
El pasado fin de semana Juan Pablo Montoya regresó a la pista donde todo empezó para él en el automovilismo, el Autódromo de Tocancipá. Hace 17 años, cuando tenía justamente 17 años, corrió allí la última válida de la Copa Sprint. Sí, leyeron bien. Pero no era por la firma de telefonía americana Sprint, sino porque era una copa monomarca Chevrolet, con el modelo Sprint, un pequeño turismo de cuatro puertas equipado con un motor de 1000 c.c.
En esa ocasión corrió con el número 24, en un auto color beige, que yo, Diego Mejia, conduje durante las primeras 9 válidas del campeonato hasta que un accidente me dejó fuera de juego por una fractura de tobillo. Montoya me reemplazó después de mucho rogarle, pues no le convencía la paridad mecánica de los autos que eran entregados por la organización en sorteo a los pilotos. Yo, después de haber corrido con él en karts durante muchos años, sabía que no había nadie mejor para reemplazarme. El resultado fue apabullante: dos carreras, dos victorias.

Después de eso, birllaría en la Copa Chevrolet Swift GTi, ganando 7 de 10 válidas, en la Copa Lada Samara, pero sobretodo, en la Fórmula Renault, en la que durante la carrera inaugural, marcó la pole y el record de pista para el autódromo - el único que hay en Colombia desde hace casi 30 años. La última vez que corrió allí fue en 1997 cuando disputó las 6 horas de Bogotá, consiguiendo su tercer triunfo en línea, un año después de haber obtenido un nuevo record absoluto para la pista, el cual se mantiene aún vigente. Desde entonces regresó en 2005 para un evento de McLaren y Mobil, es decir que hace cuatro años no visitaba esta pista que se conoce al derecho y al revés. Tal vez en ninguna otra de las que ha visitado en el mundo, ha manejado tantos y tan diferentes autos.

Este domingo condujo durante más de dos horas una Grand Vitara SZ, llevando como pasajeros a clientes del concesionario Chevrolet Autoniza, con el cual la Fundación Fórmula Sonrisas lanzó una iniciativa conjunta que permitía que un porcentaje de la venta de algunos modelos selecciondos, quedara como aporte a los proyectos que la institución desarrolla en favor de la niñez colombiana. Y como un niño se divirtió Montoya dando vueltas y revueltas a los 2.7 kilómetros del autódromo, a pesar de que no conducía el poderoso Chevy Impala SS, que sí estuvo pero solo exhibido, pues su motor no se escuchó. Para eso habría sido necesario traer mecánicos, ingenieros, etc.
Sin embargo hubo competencia y contra otros pilotos. Montoya se midió en un simulador de Daytona contra Alejandro Lince, quien antes que él incursionó en los autos stock, participando en la ASCAR británica con buenos resultados en 2003. También estuvieron en el pique su hermano Juan Pablo Lince y Angelo Vega, compañero de competencias de Montoya en sus años de karts en Colombia. Sobra decir quién dejó el mejor tiempo.

Tuve la oportunidad de dar una vuelta como pasajero de Montoya y no solo ver, sino sentir, porqué él es uno de los mejores pilotos del mundo. Su entendimiento del auto, se feeling, van más allá de lo que un mortal como yo puede llegar a percibir. Sus forma de dibujar las curvas, de combinar perfectamente timón, acelerador, freno y caja, me hacían creer que estaba abordo no de un SUV y sino de un auto de carreras. Yo he dado miles de vueltas a esta pista, y he ganado en ella muchas veces también, pero la de este domingo fue una inolvidable y que por supuesto me recordó porqué el pilotaje es para mí un pasatiempo y no una profesión.
Cambiando de tema, Juan Pablo practicamente confirmó que estará de nuevo en las 24 Horas de Daytona, en las que el equipo Ganassi correrá con un prototipo BMW Riley. La marca Lexus no seguirá en la serie, así que habrá nueva motorización para los autos 01 y 02. Esta semana Montoya estará en el banquete de premiación de la Copa Sprint a partir del jueves. Allí se volverá a ver la cara con Tony Stewart. A ver si salen más chispas.