El primer día de clase, una amiga de mi madre le preparó a su hija, entonces de cuatro años, un sándwich. Como estaba muy caliente, la envolvió en papel de aluminio, lo que hizo que el papel se llenara de gotitas de vapor. Cuando la niña volvió del colegio, la madre notó que no se había comido la arepa y le preguntó:
—Hija, ¿pero por qué no te comiste tu sándwich?
—Ay, mami, es que me dio pena —contestó la niña—. Mi sándwich estaba triste; cuando lo destapé, vi que estaba llorando.