosa, el traficante con el cual Sara Aldrete había estado relacionada en Estados Unidos antes de conocer a Constanzo; según los testimonios de sus acusadores, ella misma había participado en su tortura y ejecución.
Luego, la policía localizó el cadáver de Mark Kilroy a un metro de profundidad. Lo desenterraron con la ayuda de una excavadora. El cuerpo estaba salvajemente mutilado, como el de los demás sacrificados. Había separado la cabeza del tronco para poder extraer más fácilmente el cerebro, faltaban las articulaciones de los dedos, los genitales y se le había extirpado la columna vertebral. Los otros cuerpos mostraban, asimismo, señales de haber sido desollados.
La policía volvió con Sergio Martínez para desenterrar el décimo tercer cadáver en presencia de las cámaras de televisión y los reporteros de prensa. Tras una hora de excavación bajo el sol del desierto, apareció el cuerpo de un muchachito de catorce años, al que le habían abierto el pecho doblando hacia fuera el costillar; también le faltaba el corazón. Los detenidos siguieron dando detalles de sus actividades. La policía dedujo que el cerebro de la banda tenía que ser Constanzo. Pero este nombre causó una gran preocupación, ya que se trataba de un sujeto con influencias. Conocía a gente importante, incluso a jefes de policía y personalidades del Gobierno. Los federales también seguían la pista de su sacerdotisa, Sara Aldrete.
Los federales registraron la casa de Sara mientras desenterraban los últimos cadáveres en el rancho. Su padre los condujo hasta el departamento, donde lo primero con lo que se toparon en el cuarto de estar fue con un altar manchado de sangre. Estaba rodeado de velas dedicadas a Changó y Santa Bárbara, y en una esquina del salón la policía halló ropa de niño empapada en sangre.
Por la tarde del mismo día en que “La Mariposa” había desenterrado el décimo tercer cadáver frente a las cámaras de televisión, el comandante de la Judicial federal, Benítez Ayala, fue al rancho acompañado de su propio curandero.
Los miembros de la banda insistían en que había más cuerpos enterrados, pero Ayala, que solía tener amuletos de la Santería en su mesa de despacho, puso fin a las excavaciones y a la búsqueda de muertos. El curandero roció la barraca con agua y pronunció sus sortilegios. Uno de los agentes vio a una paloma blanca encerrada en una caja de cartón. Echó gasolina alrededor y le prendió fuego. Mientras desaparecía engullida por una nube de humo negro y feroces llamas, sostuvo en alto la paloma, viva y aleteando.
Constanzo y Sara Aldrete no perdieron el tiempo; tenían que alejarse como fuera. Se reunieron en Brownsville y volaron hasta Ciudad de México. Por el camino recogieron a otros miembros de la banda. Los federales localizaron las agendas de Constanzo en su departamento. Contenían nombres y fotografías de personalidades muy importantes, la mayoría de los cuáles no se podían hacer públicos. Algunos de ellos eran de artistas prominentes como Irma Serrano “La Tigresa”, el estilista Alfredo Palacios, los cantantes Juan Gabriel, Yuri y Óscar Athié y la actriz Lucía Méndez.
Algunos involucraron además a prominentes políticos de Nuevo León, Tamaulipas, Veracruz, Oaxaca y la Ciudad de México; otros clientes eran Salvador Vidal García Alarcón, agente federal; Fausto Valverde Salinas, director de la División Antinarcóticos de la Procuraduría General de la República; Guillermo González Calderoni, comandante de la Policía Judicial Federal; y Carlos Armendáriz Guevara. Según los rumores, la red de corrupción de Constanzo llegaba hasta la Presidencia de la República. Se estableció una especie de carrera entre diferentes cuerpos policiales para capturar al cubano. Un montón de gente influyente tenía buenas razones para que el brujo desapareciese cuanto antes.
El grupo siguió huyendo durante tres semanas mientras Constanzo se la pasaba monitoreando los periódicos y los noticieros de televisión, donde su fotografía y la de Sara Aldrete se reproducían interminablemente; el asunto ya era un escándalo internacional y las autoridades de Estados Unidos exigían su captura. Finalmente, Constanzo y su comitiva se escondieron en un departamento del numero 19 de la calle Río Sena en la colonia Roma de la ciudad de México y el 6 de mayo de 1989 poco antes del mediodía, uno de los vigías apostados por el “Padrino” detectó a unos policías vestidos de civil en coches privados. Constanzo se asomó a la ventana para confirmarlo. Un grupo de agentes fuertemente armados se disponían a tomar posiciones.
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