Al día siguiente un diario tituló “Nuestro Hiroshima”.
El periodista brasileño Mario Filho, ideólogo del Maracaná, escribió en su columna: “La ciudad cerró sus ventanas, se sumergió en el luto. Era como si cada brasileño hubiera perdido al ser más querido. Peor que eso, como si cada brasileño hubiera perdido el honor y la dignidad. Por eso, muchos juraron aquel 16 de junio no volver nunca más a un estadio de fútbol”.
Mientras tanto el diario Clarín de Argentina, titulaba: “La derrota por 2 a 1 en el Maracaná provocó hasta suicidios”.
Una vez finalizado el cotejo, los periodistas acosaron al artífice de la jornada, preguntándole como había ocurrido el triunfo de Uruguay sobre Brasil, Obdulio pensó la respuesta unos segundos, meneando la cabeza y con voz firme respondió: “Fue casualidad”, inmediatamente después le quisieron sacar una foto, entonces él se puso de espaldas. El mismo Obdulio ampliaría su declaración a los tres días del partido: “Ganamos porque ganamos, nada más. Brasil era una máquina: nos llenaron a pelotazos. Métanselo en la cabeza: jugamos cien veces y sólo ganamos esa...La casualidad nos dio el triunfo”.
Obdulio pasó la noche de la coronación bebiendo cerveza de bar en bar, (mientras que varios de sus compañeros tenían miedo de que los mataran al salir) abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro y negándose a festejar el triunfo con los hipócritas dirigentes uruguayos. Al día siguiente en Montevideo huyó de los hinchas y periodistas que los estaban esperando con un gigantesco cartel luminoso con su nombre, se colocó un impermeable con la solapa levantada, anteojos oscuros, un sombrero y desapareció entre la multitud. Nunca más aceptó hablar en un reportaje sobre aquella final del ´50.
Mientras Obdulio Varela vistió la camiseta de la selección uruguaya en un Mundial, ésta nunca cayó derrotada.
El centrodelantero brasileño Adhemir Menezes, declararía horas más tarde: “Ninguno de nosotros pensó jamás que Uruguay pudiera ganarnos. Nos parecía que se conformaban con el segundo puesto”.
Tan grande fue la tristeza brasileña que por dos años su seleccionado de fútbol no volvió a disputar un partido internacional.
Julio Pérez, integrante de aquél seleccionado uruguayo recordaba: “Los cronistas se dejaban impresionar por las goleadas de Brasil, pero no se daban cuenta que los rivales se achicaban. Y no era para menos. La tribuna, la multitud, y todas esas cosas que pesaron en el ánimo de los españoles y los suecos, permitieron las goleadas. Pero eso con nosotros no camina. El equipo nuestro jugaba bien y estaba integrado por hombres”.
Skoglund, jugador sueco, recuerda aquel partido contra Brasil: “Cada vez que tocaba el balón, explotaban petardos a mi alrededor: era como un campo minado”.
También Oscar Omar Míguez rememora: “¿Por qué nos iban a ganar?, ¿quiénes eran?. Nosotros nos teníamos confianza. Si usted entra sugestionado es peor...Ese campeonato no se perdía...Estaba escrito que ese día ganaríamos, no temíamos ni a Dios ni al Diablo. Si Máspoli hubiese jugado de delantero, hacía dos goles, y si yo hubiera ido al arco, atajaba dos penales”.
A la hora de regresar a su patria, el avión no despegaba porque había exceso de peso, entonces Obdulio se paró delante de los pasajeros hasta que individualizó a uno de los dirigentes que los había subestimado y le gritó: “¡Usted, abajo!”, a lo que el dirigente respondió descendiendo del avión con su mujer y su pequeño hijo.
El premio que recibió Obdulio Varela por ganar la copa del mundo, le alcanzó para comprar un Ford usado del ´31, que le robaron a la semana siguiente. Pero el reconocimiento más importante lo recibió 69 años más tarde, cuando fue elegido como el deportista uruguayo más importante del siglo XX. “El negro jefe” murió pobre, el gobierno se encaró de todos los gastos de su muerte, pero nunca se encargó de su vida.
Los dirigentes del fútbol uruguayo, quienes antes de comenzado el partido se conformaban con perder por menos de cuatro goles, como recompensa por haber logrado la copa del mundo, se otorgaron a sí mismos medallas de oro, mientras que los jugadores se tuvieron que conformar con unas de plata y algún dinero.
Ademir, el goleador del torneo con nueve tantos, no solo nunca tuvo un homenaje ni una sola mención, sinó que inmediatamente finalizado el torneo, fue condenado a un ostracismo futbolístico, al igual que la mayoría de aquel conjunto carioca.
Al arquero de Brasil, Moacyr Barbosa, quien tuvo una intervención poco feliz en el segundo gol uruguayo, su vida dió un giro de 360 grados, se convirtió de un día para otro en un verdadero infierno.
Bastaba que ingresara a un bar cualquiera en Brasil, para que todos los clientes del mismo huyeran como si hubieran visto a un fantasma. Sobre ésta y otras reacciones que tuvo el pueblo brasileño, recordaba el guardameta: “Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.
También recordó en su momento el hecho más triste de su condena futbolística: “Fue una tarde de los años ochenta en un mercado. Me llamó la atención una señora que me señalaba mientras le decía en voz alta a su pequeño niño: “Mirá hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.
Moacyr Barbosa, trabajó durante más de veinte años en el lugar que le dio el mayor
o futbolístico, se desempeño en la intendencia del Maracaná, y de premio a su excelente labor y debido a que se avecinaba una gran remodelación en el estadio, su administrador le ofreció los dos palos y el travesaño del fatídico arco. Regalo que no despreció, convocó a sus amigos, y ante tanta expectativa creada, un bidón de nafta y un encendedor. De esa forma el arquero pensó que eliminando a su testigo más cercano, podría exorcisarse del mote de “mufa” que le indilgaron algunos, pero luego... . Fue echado de la concentración de la selección brasileña en 1993, por el entonces ayudante del técnico Mario Lobo Zagallo, a donde había llegado para desearle suerte a los jugadores que luego ganarían el Mundial del ´94.
Poco antes de morir dijo desconsolado: “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por un matar a alguien es de treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y yo sigo encarcelado, la gente todavía dice que soy el culpable”.
Otra frase que se le escuchó en sus últimos días fue: “No fue culpa mía, éramos once”.
Barbosa falleció el 7 de abril del 2000, aislado y pobre, quien fuera (a pesar de la mala intervención en el segundo tanto charrúa) uno de los mejores arqueros de la historia de Brasil, murió en la pobreza y el olvido, a su entierro asistieron 50 personas, entre familiares y amigos, ninguna figura se hizo presente, ningún dirigente del fútbol carioca estuvo despidiéndolo.
Al día siguiente uno de los diarios más importantes de Brasil sintetizó la vida del guardameta en el título, allí se podía leer: “La Segunda Muerte de Barbosa”.