AUTOR/ES DESCONOCIDO/S
Pinturas murales de las cuevas de Altamira (detalle y reconstrucción del conjunto), c.13,000- 11,000 a.c. Pintura mural, Altamira, España

A las pinturas murales de la cueva de Altamira se les ha llamado, de una manera un tanto entusiasta, “la Capilla Sixtina del Paleolítico”. Las pinturas, de rasgos extraordinariamente realistas, están realizadas mediante un contorno de manganeso negro y un relleno ocre y rojo, de tal manera que las figuras poseen ya una notable cualidad volumétrica.
Sean estas pinturas un primitivo “manual de caza” para enseñar a otros miembros de la tribu donde y como cazar las presas, sean una especie de conjuro mágico para atraer a los animales, está claro que el Arte paleolítico está indisolublemente ligado a la caza. Y en cuanto ésta deja de ser el recurso principal, el hombre abandona las cuevas, y estos primitivos dibujos permanecen ignorados por la humanidad hasta que, muchos miles de años después, una pequeña niña llamada María de Sautuola descubre maravillada la primera gran obra maestra de la historia del Arte. Arte de supervivencia, Arte sin intención de serlo, sin duda, pero Arte, al fin y al cabo.
AUTOR/ES DESCONOCIDO/S
“Friso de las ocas en Meidum” – c.2700- 2600 a .c. Pintura mural, 27- 172 cm. - Museo de El Cairo 
Los murales de la mastaba de Atet, esposa de Nefermaat, en Meidum (comienzos de la IV dinastía) son un caso singular dentro del Arte egipcio, ya que se trata de una decoración exclusivamente pictórica. Del conjunto, que lamentablemente ha quedado muy dañado, destaca el célebre “friso de las ocas”, de prodigiosa naturalidad, que describe tres parejas de chenalopex (ocas del Nilo) en diferentes posturas. La exactitud y precisión de cada uno de los ejemplares de aves, contrastando con la ligereza con la que se dibujan los motivos vegetales, demuestran la familiaridad e incluso amor que los antiguos egipcios sentían por el mundo animal. Destaca la variedad de pigmentos utilizados, que incluyen la malaquita, azurita y óxido de hierro.
AUTOR/ES DESCONOCIDO/S
Fresco "de los delfines”, c.1800- 1400 a .c. Pintura mural, Palacio de Knossos, Creta (Grecia)
La restauración de los frescos de Knossos llevada a cabo por E. Gillieron y Piet de Jong a comienzos del pasado siglo recibió muchas críticas por el excesivo colorido empleado en los mismos, pero lo cierto es que no debe estar muy lejos del aspecto de las pinturas en pleno esplendor minoico.
Este fresco es un fabuloso ejemplo de la temprana pintura minoica, interesada en la representación fidedigna de la naturaleza sin presencia humana. Situado en la sala del baño –por lo que los motivos acuáticos cobran más sentido- el llamado “fresco de los delfines” es, al igual que el “fresco de las perdices”, una auténtica obra maestra por la valentía de representar un motivo tan poco corriente como los delfines, por su innegable valor decorativo y por su sobresaliente efecto de movimiento.
PHILOXENOS DE ERETRIA
(copia según) “La batalla de Issos”, c.170 a.c. Mosaico sobre pared – Museo Arqueológico, Nápoles.

“La batalla de Issos” es la indiscutible obra maestra de la pintura de la Grecia clásica, conocida mediante una copia hallada en la Casa del Fauno en Pompeya. Con un dramatismo desgarrador y una sensación de profundidad notable, la escena narra el momento en el que Alejandro Magno –representado de perfil y con un rostro que emana fuerza y decisión- carga contra el Rey Darío, figura central de la composición. La fuerza del conjunto y la sensación de movimiento propiciada por los escorzos de los caballos y las lanzas inclinadas recuerdan inevitablemente a “La batalla de San Romano” pintada por Paolo Uccello muchos siglos después, aunque en este caso la sensación de profundidad no está generada por la perspectiva –que lógicamente es inexistente- sino por la complejidad en la disposición de las figuras en múltiples planos superpuestos.
AUTOR DESCONOCIDO
“Retrato de poetisa (la poetisa de Pompeya)”, siglo I d.c. Pintura mural – Museo Arqueológico, Nápoles.

Retrato de una sensibilidad extraordinaria, donde muchos han querido ver el rostro de Safu, poetisa de trágica vida que acabó suicidándose por amor. Sea quien sea la frágil mujer de rostro delicado, lo cierto es que esta pintura constituye la obra maestra de la sensacional pintura de Pompeya.
La pose de la mujer, con la mirada perdida mientras acerca el cálamo a sus labios, es de una delicadeza extrema, que muestra como la sensibilidad griega llegó a calar en la civilización romana. El rostro, bellísimo a pesar de los lógicos fallos de dibujo, parece hacer ver una expresión de reflexión, en busca de inspiración. El colorido, pese a los daños sufridos por la obra a lo largo de los siglos, es sereno y apropiado, alcanzando cotas extraordinarias en los bucles de la cabeza y los dedos que sostienen las tablillas. Tendríamos que esperar casi un milenio y medio para encontrar, en toda la pintura occidental, un retrato de una penetración psicológica comparable a este.
LI CHENG
“Templo solitario”, 960-1127 tinta sobre papel – Nelson-Atkins Museum, Kansas City

La dinastía Song (960-1279) marcó un renacer en el arte chino tras el periodo de las Cinco Dinastías y los Diez Estados (907-960) caracterizado por la inestabilidad causada por las invasiones bárbaras. Los nuevos emperadores se interesan por la expresión artística y comienza un nuevo mecenazgo. Por otro lado, la popularización del rollo vertical permite nuevos avances en la representación del paisaje y los elementos naturales, y la investigación de los efectos espaciales y volumétricos. Esta obra de Li Cheng es una buena muestra de todo esto. El templo budista se ha representado desde una distancia considerable que permita apreciar la grandiosidad del paisaje montañoso circundante. La evidente verticalidad se ve enfatizada por las tres poderosas cataratas que rodean el templo y alimentan el caudaloso río que dos hombres se disponen a cruzar por el pequeño puente, representado con un naturalismo excepcional. La composición es una verdadera obra maestra, y su pequeño formato no le resta fuerza ni efectividad.