| Denunciante Bronce
| Respuesta: Las 50 Obras Maestras de la Pintura CASPAR DAVID FRIEDRICH “Rocas cretáceas en Rügen” – 1818-19
óleo sobre lienzo, 90.5- 71 cm. – Winterthur, Oskar Reinhart Foundation  “Tan grande es la fuerza del espacio infinito, que su vacío adquiere el espesor de lo corpóreo”, escribió el crítico Werner Hofmann sobre esta pintura de Caspar David Friedrich, el romántico alemán por excelencia, que representa –de una manera más ensoñada que realista- el viaje que el pintor, su esposa Carolina y su hermano Christian realizaron a la isla de Rügen en 1818. La representación de la figura humana enfrentada al espacio profundo e inabarcable es propio de la obra de Friedrich, que empleó este mismo efecto en obras tan famosas como “El monje frente al mar” (1808-10), “El mar de niebla” (1818 ) o “El coracero en el bosque” (1813-14), pero en el caso de esta pintura este contraste adquiere un significado distinto, de mayor complejidad pero menor dramatismo. Ya no se trata, como en las pinturas anteriores, de un espacio envolvente e incluso amenazante que subyugaba a las figuras presentes. En esta obra, Friedrich ha concedido a los protagonistas del cuadro el dominio sobre el poderoso paisaje, nada extraño si tenemos en cuenta que los representados son el propio pintor y su familia más allegada. Para ello ha usado un punto de vista muy elevado, y ha delimitado la visión de este espacio mediante las copas de dos árboles en la parte superior del cuadro. Pese a ello, y como bien ha señalado Hofmann, este espacio no pierde fuerza ni presencia, y se convierte en indiscutible protagonista de la composición, por encima incluso de los tres personajes y de las fantásticas formaciones calizas de los acantilados. JOHN CONSTABLE “El caballo blanco”, 1819 óleo sobre lienzo, 131.4- 188.3 cm. – Nueva York, Frick Collection. John Constable (1776-1837) es, tras Joseph Mallord William Turner, la gran figura del romanticismo inglés. Al contrario que su coetáneo, nunca salió de Inglaterra, dedicándose a retratar con maestría la vida y paisajes de la Inglaterra rural. Esta autoimpuesta limitación no le impidió desarrollar un estilo personalísimo, que tendría gran influencia en los pintores de la Escuela de Barbizon
“Una serena mañana gris de verano”: así describió el propio John Constable “El caballo blanco”, sensacional crónica de la vida de la Inglaterra rural y sus elementos particulares. Aunque para la mayoría de críticos “El carro del heno” es la obra maestra del artista, no hay duda de que “El caballo blanco” fue la obra más apreciada por el pintor inglés. El propio Constable afirmó que “hay en la vida una, tal vez dos o incluso tres pinturas en la que uno pone un interés especial: ésta es la mía”. Esta pintura supuso el primer gran éxito de John Constable, y su ingreso en la Real Academia del Arte. FRANCISCO DE GOYA "Un perro", 1820-22 Fresco trasladado a lienzo, 134- 80 cm. – Madrid, Museo del Prado En 1819, Goya se traslada a la una finca en las afueras de Madrid –posteriormente conocida como la “Quinta del Sordo”- y comienza a decorarla con una serie de pinturas espeluznantes de aquelarres, brujas y escenas terribles como el infame "Saturno devorando a su hijo". En medio de tal panorama, al lado de una puerta, solo y desamparado, encontramos "Un perro". Esta es quizás la pintura más enigmática de toda la Quinta. En ella se nos muestra a un perro, totalmente oculto a excepción de su cabeza, en medio de un fondo ocre. Nada más se nos dice o se nos aclara sobre el protagonista o el significado del fresco. ¿Dónde está ese perro? ¿A dónde o a qué está mirando? ¿Se hunde, o por el contrario asoma su cabeza con cautela, temeroso de algo que no somos capaces de intuir? De esta pintura se han hecho infinidad de interpretaciones, asociando al perro tanto a la figura infernal que guía a los muertos como a un símbolo del abandono y el desamparo. EUGÈNE DELACROIX “La Libertad guiando al pueblo”, 1830
óleo sobre lienzo, 260- 325 cm. – París, Louvre. Eugène Delacroix es el pintor por excelencia del romanticismo francés y una de las figuras claves de la pintura europea de la primera mitad del siglo XIX. Pese a que sus fuentes de inspiración son claramente barrocas, Delacroix evolucionó su pintura hacia un antirrealismo que lo sitúa en las puertas mismas de la modernidad, y lo convirtió en un pintor admirado por muchos de los impresionistas medio siglo después.
“La Libertad guiando al pueblo” es una obra cargada de simbolismo. La Libertad, figura femenina con pechos descubiertos, bandera en alto y gorro frigio, encabeza la acometida popular, en la que se identifican rostros conocidos como Gavroche o Fréderic Villot, director del Louvre y amigo personal de Delacroix. Técnicamente es también una obra extraordinaria, en la que el recuerdo de la impresionante “La balsa de la medusa” de Gericault está presente en la composición, pero acabada con la pincelada suelta y ágil propia de Delacroix. Imagen indisolublemente asociada a la Revolución Francesa, “La Libertad” demuestra la capacidad de la pintura no sólo para impresionar y emocionar, sino también para convertirse en el símbolo de una época. KATSUSHIKA HOKUSAI "La ola", c.1830 Grabado, 25.4- 38 cm.  La pintura y el grabado japonés, de la que Hokusai es uno de los máximos exponentes, siempre nos han ofrecido una visión diferente, casi mística, de los fenómenos naturales. La ola es aquí mucho más que una mera circunstancia oceánica: es un monstruo, un gigantesco leviatán que amenaza con sus colmillos a las ágiles y audaces barcas que cruzan, flexibles, el mar. La terrible garra del océano es tan poderosa que parece ir a devorar incluso al sagrado monte Fuji, que se nos presenta al fondo como una víctima más de la demoníaca ola. ANDO HIROSHIGE “Súbita lluvia sobre el Puente Atake”, 1856 grabado sobre madera, 36.8- 25 cm. – Tokio, Museo de Arte Fuji Ando Hiroshige está considerado como el último gran maestro de la estampa japonesa, interesado, al igual que Hokusai, por el paisaje y los elementos naturales. Su indiscutible obra maestra es la serie de “Cien paisajes famosos de Edo", de la cual esta escena es quizás la composición más conocida. Este grabado es, a su manera, una auténtica obra impresionista. Hiroshige ha captado el momento preciso en el que la fina y fuerte lluvia de verano –que él mismo denominó “lluvia blanca” - rompe sobre el puente de Atake. La sensación de dinamismo que provocan las múltiples gotas de lluvia, las figuras cobijándose bajo los paraguas, y la embarcación que busca rauda un lugar en el que guarecerse es sencillamente fabuloso. La obra fue muy admirada por Vincent van Gogh, quien afirmó que admiraba a los pintores japoneses por “su estilo tan sencillo como respirar” y que en 1887 realizó una copia de la obra, conservada hoy en el Museo van Gogh de Ámsterdam. JOSEPH MALLOR WILLIAM TURNER “Lluvia, vapor y velocidad”, 1844 óleo sobre lienzo, 91- 112 cm. - Londres, National Gallery  Probablemente el mejor paisajista de todos los tiempos, Turner consigue aquí su máximo logro en lo que constituye una obra casi impresionista. La pintura es una sensacional conclusión a las investigaciones de Turner sobre la luz y la atmósfera, llevadas a cabo durante su época de profesor en la Royal Academy. Durante esta época, Turner tomó contacto con las teorías de la luz y el color de Newton y Goethe. En la pintura de la National Gallery , el auténtico protagonista, por encima incluso de la dinámica locomotora, es la cambiante atmósfera inglesa, acrecentada por el vapor que desprende la poderosa maquinaria. La crítica –y posteriormente los pintores impresionistas- quedaron impactados por esta veloz locomotora. Un crítico escribió, durante su exposición en 1844: “un tren se te echa encima, un tren que avanza realmente a 50 millas por hora y que el lector haría bien en ir a ver antes de que salga del cuadro”
__________________ "Ahora sólo hay una melancolía absoluta. No deseo nada. Dormir. Solamente dormir. Y soñar. Soñar que me quieren".
- Alejandra Pizarnik |