Por ahí dejo otra cosa de mi autoria.
De la completud poética de la pérdida.
Será otra poesía, otro recuerdo, otra pérdida.
Maldita poesía, arte del recuerdo de lo imposible,
De lo inamisible, de lo ausente, de lo que se presenta y emerge, pero se esconde
De lo innombrable, de lo que es forzado a pensar,
De lo que angustia, del silencio, de la belleza del silencio,
De la contemplación, del llanto, de la risa, del amor, del odio,
De la vida, pero fundamentalmente de la muerte,
Ese recuerdo supeditado a una pérdida siempre.
De lo negado, de lo que siempre hace falta,
Del deseo, de la cercanía al objeto, del no saber,
Del supuesto quehacer, del no saber qué hacer.
De lo hermoso, de lo espantoso, de lo ominoso, de la buena nueva,
Del suicidio, de todo lo que se ha ido, menos la voluntad por vivir,
De la urgencia de pensarla, de la necesidad de ser pensado,
Del quererla, de tenerla, de ser querido, ser poseído,
Del espíritu como fuerza del grupo, como lo que no se ve supuestamente.
De la música, del ruido, del dormir y del insomnio.
Un Borges, un Baudelaire, un Cortázar, un Rimbaud.
Lo que se va tiñendo en negro, del un cielo gris, de la luna llena,
Del sol, de la luz, de la flor, la gardenia, la rosa ensangrentada por el dedo lacerado,
De lo divino, de lo demoníaco, de lo que se acepta, y de lo rechazado,
De la ternura, de lo divinamente pervertido, del sexo, de lo casto, pero aun así excitante.
De la lagrima, de la sonrisa, del todo y de la nada. De todo y de nada.
Del universo, de lo infinito, del humano, de lo ínfimamente finito.
De la poesía y de la prosa.
Maldita poesía. Ya es otra poesía, otro recuerdo, otra perdida.