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Antiguo 06-08-2009 , 15:29:08   #7
Psikótico
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Predeterminado Respuesta: ¿Filosofamos?

fragmento del "Lobo estepario" de Hermann Hesse

(...)La serie de inscripciones continuaba ilimitada. Una decía:
Cita:
Instrucciones para la reconstrucción de la personalidad.
Resultado garantizado.
Esto se me antojó interesante y entré en aquella puerta.
Me acogió una estancia a media luz y en silencio; allí estaba sentado en el suelo, sin
silla, al uso oriental, un hombre que tenía ante sí una cosa parecida a un tablero grande
de ajedrez. En el primer momento me pareció que era el amigo Pablo, por lo menos
llevaba el hombre un batín de seda multicolor por el estilo y tenía los mismos ojos
radiantes oscuros.

-¿Es usted Pablo? -pregunté.
-No soy nadie -declaró amablemente-. Aquí no tenemos nombres, aquí no somos
personas. Yo soy un jugador de ajedrez. ¿Desea usted una lección acerca de la
reconstrucción de la personalidad?
-Sí, se lo suplico.
-Entonces tenga la bondad de poner a mi disposición un par de docenas de sus
figuras.
-¿De mis figuras...?
-Las figuras en las que ha visto usted descomponerse su llamada personalidad. Sin
figuras no me es posible jugar.

Me puso un espejo delante de la cara, otra vez vi allí la unidad de mi persona
descompuesta en muchos yos, su número parecía haber aumentado más. Pero las
figuras eran ahora muy pequeñas, aproximadamente como figuras manejables de
ajedrez, y el jugador, con sus dedos silenciosos y seguros, cogió unas docenas de ellas y
las puso en el suelo junto al tablero. Luego habló como el hombre que repite un discurso
o una lección dicha muchas veces:

-La idea equivocada y funesta de que el hombre sea una unidad permanente, le es a
usted conocida. También sabe que el hombre consta de una multitud de almas, de
muchísimos yos. Descomponer en estas numerosas figuras la aparente unidad de la
persona se tiene por locura, la ciencia ha inventado para ello el nombre de
esquizofrenia. La ciencia tiene en esto razón en cuanto es natural que ninguna
multiplicidad puede dominarse sin dirección, sin un cierto orden y agrupamiento. En
cambio, no tiene razón en creer que sólo es posible un orden único, férreo y para toda la
vida, de los muchos sub-yos. Este error de la ciencia trae no pocas consecuencias
desagradables; su valor está exclusivamente en que los maestros y educadores puestos
por el Estado ven su trabajo simplificado y se evitan el pensar y la experimentación.
Como consecuencia de aquel error pasan muchos hombres por «normales», y hasta por
representar un gran valor social, que están irremisiblemente locos, y a la inversa, tienen
a muchos por locos, que son genios. Nosotros completamos por eso la psicología
defectuosa de la ciencia con el concepto de lo que llamamos arte reconstructivo. Al que
ha experimentado la descomposición de su yo> le enseñamos que los trozos pueden
acoplarse siempre en el orden que se quiera, y que con ellos se logra una ilimitada
diversidad del juego de la vida. Lo mismo que los poetas crean un drama con un puñado
de figuras, así construimos nosotros con las figuras de nuestros yos separados
constantemente grupos nuevos, con distintos juegos y perspectivas, con situaciones
eternamente renovadas. ¡Vea usted!

Con los dedos silenciosos e inteligentes, cogió mis figuras, todos los ancianos,
jóvenes, niños y mujeres, todas las piececillas alegres y las tristes, las vigorosas y las
débiles, las ágiles y las pesadas; las ordenó con rapidez sobre el tablero formando una
combinación, en la que aquéllas se reunían al punto en grupos y familias, en juegos y en
luchas, en amistades y en bandos enemigos, reflejando al mundo en miniatura. Ante mis
ojos arrobados hizo moverse un rato al pequeño mundo lleno de agitación, y al mismo
tiempo tan en orden; lo hizo jugar y luchar, concertar alianzas y librar batallas,
comprometerse entre si, casarse, multiplicarse; era en efecto un drama de muchos
personajes, interesante y movido.

Luego pasó la mano con un gesto sereno por el tablero, tumbó suavemente todas las
figuras, las juntó en un montón y fue construyendo, artista complicado, con las mismas
figuras un juego completamente nuevo, con grupos, relaciones y nexos diferentes en
absoluto. El segundo juego se parecía al primero; era el mismo mundo, estaba
compuesto del mismo material, pero la tonalidad había variado, el compás era distinto,
los motivos estaban subrayados de otra manera, las situaciones, colocadas de otro
modo.

Y así construyendo el inteligente artífice con las figuras, cada una de las cuales era un
pedazo de mí mismo, numerosos juegos, todos parecidos entre sí desde cierta distancia,
todos como pertenecientes al mismo mundo, como comprometidos al mismo origen,
cada uno, sin embargo, enteramente nuevo.

-Esto es arte de vivir -dijo doctoralmente-; usted mismo puede ya de aquí en
adelante seguir conformando y animando, complicando y enriqueciendo a su capricho el
juego de su vida; está en su mano. Así como la locura, en un grado superior, es el
principio de toda ciencia, así es la esquizofrenia el principio de todo arte, de toda
fantasía. Hay sabios que se han dado cuenta ya de esto a medias, como puede
comprobarse, por ejemplo, en El cuerno maravilloso del príncipe, aquel libro encantador,
en el cual el trabajo penoso y aplicado de un sabio es ennoblecido por la cooperación
genial de una multitud de artistas locos y encerrados en manicomios. Tome, guarde
usted para sí sus figuritas; el juego le proporcionará placer aún muchas veces. La figura
que hoy, haciendo de coco insoportable, le eche a perder el juego, mañana podrá usted
degradarla, convirtiéndola en un comparsa insignificante. Usted, al juego siguiente,
puede hacer una princesa de la pobre y simpática figurilla que durante toda una
combinación parecía condenada a irremediable desventura. Le deseo que se divierta
mucho, caballero.

Me incliné profundamente y, agradecido ante este inteligente jugador de ajedrez,
guardé las figuritas en mi bolsillo y me retiré por la puerta angosta.
En realidad me había figurado que al momento me sentaría en el suelo en el corredor
para jugar con las figuras horas enteras, toda una eternidad; pero apenas estuve otra
vez en el pasillo luminoso y redondo del teatro, cuando nuevas corrientes, más fuertes
que yo, me apartaron de esto.(...)

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