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Buenas Lunas tengan todos. Les invito a montar cuentos y a opinar de los textos de otros del foro o de autores. Me agrada bastante Borges, Cortázar, Hesse, Poe, Baudelaire y el tipo de texto que se refiere al tiempo, a la perdida, a la ilusión. Al dolor, al amor, eso que reucerda la condición humana. Lo que es estar vivo. Bueno, como hice la propuesta, ahí les mando un cuento de mi autoría. Es de los últimos:


Dublín 11:21 P.M.


Ya eran pasadas las 11 de la noche. El vuelo se había atrasado tres horas y la irlandesa que tuvo la oportunidad de conocer en un curso, de esos que se toman cuando se pide preparación a las personas en el profesionalismo y no en el deporte, estaba bastante preocupada por la incertidumbre que le daba la aerolínea. Esa fue la única información que pudo recibir en esas tres horas de espera en el espeso humo de la sala de espera. En ese tiempo transcurrido, ella fumaba, leía, miraba la pantalla, su angustia no le permitía más. De piel blanca, caucásica sin lugar a dudas, cabello negro, muy largo, paralelo al largo de su espalda, ojos almendrados, oscuros, con un globo ocular perfectamente blanco, caso extraño en estos tiempos de radiación de máquinas. Tenía hermosas piernas, largas, le llegaban al suelo; unos pies que superaban la belleza de cualquier otro, tanto así que no le gustaban y no permitía que se los tocasen. Era delgada, con una barriga plana (no digo abdomen, porque ella no se ejercitaba) producto de su condena genética de la que siempre se quejaba. Quería ser más gruesa, más alta, cabello más claro, y así en general era una quejona. Se quejaba por todo, de todo, con todo, en todo. Pero ese día no. La queja se perdió, era ella, con su espera y su angustia. Siempre tuvo compañías particulares. Leía a Goethe, para entender de una vez por todas el Fausto, porque no pudo en alemán, ni en inglés, ni en español. Ahora probaba con el francés. Fumaba Prince, porque el Marlboro era muy caro y miraba el tiempo de arribo del vuelo 423 de British Airways porque tres horas atrás debió ser su arribo.

Ella esperaba a su amigo, el que conoció en el curso, y él con ansias esperaba verla. Era un vuelo largo. Desde Bogotá a Dublín, se tomaría bastante tiempo, y se podía leer, pensar, dormir, tal vez escribir algo. Siempre se puede hacer algo en esos vuelos. Como escribir acerca de las emociones que se guardan en los aeropuertos. Como el sueño realizado del hombre por volar, las alegrías de recibir y ver al ausente, el llanto que se queda con el que se va, la alegría del niño que es llevado a ver los aviones al aeropuerto y así algunas otras cosas. Luego de escribir sobre un niño que lloraba un viaje de su padre, un niño que lloraba en un rincón, detrás de una pareja que se reencontraba, linda ironía, él cayó dormido y lo onírico hizo presencia.

Su primer sueño constaba de la sensación de vacío que altera la supuesta calma del pensar; Un sueño en el que se levanta y entra al baño a lavarse los dientes, esa parte de ese ritual de supuesta asepsia. Con unas ojeras del tamaño de una Equimosis adquirida de una paliza con una tabla de una cama, tomó su cepillo de dientes, y al primer swing, taz! El golpe en el paladar. Sangre corre, el sabor va cubriendo de arriba abajo, bajando en curvas peligrosamente pronunciadas, generando el generoso placer hemofágico, ese frenesí del gangrel… Luego dolor, luego ardor. Ese es el acto y arco reflejo de mayor carencia de velocidad. La tortuga neuroquímica.

-¡Hijueputa dolor, Aah!- Gritó.

Siempre le resultó atractivo el matiz de colores entre el blanco y el rojo, un rojo que se funde con la espuma, perdiendo su intensidad, formando así las formas armónicas pero in-nombradas, nos más allá de armónicas formas, del rojo sobre o dentro del blanco. Al trigésimo tercer swing cepillándose los dientes de arriba hacia abajo y los de abajo hacia arriba, como la propaganda, otro de esos golpes de dolores lentos. Los que llegan mucho después del evento. Cómo un policía. Esas personas producen mucho dolor. Pobres… La encía de su maxilar inferior abatida por el ariete del cabezal de su cepillo de dientes.

-¡Maldita seaaaaaaaaaaaaaa! ¡Aaah! Ahora me di donde era.- Exclamó.

Luego de ese último accidente, se percató de lo peligroso que es ese ritual, pues como casi todo. Esto tiene sus dos lados. El que protege los dientes y el aliento para las relaciones con las mujeres, para que la boca no brinde una patada en vez de un beso con esa halitosis producto de los procesos más naturales y orgánicamente humanos que perfectamente se conjugan con el descuido con la cultura. Aunque lo mejor es que nunca lo dejaría de hacer.
Es que esos asuntos son complejos.

Cuando se miró al espejo y al verse no se podía reconocer. Es como un no saber, tener la certeza, saber que no se sabe. Eso es bueno. El asunto es que tiene que ver con: Saber que hay un reflejo, el reflejo es familiar, se sabe de ese cuerpo porque se tiene la certeza que es la imagen del que se mira para comprobar que todo está en su lugar y que está correctamente puesto. No es solamente la ubicación. Esa es una de las tantas funciones del espejo. No es un vampiro ni transparente, entonces por qué no se reconoce. Es como si la mirada atravesara la imagen y se perdiera en la infinitud de la profundidad de la imagen del reflejo. Es como sino fuese ese, sabiéndose que ese es, pero no se es capaz de reconocer. Está presente la ausencia del saberse diferenciado frente al reflejo. Eso es angustiante. Se despertó agitado… Bebió agua, se calmó.

Pasado el rato, luego de mirar una de esas películas de fantasías, que tratan de evitar la posibilidad de pensar en un accidente aéreo, se quedó dormido nuevamente. Sintió turbulencia, pero no le importó. Empezó a soñar de nuevo. Soñaba con ella, su amiga. Soñaba con que la veía esperarlo en la sala de espera del aeropuerto, y que se abrazaban como si nunca se hubiesen visto, pero sabían que era él para ella y ella para él y nadie más para ellos, y por esa razón de certeza se abrazaban tan empecinadamente. Conversaron un rato, fueron a la casa de ella. Un apartamento pequeño, muy iluminado, algo desordenado, que olía a tulipanes, que en el día miraban la pared, porque las brisas siempre los viraban a ese lado, y en la noche miraban al sofá, como si la vigilaran, para que no hiciese algo más allá de sentarse en el sofá. Mientras hablaban, a la mirada vigilante de los tulipanes, negros, rojos y azules, se acercaban y hablaban con menor volumen, para que la distancia decreciente no se interrumpiese con los decibeles. Él nunca supo que la deseaba, sino hasta ese sueño, ella siempre lo deseó. Él tampoco lo supo. Ahora solamente había que despertar… Y esperar. A verla, tal vez para dejar de desearla, corriendo los riesgos que se corren en las vertiginosas peripecias del vacío eterno al que alguien se lanza en el amor. Se acercaban, se miraban, se convertían en ciclopes, ella cerraba los ojos, él la miraba cerrar el ojo de la cercanía, ambos se acordaban de Julio, que describió eso antes que cualquiera. Querían besarse, Se besaban, Se besaron se volvieron a besar. Sentían el calor de sus bocas, la humedad de sus lenguas, sintiendo la lengua como el órgano más grande del cuerpo, por todo lo que generaba en el de cada uno. Un beso largo, lo dejó sin aire, pero no podía rescatar el aliento. Se iba. Sentía su adormecimiento. Y nunca de nuevo despertó. A las 11:21 P.M, se desconectó de su coma profundo de supuesta muerte cerebral al único sobreviviente de la tragedia del vuelo 423 de British Airways que estaba alojado en un hospital de Dublín. Nunca de nuevo despertó. Y ella siempre lo esperó.

Hakken.

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