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Antiguo 16-05-2010 , 15:25:19   #1732
Μαδt
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Predeterminado Respuesta: Ateismo - Topic Oficial

NFINITUD Y UBICUIDAD DE DIOS

Los atributos anteriores de la simplicidad y omniperfección de Dios nos inducen a estos otros dos. Tanto lo simple como lo perfecto parecen indicar algo determinado, acabado, en contraposición a los seres compuestos e imperfectos. Al ser Dios simple y perfecto, «ser delimitado y diferenciado, y no indeterminado o infinito» Esta consideración cuasi extensiva de la divinidad, si se considera estáticamente da lugar al problema de su infinitud y omnipresencia o ubicuidad; y si se considera dinámicamente, da lugar al problema de la inmutabilidad y eternidad.

1) Dios es infinito absolutamente por ser acto puro y subsistente en el orden más radical del ser, y carecer, por tanto, de todo principio interno o externo de limitación. Se trata, pues, de una infinitud intensiva, de perfección; no de indeterminación o potencialidad. Es claro que el atributo de infinitud, si bien tiene fórmula negativa (infinito), en realidad se trata de una perfección positiva: es negación de negación (no-fin, no-término); y, aunque la expresión sea de orden extensivo, no debe entenderse imaginativamente como magnitud espacial ilimitada.

2) La omnipresencia de Dios no es menos obvia intelectualmente: siendo Dios infinito, totalmente incircunscriptible, se sigue que esté en todas las cosas y lugares, que sea ubicuo, presente en todo. Así, aunque parezca paradójico, la consideración de la trascendencia divina nos lleva a la de la inmanencia. Es más: Dios va a resultar máximamente inmanente a todo en razón precisamente de su trascendencia. Así se unen ambos extremos sin caer ni en el panteísmo o inmanentismo religioso, ni en el deísmo extrinsecista.

En el sistema de Santo Tomás el atributo de la presencia divina, la más íntima de todas, en todo ser y en todo orden, tiene una explicación de máxima profundidad y consistencia. La verdad de la trascendencia divina es precisamente la razón de su máxima inmanencia y de la exclusividad divina de este atributo. Y es que, al ser Dios el ser por esencia, la existencia esencial ha de ser la causa propia y, por tanto, inmediata de todos los seres y de todo el ser por participación; su influjo inmediato es «in omne et in totum esse» (en todo y totalmente). Siendo, pues, el ser lo más íntimo, lo más formal, lo más comprensivo de las cosas, la acción de Dios en las cosas y acciones creadas es la más íntima y profunda de todas. Por otra parte, la acción de Dios no se distingue de la naturaleza divina, ni de su inteligencia, ni de su persona. De ahí que donde esté la acción inmediata de Dios allí está inmediatamente su naturaleza, su inteligencia y su persona.

La inmediación de acción es inseparable de la inmediación personal y cognoscitiva: está en todo lo que son y hacen, siendo y obrando y conociendo («per essentiam, potentian et praesentiam», según la fórmula clásica). Por eso Dios está más presente en nosotros que nosotros mismos: que ni nos conocemos inmediata y perfectamente (nos conocemos por reflexiones parciales), ni nos damos totalmente nuestros actos, ni tenemos la existencia en propiedad original. Más bien, según frase genial de San Pablo, «en El vivimos, nos movemos y existimos».

LA INMUTABILIDAD Y ETERNIDAD DE DIOS

La simplicidad infinita de Dios nos lleva lógicamente a su inmutabilidad absoluta, tanto en el ser como en el obrar, tanto en el conocer como en el amar; y la inmutabilidad nos lleva a la eternidad; lo mismo que, por contraposición, la limitación y complejidad de las cosas explica su mutabilidad, y la mutación lleva consigo la temporalidad.

Inmutabilidad significa, como indica el mismo nombre, negación de posibilidad de mutación. Es la condición de lo perfectamente estable o fijo. Tratándose de Dios, la inmutabilidad ha de entenderse naturalmente en el sentido de inmutabilidad de perfección o plenitud de ser, no de impotencia, inercia o muerte. Algo así como antes distinguíamos la infinitud que era imperfección (= indeterminación) de la infinitud que era plenitud.

También en el orden humano distinguimos la inmutabilidad que resulta de la posesión del bien o de la verdad de la inmutabilidad, que es inapetencia, abulia o escepticismo. Sobre la eternidad se ha hecho clásica la descripción de Boecio: «interminabilis vitae tota simul et perfecta possessio» (De Consolatione, Lib. 5, prosa 6). Etimológicamente es una contracción de la «aeviternitas» latina (de «aeviternum» = triple edad, esto es, pasado-presente-futuro). Podríamos traducir la noción de Boecio por: duración interminable sin sucesión (la antítesis del tiempo).

La inmutabilidad de Dios va implicada: tanto en la verdad de que Dios es motor universal, acto puro, a quien es extraña cualquier potencialidad; como en la verdad de la absoluta simplicidad de Dios; como en la verdad de su infinitud e inmensidad. Todo ello implica necesariamente absoluta inmovilidad, esencial necesidad.

La eternidad, en contraposición a la finitud temporal, es inseparable de dicha inmutabilidad, como el tiempo lo es de la mutación.

Ahora bien, estos atributos, muy positivos en sí, nosotros los concebimos relativa y negativamente en comparación con lo mudable y sucesivo. Al hacer esta comparación se impone superar concepciones imaginativas. La inmutabilidad de Dios no es inmovilismo inerte, sino perfecta estabilidad vital por saturación o plenitud de ser.

Esta inmutabilidad, en razón precisamente de la inmensidad y omnipresencia divinas en todo, es perfectamente compatible con la novedad, historicidad y contingencia reales en las correlaciones Dios-hombre, Dios-mundo: cabe toda la gama de variaciones reales en esta correlación al variar realmente las cosas cara a Dios inmutable íntimamente presente en todo. De modo parecido, la eternidad de Dios no se debe concebir imaginariamente como una duración ilimitada anterior y posteriormente al tiempo presente. No es propiamente duración; es un «nunc stans», un presente trascendente, no un «nunc fluens»; es el mismo «esse» divino, distinto del existir derivado («ex-sistere») de lo participado.


ATRIBUTOS DINAMICOS DE DIOS

Sabiendo que Dios es espíritu y ser personal, sus atributos de orden dinámico u operacional han de ser espirituales, concretamente conocimiento y volición. El obrar de Dios (su potencia), lo mismo que su vivir, consiste en conocer y querer o amar.

Después de lo expuesto, resulta fácil entender que en Dios se dan formalmente estos dos atributos: inteligencia y voluntad, sabiduría y amor. Y ello no sólo por estar reflejados en la obra que nos sirvió de punto de partida de la quinta vía (que denunciaba la existencia de una inteligencia ordenadora y eficaz en Dios), sino también por tratarse de perfecciones puras, que han de darse en Dios, de acuerdo con el término de la cuarta vía. Además, sabiendo que Dios es acto puro, sumamente inmaterial, es fácilmente comprensible que sea sumamente inteligente y libre (puro entender y amar, sin necesidad de facultad o hábito), puesto que la inmaterialidad positiva es la raíz de la intelección y de la libertad. Su conocer y amar es su mismo existir, su mismo ser.

Tampoco es difícil comprender que el objeto propio, cuasi especificativo, del conocer y amar divinos sea su propia verdad y su propia bondad, esto es, su propio ser autoposeyéndose intelectual y volitivamente; y que al conocer y amar las cosas que no sean Dios, ha de ser a través de sí mismo, sin dependencia causal-objetiva alguna respecto de las cosas. Con la máxima brevedad: Dios no conoce y ama las cosas porque se le presenten verdaderas y buenas, sino que son verdaderas y buenas porque Dios las conoce y ama; su conocer es causal, no causado.

La gran dificultad ocurre al querer ver cómo se proyectan estos atributos divinos sobre nuestro mundo que, por su opacidad y variabilidad en muchos aspectos, parece refractario a una providencia divina omnisciente e infrustrable. Concretamente, ¿cómo es posible que conozca con la perfección propia de Dios los futuros contingentes, los secretos del corazón, los pecados tenebrosos de los hombres? Parece que lo contingente futuro no puede ser objeto de conocimiento necesario; los movimientos del corazón del hombre, tampoco, debido a su volubilidad; y el mal carece de entidad cognoscible. He ahí la primera aporía.

Por otra parte, la acción de Dios, su volición eficaz, ¿de qué manera compagina con la libertad constitutiva del hombre y con la frustración de tantas ordenaciones naturales?

Tanto los teólogos como los metafísicos han derrochado tiempo de reflexión e ingenio para responder a estas cuestiones. Sin pretender esclarecer satisfactoriamente el tema, sino en orden a sugerir caminos de salida en claroscuro, y a obviar la fuerza de las aporías apuntadas, advirtamos esto:

1. Que Dios conozca y ame todo lo que es distinto de él, por insignificante y contingente que sea, es exigencia de su condición de ser por esencia. Todo lo que existe, existió o existirá, en Dios es un presente eterno e invariable, sin opacidad o mutabilidad alguna. Nada hay de ser en las cosas que no esté en Dios bañado de luz (recuérdese lo dicho sobre la razón de la omnipresencia de Dios) y nada existe que no proceda de su ordenación libre, inteligente y eficaz.

2. El obrar de Dios sobre la voluntad libre de los hombres no destruye ni limita la libre elección, porque Dios, en razón de su trascendencia, es más íntimo, más inmanente a nosotros que nosotros mismos. Y como no repugna al acto libre proceder casualmente de la propia voluntad, no le repugna, «a fortiori», proceder causalmente de lo que es sostén de la misma voluntad. No se debe concebir antropomórficamente la acción de Dios sobre la voluntad como si fuese la acción de otro agente del mismo orden, totalmente extrínseco a su ser. Por ahí va la solución más satisfactoria a este eterno problema.

3. El mal libre (mal moral) y las demás frustraciones naturales (mal físico) no se escapan a la mirada causal de Dios, porque lo que tienen de ser (el mal no es algo positivo, sino privación de ser en el ser) dependen de Dios positivamente. Y la formalidad de mal o privación (no ser) no es cognoscible en sí (ni para Dios ni para nadie), sino a través del ser deficiente y de sus causas defectibles y defectuosas. Todos los hilos del devenir defectible y defectuoso, en lo que tienen de ser, están en las manos de Dios; y este aspecto positivo es la única cara cognoscible, pero suficiente para conocer lo que el mal es: conociendo al ser deficiente se conoce el defecto. Por ahí está la salida al gran problema del mal dentro de la providencia perfecta de Dios.


Última edición por Μαδt; 16-05-2010 a las 15:26:22
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