| Denunciante Sobresaliente | .........Cuando yo nací las gallinas y los pollos andaban sueltos por el campo buscando comida, picoteando, respirando a pulmón pleno el aire del planeta que a todos nos tocó. Hoy viven y mueren encerrados en las estrechas jaulas en que transcurren sus vidas, con los picos cortados, casi inmovilizados sobre las montañas de sus propios excrementos, bajo una luz artificial que suben y bajan sus dueños para engañarlos y que les produzcan más en carne y huevos, y sin ver nunca la luz del sol. A las gallinas y los pollos de mi infancia terminaban por retorcerles el pescuezo, pero el crimen sólo duraba unos instantes. Los pollos y las gallinas de hoy, en cambio, viven un largo infierno que sólo se termina con su muerte. Tomás de Aquino, el ser más repugnante y depravado que ha parido el cristianismo (por sobre Pablo de Tarso y Agustín de Hipona), aceptaba que los animales tenían alma, pero no inmortal como la nuestra, lo cual nos confería el derecho de hacer con ellos cuanto se nos antojara. De la orden dominica, inquisidora, la de Domingo de Guzmán que se habría de entregar en cuerpo y alma a degollar cátaros y a quemar brujas y herejes en hogueras, Tomás de Aquino era un barrigón glotón. Para tenerlo más cerca cuando lo invitara a comer, el papa Urbano iv le hizo abrir a su mesa un semicírculo, de suerte que su voluminoso huésped se acomodara allí y no le quedara tan lejos y pudiera oírlo. El gordo Aquino iba procesando entonces en sus tripas corderitos y faisanes que, condimentados con las abstrusas categorías aristotélicas que aprendió de su maestro Alberto Magno, le salían por el sieso convertidos en excremento sólido, y por la mansarda de arriba en escolástica, que es espíritu sutil. “El que mata al buey ajeno —decía en su excrementicia Suma teológica— no peca porque mata al buey, sino porque perjudica al dueño”. Y he aquí la opinión de Agustín de Hipona, el hijo de santa Mónica la borracha o biberona, en latín: “Cristo mismo mostró que abstenerse de matar animales y destruir plantas es el colmo de la superstición, pues juzgando que no había derechos comunes entre nosotros y los animales y las plantas envió a los demonios a una manada de cerdos y maldijo la higuera que no daba fruto”. ¡La piara de cerdos de que les hablé arriba! La caridad, sostenía Tomás de Aquino, no se extiende a los irracionales por tres razones: una, “porque no son competentes propiamente hablando para poseer el bien, siendo éste exclusivo de las criaturas racionales”; dos, porque no tenemos comunidad de afectos con ellos; y tres, porque la caridad se basa en la comunión de la felicidad eterna que los irracionales no pueden alcanzar. Con razón a mediados del siglo XIX Pío Nono, el infalible, impidió que se fundara en Roma una Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales arguyendo que eso significaría que los seres humanos tienen obligaciones para con ellos. ¡Ah par de malnacidos! El alma, cabrones, es un epifenómeno de la materia, una entelequia perecedera, humo del cerebro que dura lo que duran las conexiones nerviosas que lo producen y que después, cuando nos muramos, se han de tragar los gusanos o las llamas. Desde mi infancia en que los pollos andaban libres por el campo hasta el día de hoy en que viven, sufren y mueren encerrados en sus minúsculas jaulas, la desdicha de la mayoría de los animales de la tierra ha ido en aumento. La forma en que sus torturadores la han acrecentado en las fábricas de animales y en los laboratorios que experimentan con ellos raya en la insania. Lo que pasó con los pollos se extendió en Estados Unidos y Europa a los pavos, los cerdos, los terneros y las vacas: la producción masiva de estos pobres animales en las estrechas baterías de las fábricas de carne donde les han ido reduciendo el espacio hasta casi inmovilizarlos. Basadas en la racionalización extremada de la producción que inventó Henry Ford para los carros, estas fábricas de animales tienen la gran ventaja sobre las otras de que pueden prescindir de los obreros, que exigen, amenazan y hacen huelgas y chantajean con los sindicatos. No, los que fabrican ahora el producto son almas: almas despreciables y perecederas de las que según Tomás de Aquino y Pío Nono no tienen derecho al cielo. ¡Pero qué digo al cielo! Los nuevos Henry Ford de las fábricas de carne han llevado su eficiencia industrial hasta el delirio de una pesadilla alucinante para los pobres, inocentes, indefensos animales, que ya no tienen ni siquiera el derecho a la luz del sol y al mínimo espacio que les permita darse vuelta en sus lóbregos calabozos. Hoy en Estados Unidos se están produciendo y masacrando al año por este sistema de producción desalmada 50 millones de vacas, terneros y cerdos, 200 millones de pavos y 6.000 millones de pollos para que los dueños de los Burger King, los McDonald’s y los Wendy’s inflen sus bolsas y los comedores de carne, negros y blancos, cristianos y musulmanes, tengan carburante para sus almas inmortales. Me niego a describir el horror de los mataderos o los sufrimientos a que son sometidos los miles de millones de animales enjaulados y torturados en las granjas-fábricas de Estados Unidos, Japón y Europa y en los laboratorios y escuelas donde se experimenta con ellos y se les practica la vivisección con el pretexto de la ciencia aunque en realidad por los motivos más baladíes e inmorales, en busca de becas, honores, cátedras y premios, y repitiendo a menudo experimentos que ya se hicieron y se reportaron con fines tan injustificables como la comprobación de un nuevo producto industrial o un cosmético. Según un análisis bursátil, el Charles River Breeding Laboratory, compañía al servicio de los laboratorios norteamericanos, produce ella sola al año 22 millones de animales para la experimentación. Este país que se las da de justiciero ha permitido que durante años sus matarifes de bata blanca, que acumulan títulos y doctorados a costa del dinero público, les hayan venido inyectando el virus del sida a los chimpancés con el cuento de que por ese camino van a producir una vacuna para salvar humanos. ¡Ay, tan desprendidos ellos, tan generosos! Dios, si es que existe y si es que ve, bien sabe que mienten. Detrás de lo que van estos avorazados es de más becas y del premio Nobel. Hoy por hoy no quedan ni diez mil chimpancés en el planeta; maricas, en cambio, hay como 600 millones, sin incluir salesianos, escolapios, jesuitas, legionarios de Cristo, hermanos cristianos y tartufos del Opus Dei. En la medida en que un animal se parezca a nosotros no podemos experimentar con él. Y en la medida en que no se parece, ¿para qué experimentamos si no sirve? Existe entre los animales una jerarquía del dolor que no vieron Moisés, Cristo y Mahoma, y que es la misma de la complejidad de sus sistemas nerviosos. En proporción a esa complejidad de los sistemas nerviosos, que es de donde resulta la capacidad, mayor o menor, de sentir el dolor, que es parte del alma, debemos respetar a los animales. Por las coincidencias genéticas, fisiológicas, neurológicas, psicológicas, sociológicas y de todo orden que tienen nosotros no podemos experimentar con los chimpancés. Y no podemos experimentar con los perros porque además de las coincidencias biológicas, hace más de cien mil años hicimos un pacto de solidaridad con ellos para ayudarnos. Ese pacto no lo podemos violar, si es que creemos que debe existir eso que llamamos moral o ética. A las mezquitas no entran los perros ni los perros cristianos, ya lo sé; el buen musulmán les cierra el paso. Dicen que son sucios. ¡Ay, tan limpiecitos ellos! A lo mejor Bin Laden es un espíritu glorioso, del octavo coro, con cuatro pares de alas y sin piojos, como Gabriel. Después de dos mil quinientos años de mentira obtusa seguimos haciéndonos los tontos con el viejo cuento que fraguaron los escribas de Yavé cuando pergeñaban el Génesis, de que el viejo ese rabioso de arriba creó el mundo en seis días y que en el quinto y el sexto, antes de sentarse a descansar y a rascarse las pelotas, creó a los animales para el servicio del hombre. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza —dijo Yavé—. Que tenga autoridad sobre los peces del mar y las aves del cielo, sobre los animales del campo, las fieras salvajes y los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1, 26). Si de veras así fuera, a su imagen y semejanza, entonces Dios sería una bestia lujuriosa, excretora y mala. Pero no. Dios no existe. Dios es una entelequia viciosa, monstruosa, un engendro de la mente podrida del hombre. Los animales se fueron formando solos, y nosotros con ellos, desde la primera célula de nuestro común origen con que empieza la tremenda y dolorosa aventura de la vida. Yo nací en la religión de Cristo, con la venda en los ojos. En la religión de quien no tuvo una sola palabra de amor para los animales. En vano la buscarán en los Evangelios, que tanto predican en este país de vivos tantos vivos que viven de ellos. Y sin embargo Cristo nació entre animales: en un pesebre, flanqueado por una mula y un buey. Y el Domingo de Ramos entró en triunfo a Jerusalén montado en un borriquito. Pero no quiso a la mula ni al buey ni al borriquito, no le dio el alma para ello. Sí, yo nací en la religión de Cristo y en ella me bautizaron y educaron pero en ella no me pienso morir. Me muero en la impenitencia final, maldiciendo de Dios y sus lacayos y bendiciendo a mi señor Satanás que me espera abajo, en tierra caliente. En tanto, mientras me llega la hora, trabajo en mi obra máxima, Los crímenes del cristianismo, una enciclopedia en veinte volúmenes que me está dictando Dios a través de un ángel hembra, Lucía, y en la que levanto el imponente inventario de los papas, sus iniquidades y bellaquerías. Y de paso, por joder, me he inventado una nueva religión con dos preceptos espléndidos, que hacen papilla el verborreico decálogo de Moisés: uno, no te reproducirás; y dos, respetarás a los animales, tu prójimo. El primero me lo sugirió Cristo, que en eso por lo menos obró bien y no le dio nietecitos a su papá el Padre Eterno; y el otro lo tomé de Mahavira y sus jainistas que fundaron los primeros refugios de animales. Y aquí estoy, aquí me tienen, desmemoriado pero lúcido, esperando el día del juicio en que suene la trompeta. |