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Antiguo 16-08-2010 , 03:35:33   #164
puppet.clown
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Respuesta: ★Textos Gore -Rotten ★

Varios meses pasaron en los que Tamara fue agregando más manías o rarezas, que la sola colección de fotos. Ahora pasaba tiempo mirando esos cuerpos ajenos. Fríos. Mirando solamente. Algunos le gustaban, otros simplemente le eran indiferentes. Otros le repugnaban. Sin embargo el detalle fascinante, estaba en el voyeurismo al extremo: mirar a alguien que no te puede mirar… eso le gustaba. También hacía las autopsias cortando con más delicadeza, y respetando la mayor parte del tejido. Había adquirido una gran destreza. A veces incluso, omitía abrir para sacar órganos y ponía como causas de la muerte, otras de las verdaderamente acontecidas. A veces sí que le gustaba abrir al máximo, y obtener las vísceras completas, estudiando los detalles de las venas y de los nervios. Como cuando abría las ranas en la secundaria. La dificultad de desprender entero un músculo de los tendones que lo sujetaban al hueso, era todo un desafío. Pero todos eran ejercicios meramente profesionales. Su mente se fue adaptando a esos cambios, y en las visitas trimestrales de la sicóloga, mentía repetidamente en las respuestas. ¿Cuándo tuve relaciones la última vez? ¡Pues anoche!, en la cochera de mi novio –decía categóricamente, y no era cierto–. Ahora el hedor ya no le era tan repugnante como antes. Pero le parecía que quizás, su trabajo la había habituado. A los demás el hedor nunca pareció importarles tanto como a ella. Al Licenciado menos que a los otros.
Una tarde –sin otros compañeros del Semefo– estaba practicando delicadamente una autopsia a una mujer desconocida, que había llegado la noche anterior. Nadie aun la había reclamado. Abría lentamente una cavidad, mientras contemplaba –casi sin percibirlo– los dos pechos de la mujer. Era una mujer muy joven (quizás no llegaba a los treinta o un poco menos), y sus pechos estaban ahí, dispuestos... Tamara no pudo reprimirse y los tocó –por primera vez–, con un interés más-que-profesional. Tocó primero uno, luego el otro. Dejando llevar luego la mano por los pezones, fríos y extraordinariamente rígidos. A Tamara le parecieron erectos. Se quitó un guante para sentir la piel con más detalle. Se puso el guante de nuevo, y tocó el sexo: dudó un momento, pero no se atrevió a hacerlo sin guante. Luego volteó a ver la mirada ausente de la mujer, que de verdad parecía no importarle el ser tocada. En vida quizás habría reaccionado de un modo violento, ante esas torpes caricias. Ante esas caricias de látex. O quizás no. “El poder tocar y no ser tocado”. Tamara terminó con su trabajo. No vio que el Licenciado la había espiado a través de la persiana de su oficina. Esa vez el Licenciado percibió un destello en los ojos de Tamara, y pensó algo. Tamara tenía una leve sonrisa cada vez que tocaba un cuerpo y no cuando era tocada por alguien. “El cuerpo de un muerto ya no es un hombre o una mujer: es sólo un cuerpo, que desea ser tocado, pero que no puede pedir que lo hagan.” se dijo Tamara a sí misma.


Al otro día fue el turno de un hombre –obrero, delgado, 36 años– que llevaron por la tarde. Desnudó el cadáver con gran eficacia (prefería desnudarlos ella misma, y que no la ayudara Sofía, que a menudo hacía las guardias con ella), lo lavó cuidadosamente por todas partes. Aprestó los instrumentos. Se puso su tapaboca verde, y se dispuso a abrir el tórax, sospechando de antemano que la causa de la muerte, era una herida de cuchillo. Mientras abría con cierta dificultad, una parte del brazo derecho del cadáver descansaba fuera de la mesa holgadamente, y, Tamara –casi sin sentirlo– tuvo un momento la mano del muerto tocando su sexo. La bata entreabierta facilitó aun más que la mano siguiera ahí. Tamara no tuvo más que seguir moviendo el bisturí de arriba a abajo, mientras seguía frotando su sexo contra la mano obstinada... Lejos de parecerle aberrante lo encontró curioso. Incluso agradable. Así siguió unos momentos, ella abriendo el cadáver, y el cuerpo tocándole el sexo con una mano insensible, pero intencionada. Tamara lo disfrutó enormemente, aunque no lo comentó con nadie por supuesto. A partir de ese día las operaciones que hacía procuraba siempre que fueran en solitario, dejando los brazos del cadáver extendidos en la mesa mientras ella se deleitaba abriendo cajas torácicas, y acomodaba las manos de los difuntos entre sus piernas, en un vaivén que en más de una ocasión la hizo ponerse frenética y al borde de un orgasmo. Se contenía a tiempo, las mejillas enrojecidas, jadeante. ¿Necrofilia? Pero no... ¿Quién puede pensar esas cosas?: sólo interés personal.



Durante meses el Licenciado continuó los manoseos insistentes hacía Tamara. A veces se le repegaba para hacerle sentir una erección enorme, pero nunca obtuvo de ella ninguna respuesta. Claro que tampoco la más leve palabra de desagrado salió de sus labios: simplemente lo ignoraba. El Licenciado se molestaba ciertamente: – “Ya caerás doctorcita...” –pensaba para sus adentros: –“Un día lo sentirás entre tus manos... y ya verás que caerás conmigo” –le decía al oído mientras se le repegaba más por detrás. Tamara entretanto, continuó abriendo la piel cetrina de un individuo, que ese día no le interesó en lo absoluto.


Un día, el forense en turno le comunicó que el Licenciado había muerto, luego de un fin de semana de alcohol, sexo y cenas copiosas. Era una pérdida sensible, pues el Licenciado era conocido por todos. Tenía años y experiencia trabajando en el Servicio. Manejaba hábilmente todo el papeleo administrativo. Por supuesto, se suponía que la causa efectiva había sido congestión cerebral, pero la autopsia revelaría los detalles precisos (o evidentes). El médico le preguntó a Tamara si estaba dispuesto a hacerse cargo, y ella contestó simplemente que sí. –“El cuerpo está en la plancha 16, procura no verle la cara”. En sus ansias por no morir, el Licenciado había decidido comerse un pedazo de su lengua. –“Yo estaré presente para auxiliarte” –le dijo. A Tamara la ayuda no le importaba en lo absoluto. Ni tampoco investigar con claridad los detalles o la forma de la muerte. Eran evidentes. Pero por otra parte, ahora sí que le interesaba aquel cuerpo grasoso y medio calvo. El Licenciado vivo era “El Señor Licenciado del Ministerio Público”: pero el Licenciado muerto era sólo un cuerpo dispuesto a las manos de Tamara.


–(un cuerpo que desea ser tocado)–

Volteó el cadáver, levantó la sábana, dejando el cuerpo desnudo al descubierto y lo lavó cuidadosamente por todas partes. Esperó unos segundos. Y de pronto, antes de comenzar la autopsia y ante los asombrados ojos del forense en turno, se quitó los guantes y tomó entre sus manos –muy cariñosamente– el helado falo del Licenciado, y empezó –sin más– la simple, antigua y macabra danza de una masturbación frenética.

Esa noche Tamara dejó de tener pesadillas.

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One of God's own prototypes. A high-powered mutant of some kind never even considered for mass production.
Too weird to live, and too rare to die.
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