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Shocked Issei Sagawa: "El Caníbal de Japón" Calificación: de 5,00

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Un amigo mío era japonés. Él tenía una novia en París. Durante seis meses intentó salir con ella y de pronto ella aceptó. La llevó a su apartamento, le cortó la cabeza. Puso el resto de su cuerpo en el refrigerador, se la comió a pedazos. La puso en el refrigerador, la puso en el congelador. Y cuando se la comió, tomó sus huesos y los dejó en el Bosque de Boulogne, pero un taxista, por casualidad, lo descubrió enterrando los huesos. ¿No me creen? La verdad es más extraña que la ficción. Al parecer siempre nos dirigimos hacia ella. A lo extraño de la realidad”.
Rolling Stones. “Too much blood” Issei Sagawa era un estudiante japonés muy inteligente, obsesionado con las mujeres altas de rasgos occidentales. De baja estatura, medía 1.50 metros. Poseía manos y pies pequeños, cojeaba al caminar e incluso su voz era delgada. En algunas entrevistas posteriores, mencionó que era el tipo de hombre que la mayoría de las mujeres no encontraría atractivo.
Pese a su extrema timidez, estaba obsesionado con tener a su lado a "la mujer perfecta". Su fantasía se hizo realidad mientras estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad de Wako en Tokio. Ahí se relacionó con una mujer que daba clases de idiomas. Un día de verano se metió a través de la ventana a su apartamento e intentó matarla. Para su deleite, ella estaba dormida y tenía ropa interior muy pequeña que cubría parte de su cuerpo. Buscó algo para apuñalarla o golpearla y descubrió un paraguas. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, la mujer despertó y al descubrirlo gritó desesperada, provocando la huida del intruso. Issei no olvidaría esa experiencia. Había sido muy fácil estar cerca de una mujer atractiva y si era más cuidadoso con el ataque, podría hacer realidad su fantasía. Empezó a investigar y vigilar a sus potenciales víctimas para planear sus ataques y que no pudieran escapar.
Su fantasía se volvió a hacer realidad cuando viajó a París y halló a una chica que ya nunca pudo sacar de su mente. Su piel blanca, la forma carnosa de sus nalgas y sus pechos correspondían al estereotipo que buscaba. Se llamaba Renee Hartevelt. Era holandesa, tenía 25 años, hablaba cuatro idiomas (holandés, alemán, francés e inglés) y poseía un futuro prominente. Había viajado por varias partes del mundo, estudiando y relacionándose con personas de diferentes culturas. Su objetivo era un Doctorado en Filosofía o en Literatura Francesa. Issei le pidió que le enseñara alemán; el padre de Issei por ser multimillonario podría pagarle cualquier sueldo. Ella aceptó. Le gustó su inteligencia, su conocimiento de la pintura y literatura europeas.
Renee salía a menudo con él y con frecuencia lo invitaba a su apartamento a tomar el té. Sus continuas salidas a bailes le dieron a Issei un sentido más real de sus macabras fantasías. Al llegar a París, Issei había comprado un rifle calibre 22 para su protección. La noche del 11 de junio de 1981, hizo sentar en el suelo a Renee al estilo japonés para beber el té. Con la bebida mezcló un poco de whisky. Hablaron durante varias horas. Issei le declaró su amor, pero Renee lo rechazó y le explicó que sólo quería ser su amiga. Issei se levantó desconcertado. Después tomó su rifle y le disparó en el cuello. Ella cayó de la silla; él le continuó hablando, pero ella no respondió. Pero el asesinato fue sólo el principio de la historia que estremeció al mundo.
“11 al 14 de junio de 1981. Renee repite algunas frases mientras yo preparo la grabadora. A la señal acordada comienza. Siento cómo su voz me traspasa: ‘Lo mira fijo desde muchos ojos en el vacío. Y una voz semejante a todas las otras solloza mientras el espanto crece en el espacio’. De pronto una luz, un fuerte sonido y luego, su cuerpo cayendo de la silla al piso. Sus ojos, su nariz, su boca, la sangre sale por un orificio en su frente. Insisto en hablarle, pero no responde. Trato de limpiarla pero no puedo detener el fluido de su cabeza. Todo está muy callado. Sólo el silencio de la muerte persiste.
“No había previsto la dificultad que implica desnudar a un muerto. Finalmente lo consigo. Su cuerpo es blanco, casi transparente. La toco, es lisa. Completamente luminosa. Entonces me pregunto dónde debería morder primero. Me decido por una de sus nalgas. Tomo fotografías de todo el suceso. Mi nariz se cubre con su piel fría. Intento continuar pero no puedo. Un repentino dolor de cabeza me distrae. Voy por un cuchillo y lo clavo profundamente en ella. Mucha grasa exuda del corte. Es extraño cómo miles de secretos sutiles y grotescos van poco a poco apareciendo. Tras un montón de capas amarillas asoma algo de carne roja. Corto un trozo y la pongo en mi boca. No presenta olor alguno. Se derrite en mi lengua cual perfecto bocado de pescado crudo. Rebano su cuerpo y levanto la carne repetidas veces. Tomo una fotografía de su cadáver opacado solo por la profundidad de las heridas. “Ya desnudo, me tiendo sobre ella y penetro su cuerpo aún tibio. Cuando la abrazo emite una especie de suspiro. Me asusto. La beso y le digo que la amo. Es increíble que aún muerta siga siendo tan reservada. Tiene una nariz pequeña y labios delgados. Mientras vivía ansié morderlos. Ahora puedo satisfacer cuantas veces quiera ese deseo. Mastico el cartílago hasta oír cómo se rompe. Utilizo un pequeño cuchillo para cortarlo aún más. Es duro y desabrido. “Arrastro su cuerpo hasta el cuarto de baño. Estoy exhausto, sin embargo consigo cortar su cadera. Apuñalo el estómago. Al abrirlo sobresalen gruesos y largos tubos que se enrollan sobre sí mismos. En uno de sus extremos encuentro una bolsa gris. Debe ser su vejiga. Un intenso olor se desprende tan pronto como la levanto. Introduzco mi mano en la cavidad. Agarro otra bolsa. Creo que es su matriz. El hallazgo me paraliza por un momento. Si ella hubiera vivido, habría tenido un bebé en esta matriz. Ese pensamiento me deprime. Saco los tubos. Siento que la piel me arde. El líquido me quema los dedos. Avanzo con el cuchillo eléctrico más arriba, a través de músculos y órganos. Al llegar a la columna vertebral el aparato se detiene y debo recurrir a una pequeña sierra. “Pongo la carne en una cacerola. Después que todo está listo, acerco la mesa y uso su ropa interior como mantel y servilletas. Retrocedo la cinta con la bella lectura que ha hecho del poema. Noto que falta todavía algo de sabor. Añado sal y mostaza. Su carne es de una calidad espléndida, muy alta.
“Voy de nuevo al cuarto de baño y corto parte de su pecho, que deposito en el horno. Me agacho para observar cómo se hincha mientras se cocina. Lo sirvo tal cual lo he trozado. No es tan bueno como esperaba. Demasiado grasoso. Intento probar en otra parte. Empiezo a comer al azar. Muerdo un dedo del pie. Aceptable. “Debo extraer la carne antes de amputar los miembros. Toco el cuerpo frío otra vez. Agarro su rodilla y la rasgo con mis dientes. Sus muslos son muy blandos. Mastico lentamente. Cuando miro en el espejo apenas reconozco mi cara, está entera cubierta de grasa. No resisto el sueño. Me recuesto a su lado”. Exhausto, Sagawa tomó lo que quedaba del cadáver, lo llevó a su cama y durmió con él. A la mañana siguiente pensó librarse de la evidencia, pero al levantarse descubrió que el cuerpo no olía mal aún y continuó comiendo. Al día siguiente del crimen, escribió en su diario: “El zumbido de tres enormes moscas me despierta. Son tan grandes que parecen un enjambre oscureciendo su rostro. Al moverme se despegan. Intento seguirlas, pero escapan. Lo sé. Son la señal de que ya la he perdido, que la he roto para siempre. Como un niño rompe su juguete predilecto.“Nada en ella huele mal pese al tiempo transcurrido. Continúo comiendo, en particular sus brazos, que es una de sus partes más sabrosas. Recorto el ano y lo meto en mi boca, pero su olor es muy fuerte y me obliga a escupirlo. Al freírlo no ha disminuido su olor, por lo cual lo he dejado al interior del abdomen. Al poco rato, anhelo su lengua. Como no puedo abrir su mandíbula, planeo un modo de alcanzarla a través de sus dientes. Finalmente sale, la hago estallar en mi boca y me miro masticándola en el espejo. Luego voy por los ojos”.
“Es necesario terminar con todo esto. Desprender su cabeza es la cosa más difícil que he tenido que hacer. Corto el cuello hasta que puedo ver el hueso, después corto otra vez. Todavía lleva su collar. Intento utilizar el cuchillo eléctrico, pero no funciona. Uso otra vez la sierra. Imagino la guillotina. Es asombrosamente fácil decapitar si se tiene un instrumento eficaz a mano.

“Con la cabeza despegada de su tallo, ahora es solamente carne. Jalo el pelo y veo como cuelga. Siento ganas de comer sus ojos. Aunque es la parte más fácil de su cara, es terrible insertar el cuchillo en ellos. Puedo ver cómo se deslizan hacia el lado izquierdo de su rostro. Ahora es casi un cráneo. Dejo la cabeza en una bolsa de plástico.
“Pulso varias veces. Requiere de gran esfuerzo cercenar las piernas. Su cuerpo salta. Finalmente se separan. Entonces corto los brazos, que resultan incluso más duros que éstas. El cuchillo eléctrico da resultado esta vez. En su mano izquierda todavía luce el anillo y la pulsera que le regalé hace unos días”.
Días más tarde, la Luna de Miel había terminado. Con un hacha la cortó en pedazos más pequeños para meterla en una maleta que había comprado para este fin. Mientras la desmembraba se excitó y con la mano del cadáver procedió a masturbarse. Cortó su nariz y sus labios, y los guardó para sus fantasías sexuales posteriores.

A la medianoche del segundo día guardó todos los pedazos bajo llave en su maleta, llamó un taxi y pidió lo llevara al Bosque de Boulogne. Una vez allí trató de botarla al lago, pero dada su complexión física le resultó muy pesada. Cuando descubrió que varias personas lo miraban se asustó, la tiró rápidamente y huyó. Una pareja que paseaba por el lugar vio una mano de mujer llena de sangre y llamó a la policía.

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