......Se diría la Biblia donde Yavé, en el Deuteronomio y el Éxodo, le dicta a Moisés los siguientes sabios preceptos que han de guiar a su pueblo:
“El que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado no será admitido en la asamblea de Yavé. Ni tampoco el mestizo, hasta la décima generación” (Deuteronomio 23, 2).
“Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, a lo mejor después le encuentra algún defecto y ya no la quiere. En tal caso le expedirá un certificado de divorcio y la despedirá de su casa” (Deuteronomio, 24, 1).
“Si compras un esclavo hebreo, te servirá seis años” (Éxodo 21, 2).
“Si el esclavo dice: ‘Estoy feliz con mi patrón’, éste le horadará la oreja con un punzón y el esclavo quedará a su servicio para siempre” (Éxodo 21, 5 y Deuteronomio 15, 16).
“Si un hombre golpea a su esclavo o a su esclava con un palo y lo mata, será reo de crimen. Mas si sobreviven uno o dos días, no se le culpará porque le pertenecían” (Éxodo 21, 18.
“Si un hombre hiere a su esclavo en el ojo dejándolo tuerto, le dará la libertad a cambio del ojo que le sacó” (Éxodo, 21, 26).
En crueldad y maldad, en antifeminismo y esclavismo, el Corán compite con la Biblia.
Muerta Khadija y dueño de su herencia, el flamante Profeta se entregó de lleno a la cópula con mujeres, y montándose a horcajadas en el monoteísmo poligínico se dio a propagarlo por el mundo con la espada. Llegó a ser el hombre más poderoso de la península arábiga, donde instaló su reino del terror y mató a millares. No obstante, el socarrón seguía recibiendo las visitas del ángel, que le hacía nuevas revelaciones: las que necesitara para justificar su lujuria rapaz y sanguinaria. Como en el aura de un ataque de epilepsia oía campanitas, entraba en trance y entonces se le aparecía su compinche alado y le dictaba, por ejemplo, el versículo 4 de la sura 33 autorizándolo a disponer sin reparos de conciencia, como bien quisiera, de Zaynab, la bella joven esposa de su hijo Zaid, porque éste no era hijo propio sino adoptivo. Cuando sus bandidos de Medina asaltaron en el mes sagrado, en que la costumbre prohibía el derramamiento de sangre, una caravana que iba de La Meca a Siria y en el asalto mataron a uno, el iluminado volvió a oír campanitas y su Gabriel alcahueta le dictó el versículo 214 de la sura 2 para justificar el crimen: “A los que te interroguen sobre la guerra y la carnicería en el mes sagrado diles que es pecado grave, sí, pero que es mucho más grave apartarse de la senda de Alá y la idolatría”. Y tras de embolsarse la quinta parte del botín, el Profeta santo y noble cuyos secuaces hoy se sienten autorizados a volar torres con aviones y a matar en su nombre a cuantos se les atraviesen, aceptó cuarenta onzas de oro de rescate por cada prisionero.
Otro versículo de otra sura le dictó el ángel alcahueta para legalizarle su concubinato con María la copta, criada de su mujer Hafsa. Porque aparte de Khadija, Zaynab y Hafsa y las esclavas, que no cuentan, tuvo otras once mujeres legítimas (contabilizadas), entre las cuales Aisha, que tenía 9 años cuando él, de 53, la estupró. ¡Más pederasta que cura de la diócesis de Boston! Si hoy viviera, lo condecoraríamos en México con la cruz del padre Marcial Maciel y sus legionarios de Cristo. Parece que en esta ocasión el remilgado poligínico no necesitó de versículo especial: violó a Aisha y de paso se echó al bolsillo la voluntad de su padre, Abu Bakr, quien habría de sucederlo, una vez que Alá llamó a su seno a su Profeta, como primer califa. Cuando Aisha creció, con sentido del humor comentaba que cada vez que a su multicompartido marido se le presentaban problemas de conciencia, el Mensajero de Alá oía campanitas: venía el ángel Gabriel, le dictaba su versículo y santo remedio. Para males de conciencia no hay medicina mejor que un espíritu celeste del octavo coro.
Al poeta Abu Afak, del clan Khazrajite y de 100 años de edad, lo mandó asesinar mientras dormía por haberse atrevido a criticarlo en unos versos. Y por motivo igual mandó matar a la poetisa Asma bint Marwan, de la tribu de los Aws, a quien su esbirro Umayr ibn Adi, azuzado por él, fue a buscarla a su casa y allí, en momentos en que la joven amamantaba a su niño de pecho, la asesinó clavándole una espada. Al judío Kab ibn al Asharaf, que se atrevió a llorar en verso a unas víctimas del Profeta, el sanguinario también lo mandó matar, y cuando sus esbirros le echaron la cabeza de Kab a sus pies los alabó por sus buenas acciones en pro de la causa de Alá. A los judíos de la tribu de Nadir los expulsó de Medina para apoderarse de sus bienes y después los masacró, como masacró, en el 627, a los judíos del clan de los Qurayza, que tuvieron la temeridad de quedarse en la ciudad: a todos los hombres (entre 600 y 900) los ejecutó, y a las mujeres y a los niños los vendió como esclavos. Los crímenes, atrocidades y bellaquerías de esta máquina imparable de matar y fornicar dan para todo un compendio de la infamia: su biografía.
La Biblia y el Corán aprueban pues, explícitamente, la esclavitud. En cuanto a Cristo, al no desligarse de la ley antigua de la que dijo que no venía a abolirla sino a perfeccionarla, implícitamente la acepta. Y así, con la bendición de ambos libros y la aprobación tácita de Cristo, hubo en el mundo esclavitud declarada hasta mediados del siglo XIX aquí en Estados Unidos, país cristiano, y hasta mediados del siglo XX (si no es que hasta hoy subrepticiamente) en Arabia Saudí y Yemen, países mahometanos. Después de lo dicho, ¿se podrá esperar compasión para un cordero de parte de los secuaces de Alá y Mahoma, de Jehová y Moisés, de Dios y Cristo? Lo más que se puede pedir es que al Padre y al Hijo no les dé por comerse la paloma del Espíritu Santo, el Paráclito, porque entonces ahí sí va a ser el Armagedón. ¿Se imaginan un cónclave sin Espíritu Santo? ¿Quién va a inspirar a los purpurados? ¿Quién va a poner de acuerdo a los tonsurados? ¿Quién va a evitar el zafarrancho de los travestidos la próxima vez que se junten para elegirle pastor a la grey carnívora? Al Padre y al Hijo desde aquí les hago un comedido llamado: por el bien de la humanidad no se nos vayan a comer al Paráclito.
Autorizados por la Biblia, los Evangelios y el Corán, hoy dos mil millones de cristianos, mil cuatrocientos millones de musulmanes y diez millones de judíos se sienten con el derecho divino consagrado en el Génesis de disponer como a bien les plazca de los animales: de enjaularlos, de rajarlos, de cazarlos, de befarlos, de torturarlos, de acuchillarlos, en las granjas-fábricas, en los cotos de caza, en las plazas de toros, en los circos, en las galleras, en los mataderos, en los laboratorios y en las escuelas que practican la vivisección... “Dios es amor” dicen los protestantes. No. Dios es odio. Odio contra el hombre, odio contra los animales. E infames las tres religiones semíticas que invocan su nombre.........