Denunciante Leyenda
| Respuesta: El "embajador de la India" que engañó a Neiva LA CAMISETA DE CAVICAS El doctor Abelardo García Salas en gesto de opita hospitalidad y desprendimiento de supina grandeza, le regaló al incógnito embajador una camisa que había costado sus buenos ciento veinte pesos. Pero, oh, gran desilusión, ¡cuando el distinguido galeno supo que no había tal embajador! Quiso recuperar su valiosa camisa. Pidió que se descamisara al Príncipe. Por eso éste al ser interrogado sobre su grata permanencia en Neiva y de posibles detalles que le hubiesen causado disgusto, manifestó en nutrido corrillo el día de su libertad: “Lo que más me ha disgustado es la insistencia de Cavicas para recuperar su camisa. Yo pienso volverle una docena, pero en empaque de Navidad”. LA JOYA DE LA FAMILIA Todo sirve en la vida. Al menos sirvió la visita “diplomática” para conocer al fin la generosidad intestada del Sapo Villoria. Hechizado ante la magnífica personalidad, conturbado porque el “embajador” en su poco dominio del idioma español no quiso entender sus retruécanos rimados, resolvió entrar al corazón de “Su Excelencia” poniéndole en el dedo una antiquísima joya de la familia, gentileza y preciosidad que éste rechazo porque “No quería tener la pesadilla de recordar al Sapo”. PASTO DEL DESIERTO Ignacio Solano fue el más feliz intérprete. Durante horas dialogó en su exquisito francés añorando las bellezas de París, San Sebastián y Barcelona. El visitante le expresó todas las cosas que le gustaban de tales ciudades, sin confesar que en ellas hubiera estado. Cuando trataron de ganadería alabó el pasto del desierto, impertérrito a las sequías y siempre jugoso y nutritivo. Se obligó a enviarle por valija diplomática, junto con un objetivo para la filmadora de ‘Aldichar’, diez quilos de semillas de tal gramínea, o zahína. Quizá por estas charlas o tal vez por las medidas de las primeras damas para la confección de los albornoces típicos que el Príncipe les ofreció con sendas esmeraldas en los graciosos turbantes, manifestó a su suegro las sospechas que abrigaba sobre la autenticidad del diplomático. Nunca lo hiciera. Jamás se ha visto tan enojado a Eugenio Ferro. Su yerno dudaba de una verdad de a puño, ponía en tela de juicio la personalidad de su ídolo y frustraba la posibilidad de una tarjeta de presentación dirigida a Nerhú, carta blanca para su próximo viaje a India. LA IMPORTANCIA DEL NÚMERO La trastienda de Lemontes es un consagrado lugar de cita de nuestro alto mundo masculino. Es allí la síntesis de la actividad social. La más exquisita tertulia neivana. Allí se agasajó, obviamente, al Lacshama. Allí fue donde Aurelio desde el diente del orinal hizo señas de seis con los dedos, a Lemontes. Y al acercarse don Luis Eduardo a confirmar si pedía seis tragos o seis botellas, recibió la tremenda confesión: “Seis idiomas domina el pizco”. CORTESÍA GARZONEÑA Nuestro secretario de gobierno es de Garzón y ello basta para saberlo expedito en las ceremonias en las ceremonias de la corte obispal. Estuvo pendiente del teléfono siguiendo los pasos al Príncipe y no satisfecho porque éste se negó a aceptar para sus correrías por la ciudad el carro oficial. Dicen, y nos parece lógico, que como primer saludo protocolario, quizá distraído pensando en el protocolo diocesano, le besó el anillo. Pero toda esta cortesía garzoneña palidece ante las atenciones de que fue víctima el embajador en la fiesta de la patrona de la artillería. Allí se excedió el rebusque musical del anfitrión para agradar a Pandit que era el epicentro de toda atención. Allí de decepcionarse porque “el embajador no baila”. Allí la superación a las agilidades de culinaria consular de Carlos Alberto Gutiérrez que se desvivió en el Hotel porque los manjares fueran adecuados a tan ilustre huésped. Allí la discusión de la lista de 250 invitados para la cena que daría el diplomático en la noche siguiente y el tachar los nombres, reponerlos, husmear pergaminos, brillar ancestros, relucir los rancios abolengos para que esa cena correspondiera por sus asistentes a sangre azul que muchos pretenden. Y es una lástima que la cena no ocurriera, pues sabemos que Jaime Torres esperaba rematar su broma, manifestando ante tan selecta concurrencia que no era tal embajador de la India y que por tanto solicitaba que cada comensal depositara cien pesos al pie del plato para pagar su cubierto. EL EPÍLOGO Jaime Torres regresará ahora a Bogotá, no con pasaje diplomático, pero quizá gratuitamente por cuenta de los fondos de transporte del presupuesto del DAS. Su único delito en Neiva fue dar el tema de conversación para esta Navidad. Haberse reído de burladores ahora burlados. Alternar sin un desliz con nuestros hombres más eruditos, de más mundo, más viajados, más campanilludos y suspicaces. Si alguna autoridad lo reclama, cosa que no estamos en capacidad de afirmar, ello no nos incumbe, pero pensamos con cierta nostalgia que quizá sea una verdad como un templo que las gentes que se dejaron “descrestar” por Jaime Torres, nuestra élite, sea como él la definió: “de aire distraído, tontos y aduladores”. Que quizá, como también lo dijo: “No habría emprendido la broma si hubiera estado aquí el senador Felio Andrade, porque él es el más sagaz de los diplomáticos que he conocido y el más inteligente de los huilenses”. ¿…O será esta la lapidaria frase suya…otra de las suyas, o una “puñalada marranera”…? *Inicialmente publicado en EL DEBATE, en diciembre 15 de 1962, y reproducido en la primera edición de FACETAS el 8 de agosto de 2004. |