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Antiguo 13-05-2010 , 09:16:45   #3
Tyler Durden
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Predeterminado Respuesta: El Maracanazo

Maracanazo: crónica de un día que no terminó

Hace 55 años, por estos días de julio, comenzaba a nacer una de las gestas más importantes del fútbol mundial. Que se recuerda con vigencia y fervor. Con dolor e incredulidad. Los uruguayos, capitaneados por Obdulio “El Negro jefe” ante 200.000 almas le ganaban a Brasil, en el mismísimo Maracaná y obtenían, por entonces su segundo Campeonato Mundial.
Dicen, quienes aseguran saberlo todo, que los brasileños diseñaron posters conmemorativos del mundial y entraron tan confiados a la grama que debajo de su tradicional camiseta llevaban otra en la que podría leerse “Campeones del Mundo“. Nunca nadie las vio. Los locales desaparecieron entre un silencio de sepulcro que nadie podrá olvidar.
El último relator sobreviviente, Don Duilio De Feo, rotulado desde entonces como el “Speaker de la victoria”, hace unos años rompió el silencio y, con una gravedad que casi no le permitía desplazarse, narró:
Cita :
A las 7 de la mañana del 16 de julio de 1950 le regalé el último suspiro al espejo. Enseguida abandoné la habitación y el ascensor me condujo a la planta baja del hotel, donde se servía el desayuno. La ansiedad se presentaba hasta en los posillos. Me apresuré a tomar el café y a devorarme un trozo de bizcochuelo. A las 8:30 con mi compañero Cesar L. Gallardo nos subimos a un taxi que media hora después circunvaló con penuria el Maracaná. Era increíble lo que estaba frente a mis ojos: una muchedumbre, que provenía como cataratas de todo el Brasil y que pernoctó y acampó en las cercanías del estadio. Ya hacía cola para ingresar cuando el partido estaba programado para las 15:30: Las gradas estaban vacías. Y en la cancha una cuadrilla le daba los últimos toques al gramado. Enseguida nos ubicamos en el lugar asignado a CX 24 La Voz del Aire para realizar la transmisión. Comenzamos al mediodía. A tres horas del partido la cancha se convirtió en el templo de la torcida brasileña, desgarraban alegría, magia, esplendor y confianza. La gente disfrutaba de antemano. El partido, aun sin haberse jugado, “ya estaba ganado”.
Cita :
Cuando comenzó el encuentro, 200.000 personas lanzaban fuegos de artificios. Llegó el gol de Brasil y la locura invadió al país. Miré a mi compañero y no se lo podía creer.

Cita :
Abajo once hombres de piernas fuertes y valientes desafiaron a todos: Obdulio Varela sacó la pelota del arco vencido y a los gritos arengó a sus compañeros: “Vamos, vamos, que los de afuera son de palos“.

Cita :
Llego el primero, uruguayo y Río de Janeiro pareció entrar en terapia intensiva… Primero el de Schiaffino era empate. Después el de Alcides Ghiggia que la clavó contra un palo y dejó sin asunto al brasileño Barbosa. Éramos Campeones del Mundo. Quedaban 23 minutos, ya casi no podía ver. Se nublaban los ojos. Los minutos transcurrían cómplices de la tragedia. Recuerdo que por un instante me solidarice con la gente. Reparé en el sufrimiento del publico y me dije: “La pucha, parece que le hicimos un gran daño a toda una nación…” No hubo vuelta olímpica. A la cancha ingresaba mucha gente buscando una explicación. Miraban con estupor a los rostros de los que habían profanado el Maracaná. Daban lastima verlos a ellos. Aun siendo uruguayo daba mucha tristeza. En los morros estaba toda la gente de las favelas pronta para bajar a la ciudad y festejar. Volvieron a sus casas como pudieron. Afuera del estadio una fila de 11 autos estaba esperando la consagración de Brasil, era el obsequio para los héroes, pero nunca llegaron. Sin alfombra roja, casi a escondidas, apareció Obdulio Varela y Jules Rimet, presidente de la FIFA, le entregó la estatuilla, casi a escondidas, pues hasta parecía que aquel objeto, ese trofeo, le pesaba demasiado…”
Un relator radial de fútbol brasileño, llamado Ary Barroso, que en ese momento estaba relatando la final del mundo para todo el país concluyó su relato inmediatamente después del segundo gol charrúa repitiendo: “...yo ya sabía, yo ya sabía, yo ya sabía, no relato más”, en ese momento decidió abandonar la cabina de transmisión y su profesión, se dedicó a la música, entre sus creaciones figura “Aquarela de Brasil”, un clásico de la música de Brasil.
El pueblo carioca se sumió en la mayor congoja colectiva que se tenga memoria provocada por un hecho deportivo, la gente deambulaba por Río de Janeiro en silencio, otros lloraban sin encontrar consuelo.

Por un día Brasil se vistió de luto, las enormes fiestas populares programadas se suspendieron y la alegría seguro que no fue brasileña.

Jules Rimet descendió al campo de juego con la Copa del Mundo en sus manos, por allí deambulaba sin rumbo en un mar de periodistas, fotógrafos, hinchas, jugadores brasileños, hasta estuvo a punto de dársela al capitán brasileño, ya que no estaba enterado del segundo tanto charrúa, pero Obdulio “El Negro Jefe” Varela, advirtió el desconcierto y salió corriendo a arrebatársela de las manos.

La banda de música que tocaría el himno brasileño (seguro vencedor), el podio no había sido colocado y hasta los policías de custodia que acompañarían a Jules desde el campo al podio estaban llorando.

Aunque, años más tarde recordando ese momento de desconcierto don Jules, dijo: “...Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil). Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido (estaban empatando 1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo local). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber que hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo... ”.

Luego de que el juez del partido pitara el final del mismo, los comentaristas deportivos calificaron aquel partido como “La peor tragedia de la historia de Brasil”.

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