bueno señores pocos comentarios pero ahi les dejo el resto
Las caricias eran torpes y tímidas, lo cogía con delicadeza pues aun no tenía la suficiente confianza con su nuevo amigo. Para acelerar el trabajo, yo mismo me encargué de metérselo en la boca. Al principio lo rechazó, cerró la boca apretando con fuerza sus dientes, pero podía restregar mi pene con sus labios aun húmedos, cosa que significaba una leve lubricación.
Le increpé que por qué no habría la boca, me dijo que no hacía cochinadas, que nunca le había gustado, que de niña una mañana en la chacra su tío le había obligado a hacerlo y a punta de golpes terminó tomándose la leche de su tío.
En la sierra de mi país es común este tipo de prácticas, la costumbre es que se lleven a las niñas a los 12 o 13 años para hacer una convivencia con el futuro esposo, en su mayoría jóvenes de 18 o 20 años. Los padres, en búsqueda de esposo para sus hijas, las entrenan en el arte del sexo para que sean llevadas por los pretendientes, quienes, en caso de no ver satisfechas sus pretensiones básicamente sexuales, devuelven a las niñas sin virginidad pues argumentan que no sirven como esposas.
Su tío le dijo que tenía que hacerlo para que aprenda, porque sino, cuando llegue la edad del servinacuy, así se llama esta práctica que viene desde las época colonial, no se la iban a llevar, o peor, se la llevarían y la regresarían, por lo que tenía que ir preparada para complacer a su primer pretendiente y no esté luego de mano en mano hasta que alguien se apiadara y se la llevara.
Luego del incidente oral, Meche fue agarrando confianza, la película y la revista le hicieron ver que no era algo tan malo, unas palabras de cariño, un ruego de mi parte y el compromiso de no darle la leche en la boca consiguieron que la abriera y se metiera mi pene dentro y empezara a chuparlo por completo. Su torpeza era evidente, le dije que parara un rato, que le enseñaría cómo se hace una buena mamada. Cogí su mano, señalé su dedo medio y simulando ser un penecillo, lo introduje en mi boca, lo lamía, lo besaba, lo metía y sacaba con fuerza de mi boca, unos minutos fueron suficientes para que Meche aprendiera la lección y empezara a chupármela como una de las mejores que me la han chupado. Su técnica era de lo más sencilla pero excitante a la vez. Abría la boca bien grande, y con la boca abierta, lo metía hasta el fondo, luego cerraba la boca y con la pinga adentro empezaba a jugar con la lengua, como si fuera un chupetín de las fiestas infantiles.
Mientas ella mela chupaba, empecé a tocarle los senos por encima de la ropa. Una interrupción en la mamada me permitieron quitarle la blusa de colores que llevaba puesta. Una blusa de material sintético, de colores chillones, algo holgada para su cuerpo, que, me dio una muy grata sorpresa, pues al quitarle la blusa me encontré con un par de senos, de esos que tienen forma redondeada, que son hacía adelante, una talla 36B muy bien formada, un brasiere que al parecer le quedaba pequeño, pues sus pezones amenazaban con salir por la copa que los cubría a medias, los pezones eran marrones y muy grandes, me parecían los pezones mas apetitosos que había visto.
Prosiguió con la chupada mientas me imaginaba el ruso que me iba a mandar. Le apretaba los pezones, a lo que ella respondía con una ligera sonrisa que se veía interrumpida por la pinga que tenía en medio.
Una vez terminada el trabajo oral, la puse de pie y fui yo el que esta vez se sentó. La agarré por la cintura, la acerqué y pasé mis brazos por su cadera, su respiración era cada vez más agitada, empecé a bajar la cremallera, y con un movimiento de cadera, la falda empezó a deslizarse suavemente, me percaté que la falda se detenía pues su cadera era muy ancha, las ropas holgadas que usaba no permitían admirar sus reales formas que resultaban más que apetitosas.
Con la falda en el piso me encontré con un calzón que más parecía una carpa de circo. Un calzón anticuado que cubría casi la totalidad de sus nalgas, que por cierto eras redondas y bien formaditas. Sin pensarlo, se lo quité inmediatamente quedando ante mi, la figura de mi sirvienta completamente desnuda, con sólo las sandalias que usa mientras trabaja en la casa. La llevé al sillón más grande, la tendí sobre él, la coloqué de tal forma que su espalda se apoyaba sobre os cojines y con las pierna abiertas de par en par me sumergí sobre su conchita, una conchita llena de vellos, no muy cuidada, una conchita casi negra, de gruesos labios y con un clítoris que parecía un penecillo erecto que denotaba el grado de su excitación.
La humedad en su vagina era mucha, empecé primero a trabajarle el orificio con los dedos, a juguetearen esa conchita que a gritos pedía ser penetrada con cariño, sus experiencias sexuales con su pareja eran más bien para complacerlo y para que no la dejase sola con sus 4 hijos, soportar el aliento a alcohol de su esposo mientras cachaban, le hacía repudiar dicha práctica con su pareja, por lo que esta vez la experiencia era distinta. Se trataba de su joven patrón, un mozuelo de 18 años en la flor de su juventud, lleno de vitalidad y con muchas ganas de aprender y conocer todo tipo de experiencias en la vida.
El juego con los dedos hacía que algunos suspiros afloren de su interior. Los gemidos eran cada vez más continuados, pues las caricias sobre el clítoris se hacían con mayor intensidad, con mayor fricción sobre ellos, y eso que aún no los había metido en su interior.
Una ligera pausa me reveló que estaba ávida de placer, pues un gesto de desaprobación y un movimiento de sus piernas me empujaron a continuar, pero esta vez, ya no eran caricias las que le ofrecía, sino una lengua que se desesperaba por probar los jugos que su concha me regalaba. La primera lamida fue de exploración, los excesivos vellos me hicieron actuar con cautela, no quería que alguno de sus pelitos me hincara ose me enredara en la lengua.
Las lamidas empezaron a agarrar fuerza, de vez en cuando metía los dedos, con lo que inicié la primera penetración, mis dedos salían con su descenso, propio de una mujer excitada y en sus días fértiles, la lengua la dirigí única y exclusivamente a ese clítoris que quería salirse de su capuchón.
Sus movimientos de cadera la hacían imaginar que estaba siendo penetrada, pero sólo se trataba de mi lengua y mis dedos. Sin contenerse, empezó a soltar unos gemidos que culminaron en un orgasmo que no había conseguido en años, o tal vez nunca, su cuerpo se estremeció por las fuerza del orgasmo, sus gemido se prolongó por segundos, unas lágrimas corrían por su rostro y al final soltó levemente la respiración. Mi cara llena de sus jugos treparon hacia su rostro. Nos confundimos en un beso, un tierno beso, sintió por primera vez su propio sabor de mujer, nuestras lenguas se rozaban al interior de nuestras bocas, mi lengua traviesa buscaba la suya y de vez en cuando succionaba la suya para darle pequeñas mordidas juguetonas a lo que ella respondía con un apretón en mis testículos.
Nos tumbamos en el sillón, hasta el momento, la única que había conseguido un orgasmo era ella, si bien yo la estaba pasando fenomenal, aun me faltaba expulsar la leche que tenía por cantidades.
Empecé a besarle los senos, suaves caricias circulares, apretones que la hacían gemir. Los besos a los senos se transformaban en mordidas, pequeñas pero significativas mordidas en los pezones, esos pezones tan marrones y tan grandes, cuya aureola asemejaba unas galletas de chocolate oreo, que se iban humedeciendo en la leche que empezó a brotar de esos senos tan grandes, aun maternales que provocaban masturbarse entre ellos.
Me senté en el sofá, la acomodé delante de mí, arrodillada como para que sus senos queden a la altura de mi pene. Conversábamos de banalidades, sobre si le estaba gustando, sobre qué había sentido mientras le besaba la conchita, y así, poco a poco, fui encajando mi pene entre sus senos, cosa que no resultó muy difícil, pues sus generosos senos permitieron una para rusa bastante agradable. Mientras me la corría entre sus tetas, aprovechaba en meterla en su boca nuevamente, acomodó la lengua hacia fuera de modo que culminaba en una rica lamida.
Pasaron los minutos, me puse de pie y esta vez la cogí por la cadera, levante sus piernas y humedecí un poco su concha, con un poco de esfuerzo y algo de intuición, ensarté mi pija en su conchita estrecha, suave y clientita. La primera embestida la hizo soltar una muestra de dolor, el pequeño pene de su marido, cosa que me confesó después, no era lo suficientemente grande para darle un orgasmo, sin contar la desagradable experiencia del olor a licor. Su conchita se notaba que no había sido penetrada en mucho tiempo. Mientras la penetraba, una significativa disculpa por el primer dolor causado permitió que Meche se entregara en cuerpo y alma. Esa disculpa significó una muestra de preocupación, de cariño por ella, a lo que ella respondió con movidas de caderas, contracciones con su vagina que aceleraron mi proceso de excitación.