Denunciante Notable
| Las hermanas Valenzuela: "Las Poquianchis"
Calificación: de
5,00 | “Sí, aquí hay trabajo, pero no de criada. Si vienes a trabajar en esta casa, será de puta”.
Jorge Ibargüengoitia. Las muertas
Delfina, María de Jesús, Carmen y Eva Valenzuela nacieron en San Francisco del Rincón, Guanajuato y en El Salto, Jalisco (México), hijas de Isidro Torres y Bernardina Valenzuela. Su padre fue parte de Los Rurales, el cuerpo policíaco utilizado por Porfirio Díaz para atrapar a los asaltantes de caminos. Era común que ejecutara a los delincuentes que apresaba, tal y como marcaban las reglas de la organización. Sin embargo, quiso abusar de su rango y mató a un hombre inocente con el que tenía problemas. Isidro Torres y su familia tuvieron que huir y comenzar de nuevo sus vidas en el pueblo de El Salto, en el estado de Jalisco. Allí, Torres se convirtió en arriero. Sus hijas tuvieron que prescindir del apellido paterno, por temor a las represalias de los enemigos de su progenitor. Cuando sus padres murieron y le dejaron una pequeña herencia, Delfina Valenzuela decidió iniciar un negocio seguro. Le tenía horror a la pobreza, así que instaló una cantina en su pueblo natal. Junto a los tragos, vendía los servicios de jóvenes prostitutas. El lugar tuvo mucho éxito, así que Delfina decidió abrir una sucursal en Lagos de Moreno, Jalisco. Era una especie de motel, donde rentaba cuartos para que las parejas que así lo necesitaran tuvieran furtivos encuentros sexuales.
A medida que el negocio dejaba pingües ganancias, Delfina decidió gastar menos. Obligaba a las prostitutas a su servicio a que le compraran a ella todo lo que necesitaban: maquillajes, ropa, zapatos, inclusive alimentos. De esa manera, parte del dinero que ellas ganaban también iba a parar a sus manos.
Delfina le pidió ayuda a su hermana Carmen, quien había hecho algunos estudios contables. Fue ella quien convenció a Delfina de abandonar la clandestinidad y convertir aquel lugar en un sitio legalmente establecido. Carmen tramitó los permisos necesarios, comenzó a pagar impuestos y un día pudieron abrir al público el burdel más famoso de la zona: “El Guadalajara de Noche” Delfina Valenzuela tenía un hijo, Ramón Torres González “El Tepo” (apócope de “Teporocho”, nombre dado en México a un alcohólico callejero y maloliente). Le pidió que fuera a auxiliarla con el negocio y “El Tepo” aceptó. Se encargaba de supervisar a los jóvenes prostitutas que llegaban a prestar sus servicios a aquel lugar, de controlar que los parroquianos y clientes del burdel no armaran trifulcas, y de pagar algunos sobornos a las autoridades. Con el dinero que ganaba, “El Tepo” empezó un negocio de contrabando de automóviles estadounidenses. Pero muchos se oponían a que aquel garito permaneciera abierto, y un día la policía se presentó para clausurar el lugar. “El Tepo”, envalentonado, tomó un fusil y salió a enfrentar a los agentes. Estos, sin dudarlo, lo acribillaron. “El Tepo” murió ante la mirada de su madre, quien no derramó una sola lágrima; a cambio, contrató a varios militares que fueron buscando, casa por casa, a los agentes judiciales que habían matado a su hijo. Los encontraron y los mataron. Esa fue la venganza de Delfina. Delfina y Carmen Valenzuela tuvieron que marcharse de aquel lugar. Regresaron al estado de Guanajuato con el dinero que habían ahorrado. Allí se reunieron con la tercera hermana, María de Jesús, quien también se había dedicado al lenocinio.
María de Jesús utilizaba camiones de redilas para subir a varias prostitutas y las enviaba a los pueblos cercanos en una especie de caravana sexual. Daban servicio a los interesados en cuartuchos, en el campo o en cualquier lugar que pudiera utilizarse. Luego se marchaban a otro sitio. De esa forma, evitaban problemas con las autoridades municipales. Cuando sus hermanas llegaron, decidieron unir sus capitales para levantar un negocio nuevo, que eclipsaría a todos los anteriores y cambiaría para siempre la historia del crimen en México. La ley no castigaba la prostitución en Guanajuato, por lo que las hermanas Valenzuela tuvieron carta blanca. María de Jesús buscó un buen local y halló uno en León, el cual tomó de inmediato. Abrieron allí su primer burdel: “La Barca de Oro”, en honor a una conocida y melancólica canción mexicana. Luego inauguraron el segundo en San Francisco del Rincón y le pusieron el mismo nombre que tenía su anterior local: “El Guadalajara de Noche”. El lugar que María de Jesús había conseguido, había sido antes una cantina propiedad de un homosexual al que todos apodaban “El Poquianchis”. Así que el sobrenombre pasó directamente a ella y después a sus hermanas. “La Barca de Oro” fue más conocida como “el burdel de ‘Las Poquianchis’”, un apelativo que ellas detestaban, pero que nunca pudieron quitarse.
O si estaban acompañadas de sus padres, generalmente campesinos, se les acercaban y les ofrecían darles trabajo a las hijas como sirvientas. Los padres accedían, “Las Poquianchis” se llevaban a las niñas y de inmediato empezaba su tormento.
Apenas llegaban al burdel, “Las Poquianchis” procedían a desnudar a las niñas por completo y examinarlas. Si consideraban que tenían “suficiente carne”, los ayudantes que habían contratado se encargaban de violarlas, uno tras otro, vaginal y analmente. También las obligaban a practicarles sexo oral y si lloraban o se resistían, las golpeaban. Después, “Las Poquianchis” las bañaban con cubetadas de agua helada, les daban vestidos y las sacaban por la noche a que comenzaran a atender a la clientela del bar, bajo amenazas de muerte. Los clientes se mostraban siempre encantados de que les proporcionaran niñas de tan corta edad para que los atendieran, así que el negocio iba viento en popa.Las hermanas alimentaban a sus esclavas sexuales solamente con cinco tortillas duras y un plato de frijoles al día. Cuando una de las prostitutas llegaba a cumplir veinticinco años, “Las Poquianchis” ya la consideraban “vieja”. Procedían entonces a entregársela a Salvador Estrada Bocanegra “El Verdugo”, quien la encerraba en uno de los cuartos del rancho, sin darle de comer ni beber por varios días, y entrando constantemente para patearla y golpearla con una tabla de madera en cuyo extremo había un clavo afilado. Una vez que la mujer estaba tan débil que ya no podía ni siquiera intentar defenderse, “El Verdugo” la llevaba a la parte de afuera del rancho y, tras cavar una zanja profunda, la enterraba viva. A otras las aplicaban planchas calientes sobre la piel, las arrojaban desde la azotea para que murieran al caer, les destrozaban la cabeza a golpes…Si una de las muchachas se embarazaba, si padecía anemia y estaba demasiado débil para atender a sus clientes, o si se atrevía a no sonreírle a los parroquianos, era asesinada. Los bebés que llegaron a nacer fueron muertos y enterrados, con excepción de un niño, al que guardaron para vendérselo a un cliente que quería experimentar con él; mientras se dedicaron a maltratarlo. También practicaban abortos clandestinos si alguna de las prostitutas más populares quedaba embarazada, con tal de no perder esa fuente de ingresos. Las mujeres además eran obligadas a limpiar el lugar, a cocinar y a atender a “Las Poquianchis”. “Las Poquianchis” habían reclutado a varios ayudantes que las auxiliaban en sus labores. Uno era Francisco Camarena García, el chofer que se encargaba de transportar a las jovencitas reclutadas, junto con Enrique Rodríguez Ramírez; otro era Hermenegildo Zúñiga, ex capitán del ejército, conocido como “El Águila Negra”, quien fungía como su guardaespaldas y cuidador del burdel. José Facio Santos, velador y cuidador del rancho; y Salvador Estrada Bocanegra, “El Verdugo”, quien golpeaba a las prostitutas que protestaban por algo y, cuando alguna amenazaba con marcharse o denunciar los maltratos a los que era sometida, se encargaba de asesinarla y enterrarla. También policías y militares utilizaban los servicios de las niñas esclavas, todo gratis a cambio de protección para el burdel. María Auxiliadora Gómez, Lucila Martínez del Campo, Guadalupe Moreno Quiroz, Ramona Gutiérrez Torres, Adela Mancilla Alcalá y Esther Muñoz “La Pico Chulo” eran prostitutas que se convirtieron en celadoras y castigadoras a cambio de que “Las Poquianchis” respetaran sus vida  |