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Wave Conozca el cuartel de operaciones de cuatro 'hackers' bogotanos Calificación: de 5,00

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Conozca el cuartel de operaciones de cuatro 'hackers' bogotanos






Trabajan recuperando datos o rastreando robos mientras toman RedBull y tocan guitarra eléctrica.






Doscientos mil pesos al día en comidas a domicilio y casi 300 mil pesos al mes en energía son los dos principales gastos en servicios básicos de un apartamento de 'hackers' en Bogotá.
El agua no importa. Sus ocupantes se bañan si acaso una vez al día, como la gente normal.
Una pesada puerta blindada es la primera imagen para el visitante de esta vivienda de dos pisos y medio. En la primera planta hay una sala con una hamaca, una guitarra eléctrica, una marimba, un proyector y una consola de videojuegos Wii. La cocina y el comedor extrañamente están en el segundo nivel junto con la alcoba principal y un baño.


Pero el alma del lugar es el altillo, un pequeño escondite donde está instalado el cuartel general de los cuatro 'hackers éticos' que trabajan aquí (se conocen así porque 'hackean' por encargo para empresas y entidades).

Diego Laverde es el más veterano del grupo. Tiene 37 años, un Ford Mustang que 'engalla' él mismo y tres pares de gafas para su miopía.
Vive con su mujer y cuenta que hace un año, en "un bonito accidente", tuvo a una niña que hoy tiene un año de edad. Es ingeniero eléctrico y electrónico y labora como desarrollador en una compañía del sector; esa es su fachada pública, la de un vecino normal.
En realidad es un hacker que se empezó a formar a los 13 años cuando su papá llevó a la casa, en 1986, un Tandy TRS80. Su especialidad es el hacking de redes, que consiste en detectar vulnerabilidades de las conexiones y sistemas de empresas y organizaciones, por encargo de las mismas.
Duerme solo dos horas cuando tiene alguna labor de hacking asignada. Incluso, ha llegado a pasar tres días sin ir a la cama.


Uno de los casos que más recuerda es cuando fue contratado para intentar entrar a las redes de una gigantesca empresa de mensajería. Lo hizo fácilmente estacionado desde su camioneta, una Toyota acondicionada con antena satelital y Wi-Fi, a 50 metros del edificio de la compañía. Penetró a través de la red inalámbrica. Detectó los equipos administradores de red y abrió un hueco en el sistema de protección (firewall) para tener acceso remoto desde cualquier lugar.

"Hace tres años, de cada 10 intentos para ingresar a redes de empresas en el país, podía acceder a 10; hoy solo entro a la mitad", dice Laverde, quien agregó que esto evidencia que las compañías han tomado conciencia de los riesgos a los que están expuestas e implementado sistemas de seguridad.
Este hombre reconoce que el oficio de hacker cambió de naturaleza. "Antes el hacker entraba a las redes, tomaba el control de sitios web y dejaba la firma. Era un asunto de ego. Hoy, es una cuestión de plata. Los delincuentes informáticos modernos roban datos confidenciales, contraseñas bancarias, dinero en línea. Su motivación es el lucro", Lo malo, añade, es que nunca habrá un sistema de seguridad infalible: "El usuario siempre es una fisura".

Sin nada en la nevera


Cinco huevos, dos botellas de Coca-Cola y muchas salsas de tomate y mayonesa le dan vida al solitario refrigerador que parece abandonado en la cocina.
En cambio, el congelador está atestado de latas de RedBull. Entre los cuatro hackers se toman a la semana 20 paquetes, cada uno de 12 latas.
La basura, ubicada frente a la nevera, confirma la adicción de estos jóvenes a la bebida energizante.
Pocas veces cocinan. Casi toda la comida llega 'vía teléfono': sobre todo pizzas; aunque de vez en cuando se lanzan a un arroz con huevos y salchichas fritas.
Óscar Valero, de 25 años, es uno de los que más toman RedBull en este lugar. Estudió ingeniería electrónica y es un hacker especializado en hardware: cables, teléfonos celulares, discos duros, memorias USB, etc. "Trabajo con todo lo que funcione con 110 voltios", dice.
Valero se sale de la imagen que describe a los jóvenes que se dedican a este oficio: es mujeriego; disc jockey en un bar de música crossover de la Zona Rosa de Bogotá y no sabe conducir.
"A las mujeres no les digo que soy hacker. Eso las asusta", comenta este hombre que se dedica a levantar evidencias digitales de tal manera que puedan ser usadas en un proceso jurídico. Valero dice que el 80 por ciento de los robos o delitos informáticos que se cometen en una empresa es realizado por empleados internos.
Admite que en ocasiones se ha aprovechado de su conocimiento informático. Una vez le ayudó a una mujer a entrar al Facebook de su novio para ver las fotos que él escondía. Hizo el trabajo a cambio de una invitación a almorzar. "En este oficio es demasiado fácil cruzar la línea entre el bien y el mal", explica.


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