Perdí el tiempo tratando de encontrar latidos en acordes,
intenté,
lo intenté una y otra vez,
salían notas que no existen,
habían cuerdas mas tensas de lo que deberían
y ampollas en cada uno de mis dedos,
hasta el meñique,
que por fin quizo salir de detrás del mástil.
Lo intenté más que con cualquier cosa,
busqué un latido en el vibrar de cada cuerda,
cada sonido se convirtió en un fiel confidente,
no los escuché,
ellos a mi sí;
sabían a que olía mi respirar,
sabían a que sabía mi recuerdo,
y yo seguía intentándolo.
Yo, más que nadie,
sabía que no podría lograrlo,
sabía que nunca podría escribir una canción,
pero seguí,
aún después de rendirme,
y fue Ramona quien me vio llorar,
fue ella y su cuerpo lastimado por su trabajo como adorno en un bar,
fue el azul índigo de su cuerpo
quien me escucho reir,
a carcajadas como todo un bufón,
y que buen papel hice.
Busqué en su vibrar algo que al fin me hiciera pensar,
sólo necesitaba las palabras precisas
que no lastimaran más un corazón que perdió su forma
por las heridas.
Yo, lo sabía muy bien,
nunca podré escribir una canción.
Pero lo juro,
voy a seguir tratando de encontrar
un montón de palabras,
palabras que aún se esconden.