| Denunciante Distinguido
| Respuesta: Ateismo - Topic Oficial | Por qué la gente cree en cosas
sobrenaturales y fantasiosas Marcelino Cerejido Para recordar que los divulgadores tenemos también el deber de luchar contra la seudociencia y la superstición, presentamos esta sabrosa reseña del libro “Why people believe weird things”, de Michael Shermer, Nueva York, W.H. Freeman, 1997.
Hasta hace unos veinte años, los científicos estaban seguros de que la ciencia y la democracia continuarían apoyándose mutuamente hasta acabar con el oscurantismo, la superstición y el absolutismo. Hoy en cambio temen que se haya tratado de un optimismo injustificado. Hasta hace veinte años, por ejemplo, los colegios enseñaban biología desde el punto de vista darwinista. Había, es cierto, alguna que otra escuela que reclamaba el derecho de enseñar creacionismo (la doctrina teológica de acuerdo con la cual los lagartos, los canguros y el hombre habían sido creados por dios hace unos seis mil años), pero se las tomaba como casos aislados de fanatismo recalcitrante que se niega a escuchar razones. Hoy en cambio, se ha caído en la cuenta de que hay mucha más gente convencida de que el hombre ha sido creado por dios a partir de un muñequito de barro (Adán), que gente que entiende que el ser humano es producto de un largo proceso evolutivo. De modo que si a los obispos, tele-evangelistas, santones, videntes y charlatanes del new age les diera por exigir que se vote para prohibir la enseñanza de las ideas de Darwin, ganarían por aplastante mayoría. Así es: se corre el riesgo de que el mundo moderno desemboque en un «oscurantismo democrático», es decir, que opte democrática y mayoritariamente por acabar con la ciencia.
Por eso muchos científicos se han lanzado a esclarecer al ciudadano, explicándole los mecanismos más comunes de las trampas irracionales. En este sentido, el libro de Michael Shermer es un ejemplo admirable, que comienza por comparar la ciencia con la seudociencia, y el escepticismo con el dogma.
Muestra que, mientras las afirmaciones de la ciencia quedan por siempre abiertas a la crítica, a la confrontación con nuevas evidencias y a la autocorrección, la magia y la creencia en lo sobrenatural dependen de un cultivo sistemático de la ignorancia, de una negativa al análisis y de un obstinado autoengaño.
Shermer analiza los ejemplos más comunes de cómo se tergiversa (ya sea por ignorancia o por dolo) la facultad de razonar que distingue al ser humano de otros organismos del planeta: cómo se toma lo anecdótico por evidencia, cómo se distorsiona (por ignorancia o mala leche) el lenguaje científico, cómo opera el razonamiento circular, cómo se usa el énfasis para imponer supercherías, cómo se toma lo «todavía no explicado» como si fuera «inexplicable», cómo se apela al principio de autoridad (algo es cierto o no, dependiendo de quién lo diga: la Biblia, el papa, el jefe) para suprimir la libertad de razonar. Luego explica con meridiana claridad las bases del creacionismo, de la negación del holocausto, la seudohistoria, la censura de la libertad de expresión, los intentos por demostrar que las mujeres y los negros son seres inferiores.
Entre las ideas de este libro que me parecieron más admirables está la del abuso infantil. Es común que esta expresión se use para referirse a padres que castigan brutalmente a sus hijos o los dejan morir de inanición, y para el abuso sexual. Pero aquí el autor la extiende para referirse a quienes les inculcan ideas perversas (si no tomas la sopa dios te va a castigar; si mientes el diablo te llevará al infierno), a una edad temprana, en el que los conceptos se incorporan sin previo análisis, y que luego hacen de ese niño un ciudadano ignorante, autoritario, incapaz de usar la razón, propenso a incorporar eslóganes que harán de él un consumidor de estupideces, un cliente cautivo. Shermer opina que la práctica de atosigar el cerebro infantil con mentiras, o permitir a las escuelas confesionales que lo hagan, es tanto o más perversa que la de propinarle una paliza, porque es más habitual, y resulta socialmente aceptable.
Como digo, el libro me parece excelente. Con todo, me hubiera gustado que discutiera también por qué somos tan propensos a creer y difundir estupideces, utilizar enfáticamente argumentos que sabemos que están viciados, enardecernos defendiendo causas ignotas, comprar mercancías sobre la base de una propaganda televisiva sin el menor sentido.
En mi libro Por qué no tenemos ciencia (Siglo XXI, México, 1997) opino que estamos formando investigadores pero no científicos, es decir, muchachos que a pesar de que reciben un título de doctor en ciencias, no conocen ni la historia, ni la sociología ni la epistemología científica, y luego caen en los errores que señala el libro de Shermer. Por eso creo que las universidades deberían poner como condición que todo aquel que aspire a un título de doctor en ciencia, lea y se capacite para discutir este libro. 
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