Por Carlos Cortés Castilloel 12 de Octubre 2009 8:22 PM
Lo que más recordaré del paso de Eduardo Lara por la selección Colombia fueron sus lágrimas. Lloró de la emoción cuando la Selección empató con Brasil en el Maracaná; lloró cuando le ganamos sobre el tiempo a Ecuador en Medellín, y lloró cuando el sábado Chile nos pasó por encima.
Hablo de las veces que lo vi llorar por televisión, pero seguramente fueron más. Debió sollozar cuando Agustín Julio le regaló un gol a los paraguayos en El Campín o cuando perdimos con Uruguay, también en Bogotá. Habrá llorado en la ducha, abrazando su almohada u oyendo algún tango. Y alguien lo habrá consolado.
Me parecen indignas esas lágrimas. Indignas las que derramó de la emoción, porque nunca ganamos nada. E indignas las que derramó por las derrotas, porque más que tristeza lo que entraña el papelón que hicimos es vergüenza.
El llanto más digno del fútbol del que tenga memoria se lo vi a Faryd Mondragón en Francia 98, cuando después del partido contra Inglaterra que perdimos 2-0 se quedó en cuclillas en el área chica y metió su cabeza en sus enormes guantes, como un pájaro. David Beckham se le acercó y le dio un abrazo, y seguramente le dijo, "cheer up, mate... si no es por ti les habríamos metido una docena de goles".
Esa tristeza en el fútbol, y sólo esa, merece lágrimas. La tristeza de haberlo intentado todo y aun así haber perdido, o de haber tenido la victoria en el bolsillo y dejarla ir por un arrebato del azar. Las demás lágrimas hay que esconderlas, porque dan tanta rabia como las risas irónicas.
Después de tres eliminaciones seguidas, los únicos que pueden estar tristes somos los hinchas. Nosotros, y si acaso uno o dos jugadores de Colombia que en estos 17 partidos mostraron algo de mística. Todos los demás, empezando por Lara, tiene que ser serios, poner su renuncia sobre la mesa e irse.
Pero antes de irse, nos deben una explicación. Una completa y seria, sin aderezos de cajón ni maquillaje de imagen. Queremos la verdad de lo que pasó en la Selección Colombia: por qué se improvisaron las tácticas, por qué se usaron jugadores en posiciones inusuales, por qué se dejó de llamar a otros; quiénes entrenaron a media máquina, quiénes vinieron a las convocatorias sólo para mojar pantalla; cuáles directivos torpedearon los procesos, cuáles tuvieron ideas buenas y nunca fueron escuchados; qué empresarios ganaron millones con los jugadores que mostraron, qué empresarios presionaron para poner jugadores. Queremos los nombres, las fechas, los restaurantes donde comieron, la marca de la corbata que se pusieron, el whisky con el que se embriagaron.
Esperemos que el periodismo deportivo dejé de profetizar sobre el pasado y también se ponga serio; que salga a buscar esa información y deje de ponerle la grabadora a técnicos y jugadores para que re