El primer triunfo en el Monumental
En la cancha del estadio Monumental de Buenos Aires la pelota quedó en el círculo central, traviesa y coqueta, lista para dejarse querer. Picó una, o quizá dos veces, antes de que Willington Ortiz la sedujera con su cintura de bailarín de salsa y sus piernas tan rápidas como flechas. Iban 61 minutos del partido que empataban 1-1 el
Cali y el River Plate de los campeones mundiales Fillol, Passarella, Tarantini, Alonso, Ortiz y Kempes, en el cierre del grupo 1 de la Copa Libertadores, el 22 de abril de 1981. Con la pelota pegada al pie derecho, Willington apuró el paso, dejó regado a Pavoni, burló con una gambeta a Tarantini, entró al área y con otra hizo lo mismo frente al arquero Fillol. Con esta jugada, el Cali estaba a punto de ser el primer equipo colombiano en vencer en su casa al ilustre River. Y así fue. La pelota, fiel a la orden de Willington, se marchó dócil al fondo de la red.
El sobrepaso de Montoya a Schumacher
La primera gran emoción que les provocó a los colombianos Juan Pablo Montoya como piloto de Fórmula 1 duró apenas 4,4 segundos. Al frente del Williams número 6, en la segunda vuelta del circuito de Interlagos, el bogotano hundió el acelerador a fondo en la recta principal y antes de la primera curva alcanzó al Ferrari del tricampeón Michael Schumacher. Ambos giraron al mismo tiempo, pero Montoya atacó al alemán, le ganó el lado más amplio de la pista y lo forzó a frenar al terminar la segunda curva, ya que se había salido levemente del pavimento. Luego siguió de largo y tomó la punta de la prueba. Apenas en su tercera carrera en la F1, en abril de 2001, Montoya mostró que era el piloto más irreverente de la categoría y en ese momento, tal vez, el único capaz de hacer morder el polvo terrenal a quien ya había subido tres veces al olimpo de los dioses.
La Copa Libertadores de 1989
Del estadio El Campín de Bogotá, a las 10 y 47 de la noche del 31 de mayo de 1989, salió un rugido incomparable.
Nacional se acababa de convertir en el primer equipo colombiano campeón de la Copa Libertadores, tras superar a Olimpia de Paraguay en una tanda de 18 cobros desde el punto penalti que duró 21 minutos. En ese lapso se mezclaron la angustia, el llanto, la risa nerviosa, el susto, la fe y los ruegos. Se pusieron a prueba los más alentados corazones. El arquero René Higuita atajó cuatro cobros: el primero, el 11, el 13 y el 15. Sin embargo, sus compañeros, presas del miedo, fallaron los tiros 8, 12, 14 y 16. El turno del cobro número 18 fue para Leonel Álvarez, que tomó carrera, se frenó un instante y luego sí remató. El engaño surtió efecto: la pelota se metió por el palo derecho y el arquero rival se lanzó al izquierdo. ¡Gooooooooooooolllllllllllll! Esta vez no fue un grito, sino un rugido. Nacional, vencedor 5-4 en los penaltis, acababa de desatar una euforia nacional después de semejante drama.
Bassa vs. McAuley
El título del peso mosca de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) parecía cambiar de manos aquel sábado de abril de 1987, en Belfast (Irlanda del Norte), cuando Fidel Bassa fue dos veces a la lona. Dave McAuley lucía fuerte y el colombiano, que realizaba su primera defensa, parecía un muñeco de trapo rodando por el tapiz. Pero con el corazón, más que con técnica, en el asalto 13 Bassa atacó a fondo y cambió la historia de la pelea y de su carrera con un dramático nocaut que aún se recuerda en Europa y Latinoamérica.
"Pambelé" vs. Furuyama
Panamá, país boxeril por excelencia, se reunió una noche de comienzos de diciembre de 1973 para ver al verdugo de "Peppermint" Frazer, el colombiano Antonio Cervantes, "Kid Pambelé", frente a un retador peligroso: el japonés Tsudo Furuyama. Era, en parte, montar la pelea para gozar con el presunto despojo del palenquero. Ese oriental hizo honor a su apodo de "León" y el título peligró. Sin embargo, Cervantes, cansado de conectar sus mortíferas combinaciones sin resultado, se vio obligado a emplear una faceta desconocida: la de boxear con técnica. No era ya un peleador o noqueador, se había convertido en una estrella.
El autogol de Andrés Escobar en USA 94
El número 13 marcó la corta vida de Andrés Escobar. Nació el 13 de marzo de 1967 en Medellín y a los 13 minutos del partido entre Colombia y Estados Unidos, en el Mundial de 1994, metió un autogol que terminó relacionado con su muerte. Siendo zurdo, le puso el pie derecho a la pelota en su afán de rechazarla. Ocurrió el 22 de junio de 1994, en el arco norte del estadio Rose Bowl de Pasadena, frente a más de 93.000 espectadores. John Harkes, del equipo estadounidense, había lanzado un centro bajo y cruzado desde la izquierda, fuera del área penalti. En una reacción instintiva, Escobar se agarró la cabeza y le clavó la mirada al césped sin encontrar ninguna explicación. El partido se puso 1-0 y Colombia perdió 2-1. Diez días después, en su tierra natal, al defensa lo asesinaron de 12 balazos. La leyenda cuenta que, antes de dispararle, el homicida le dijo: "Gracias por el autogol".
Fabiola Zuluaga en el Abierto de Australia
Vestida de blanco de la cabeza a los pies. Así, literalmente, llegó Fabiola Zuluaga a la cancha central del Melbourne Park, para jugar la semifinal del Abierto de Australia 2004. Hasta su rostro estaba de blanco, porque se aplicó una gran cantidad de bloqueador solar para que el astro rey no le hiciera mella. Al frente la esperaba la belga Justin Henin, número uno del mundo. "En el comienzo estamos viendo un tenis hermoso, porque Zuluaga sirve bien y Henin devuelve bien". Con ese comentario, la página de Internet del torneo arrancó el análisis del enfrentamiento. En el game inicial, la belga le quebró el servicio a la colombiana, que perdió el primer set 2-6. En el segundo y último cayó por idéntico marcador. El partido, disputado el jueves 29 de enero, duró una hora y 16 minutos. Fabiola avanzó a esta instancia al ganar por W.O. en la ronda anterior, tras una lesión en la espalda de la francesa Amelie Mauresmo. Esto, sin embargo, no le quita méritos a la proeza de ser el o la tenista de Colombia que más lejos ha llegado en un Grand Slam. Tampoco se marchó en blanco: tan sólo por jugar la semifinal, la organización la premió con 231.120 dólares (más de 400 millones de pesos).
El bronce de Ximena
Al oír el pistoletazo, a Ximena Restrepo se le acabaron las ganas de vomitar que sentía por los nervios y, todavía presa de la ansiedad, arrancó a correr la final de los 400 metros. Su comienzo fue malo, pero pronto empezó a recuperarse. Situada en el carril seis, con el dorsal 324 y su traje azul con el tricolor colombiano, en la segunda curva ya iba codo a codo con la francesa Marie Jose Perec, la ganadora del oro que corría por el carril cinco. Tenerla de referencia, a su izquierda, fue una bendición para Ximena, que en la recta final apretó los dientes y corrió con instinto felino para cruzar la meta echando el cuerpo hacia adelante y un tiempo de 49,64 segundos, el mejor de su vida, suficiente para obtener la medalla de bronce el miércoles 5 de agosto de 1992, en el estadio de Montjuic.
El Escorpión de René Higuita
Era un partido amistoso más bien aburrido. Colombia jugaba a tocar y tocar la pelota. Inglaterra, a tirar centros y probar suerte de media distancia. A los 22 minutos, quien se animó a esto último fue Jamie Redknapp. Libre de marca, remató más con ubicación que con potencia. Cuando la bola caía al arco, René Higuita se inclinó, estiró los brazos hacia abajo, levantó las piernas de atrás hacia adelante como si fueran un aguijón y la rechazó con los talones. Enseguida, y sorprendido, el público que presenciaba el juego en el estadio de Wembley tuvo un motivo de sobra para romper el silencio. Hubo murmullos y risas. El 7 de septiembre de 1995, un arquero colombiano apodado el "Loco" acababa de hacer la "locura" más grande en la tierra de los inventores del fútbol.
Las lágrimas de Farid Mondragón en Francia 98
El último retrato que tiene el álbum del fútbol colombiano en los Mundiales es de Farid Camilo Mondragón Aly. Los fotógrafos lo tomaron el 26 de junio de 1998, el día en que Colombia quedó eliminada en la primera fase del campeonato a manos de Inglaterra. A los 42 minutos del segundo tiempo Colombia perdía de lejos en el campo, pero apenas 2-0 en el marcador. En las tribunas del estadio de Félix Bollaert, de Lens, los hoolligans y no hoolligans ingleses cantaban y bailaban en "trencitos" como los que se hacen en las fiestas de la casa de una tía. Faltaban los últimos 180 segundos y Mondragón, el gigante de 1,92 metros entre la coronilla y la suela del zapato, se hincó y en cuclillas agachó la cabeza, enterró la mirada en el pasto y empezó a llorar. Sus lágrimas fueron imparables, como el latigazo de Darren Anderton y el tiro libre perfecto de David Beckham. Lloraba sin pausa, desembocando un brioso río de lágrimas. De nada le había servido atajar siete veces siete pelotas imposibles con siete amenazas de gol. De nada había valido su esfuerzo. Cuando sonó el pitazo final, eliminado, cruzó la cancha inconsolable sin hacer el más mínimo esfuerzo por evitar sus sollozos. En ese valle de lágrimas, Michael Owen lo aplaudió, Alan Shearer lo abrazó y su colega de arco, David Seaman, le ofreció su hombro. Y él puso allí su cabeza desconsolada. Así, Farid, vio cómo sus guantes salvadores no eran más que un pañuelo en el que había sido el partido de su vida.