
Se llama oráculos caldeos a unos textos fragmentarios del siglo II consistentes principalmente en comentarios helenísticos a un único poema misterioso (que pueden haber sido compilaciones de varias fuentes oraculares, a juzgar por los cambios de tema aleatorios) que se cree procede de Caldea (Babilonia). Parecen ser una combinación sincrética de elementos neoplatónicos con otros de origen persa o babilónico. Neoplatónicos posteriores, como Proclo y Yámblico, los tenían en alta estima. El emperador del siglo IV Juliano sugiere en su Himno a la Magna Mater que era un iniciado del Dios de los Siete Rayos, y un adepto de sus enseñanzas.
Cuando los Padres de la Iglesia Cristiana y otros escritores de la Antigüedad Tardía aluden a «los caldeos», se refieren probablemente a esta tradición.
Un análisis de los oráculos caldeos demuestra una similitud con las enseñanzas gnósticas de la época: apasionadas emanaciones se inician del Primer Intelector Paternal transcendental, del que el Segundo Intelecto, el Demiurgo, comprende el cosmos así como a sí mismo. Dentro del Primer Intelecto, un Poder femenino llamado Hécate es, como Sofía, la mediación Mundo-Alma. En la base de todo está la Materia creada, hecha por el Intelecto Demiúrgico. La materia más alejada del Dios Altísimo (el Primer Padre o Intelecto) era considerada una densa cáscara desde la que el alma iluminada debe surgir, desprendiéndose de sus prendas corporales. Se recomienda una combinación de conducta ascética y ritual correcto para liberar el alma de la reclusión y las limitaciones de la materia, y para defenderla contra los poderes demoníacos que acechan en algunos de los reinos entre los Dioses y los mortales
El esquema metafísico de los oráculos caldeos comienza con una deidad absolutamente trascendente llamada Padre, con quien reside el Poder, un principio productivo del que parece proceder el Intelecto. Este Intelecto tiene una doble función: contemplar las Formas del dominio puramente intelectual del Padre, y fabricar y gobernar el dominio material. En esta última función el Intelecto es el Demiurgo.
Los oráculos también proponen una barrera entre el dominio intelectual y el material, personificado como Hécate. En esta función de barrera, o más apropiadamente «membrana», Hécate separa dos «fuegos», esto es, el fuego puramente intelectual del Padre y el fuego material del que se creó el cosmos, y media toda la divina influencia sobre el dominio inferior.
De Hécate procede el Mundo-Alma, del que a su vez emana la Naturaleza, gobernadora del dominio sublunar3 De la Naturaleza procede el Destino, que capaz de esclavizar la parte inferior del alma humana. El objetivo de la existencia es entonces purificar el alma inferior de todo contacto con la Naturaleza y el Destino llevando una vida de austeridad y contemplación. La salvación se logra mediante un ascenso a través de las esferas planetarias, durante la cual el alma se deshace de varios aspectos de su parte inferior, y se convierte en intelecto puro.
Los oráculos caldeos fueron incorporados a la tradición ocultista del siglo XIX y traducidos al inglés por William Wynn Westcott en 1895.
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