Continuación
Me sujetó la mano y miré su gorra, ya sabe, esa que se parece un poco a un sombrero de vaquero. Le declaré: “Usted es mi héroe” y me respondio que yo era el suyo.
Le dije que estaba cansada, me gritó: «NO! Hábleme, debe permanecer despierta. Cuénteme lo que le dijo Dios.»
Le he confesado que yo era totalmente responsable del accidente y he preguntado cómo estaban mis amigos.
Me contestó que saldrían adelante. Y después me contó lo que había ocurrido.
El ruido de la alarma, de la radio, el cielo, todo me aturdía y casi me desmayo. Oí llegar la ambulancia. El equipo se preparaba para utilizar una pinza de desincarceración pero protesté. Tenía un mal presentimiento sobre este particular, como si me fuera a matar. Me incorporé yo misma. La pierna izquierda fue comprimida, distorsionada bajo la tracción de mi cuerpo. Me instalaron en la parte de atrás de la ambulancia, me hicieron una perfusión y me dieron oxígeno, el policía estaba a mi lado. Me sujetaba la mano y me dijo que ahora sí podía dormir.
Radiografías, monitores cardiácos, luces, agujas, máscaras, ruidos, sangre, bips, conversaciones, latín, mates, jurídico. Vértigo. Dolor
Estuve en cuidados intensivos durante 36 horas, perdiendo y recobrando la conciencia. Me dieron una inyección epidural de morfina, hubiera jurado que había arañas por todas partes. Por contra, sí hubo religiosas y un cura. No paraban de venir y de rezar, mientras esperábamos la llegada de mi madre, el cura me administró los últimos sacramentos al menos 3 veces. Planeaba encima de mi cabeza la mayor parte del tiempo, observando todo ello como una especie de circo.
Cada vez que empezaban a darme los últimos sacramentos, volvia a mi cuerpo y decía: “Paren eso, no estoy todavía muerta”. Mi espíritu sabía que todo iba bien, pero mi cuerpo pensaba de diferente manera. Sé que mi cuerpo ha pensado varias veces que iba a morir, pero mi espíritu se negó a creer cualquiera de esas absurdidades, se ha mantenido simplemente en su puesto.
En un momento de tranquilidad, abrí los ojos y vi un crucifijo al otro lado de la habitación. Me puse a reir interiormente. He dicho «No estás ahí arriba, desciende, desciende de esa cruz. ¿Por qué hacen eso? ¿Por qué te dejan ahí arriba? ¿Quieren guardarte ahí arriba? Es tan estúpido, eres tonto, baja de esa cruz!»
Hasta ese momento, el Cristo estuvo ahí, hecho de luz. Era tan bello, exactamente como un judío. Largos bucles negros y un bello rostro con grandes ojos marrones, la mandíbula y la nariz prominentes. Llevaba un traje monacal de tela, ceñido de una cuerda de fibras. Ninguna fantasía, pero estaba lleno de la luz más brillante que se pueda uno imaginar. Sonrió con un aire cómplice, parecía preocupado.
Exclamé: «¡oh! Es genial, como lo haces! Cómo puedes hacer? ¿Está ahí? ¿Cómo has llegado hasta aquí? Estabas allí y ahora estás aquí?, ¿Me has oído? Es tan genial la manera en que haces eso. Es como una prueba de que estás aquí! Eres impresionante! Gracias! ¿Y ahora?
«Ahora debes vivir la verdad»
«Ah sí? Es fácil, puedo hacerlo, he hecho lo que has dicho, he dicho la verdad, he asumido mis responsabilidades. Puedo hacerlo»
«Lo sé.» respondió, tenía aspecto de estar orgulloso de mí. «No será siempre tan fácil. Podría ser la cosa más difícil que tengas que hacer». Él miraba la cruz.
De golpe todo se ha vuelto lógico para mí. Me tocó la mano y un calor se ha extendido a través de mi cuerpo. Me quedé en mi cuerpo, estaba estabilizada.
Me enviaron a Minneapolis para someterme a una operación experimental de alta tecnología, iba a ser la primera para un nuevo tipo de procedimiento de reconstrucción ósea, la iba a realizar el gran Dr. Templeman (El hombre del templo? Gracioso no?)
Me quedé 5 semanas en el hospital, salí para ir a una casa de reposo durante los seis meses de convalecencia. Escribí en mi diario: «Estar de pie será estrechar mi corazón, andar será hacer progresar mi espíritu, bailar será reivindicar mi alma».
Me puse de pie 6 mese después, anduve al cabo de 9 meses, hoy puedo bailar sin sufrir.
Dios existe.