| Denunciante Sobresaliente | ......Y en un ataque de ira sacó a latigazos a los mercaderes del templo porque estaban comerciando allí para ganarse la vida: “Mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis vuelto una cueva de ladrones” (Lucas 19, 45). Si no quería que los mercaderes comerciaran en el templo, ¿por qué no los hizo ricos y así no habrían tenido que trabajar? ¿No era pues el Hijo de Dios? Le hubiera pedido plata al Padre Eterno... Además los curas de Medellín, donde nací, ¿no venden pues empanadas en los atrios de las iglesias? ¿Por qué ellos sí pueden y los mercaderes no? ¿Y por qué resucitó a Lázaro, si la vida es un horror y él ya estaba tranquilo en la tumba? Lo hubiera dejado allí descansando en paz. Total, después Lázaro se tuvo que volver a morir. ¿O me van a venir ahora con el cuento, los telepredicadores gringos del Evangelio, de que Lázaro sigue vivo? Que me lo presenten a ver, para tomarme con él un tequila. Y ese expulsador de demonios y explotador de pobres y sacador de mercaderes a latigazos y resucitador de muertos ¿es el paradigma de lo humano, el ejemplo que todos tenemos que seguir? Que dizque le era más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos. ¡Claro, lo decía porque él era pobre, hijo de un carpintero! Si hubiera sido rico como Bush que se ganó su platica trabajando de sol a sol, ¡otro gallo nos cantara! En los Evangelios nunca se ve a Cristo dándoles de su plata a los pobres. Comiendo sí, como un gorrón, cuando lo invitan, y bebiendo. En las bodas de Caná convirtió el agua en vino para que se pudieran seguir emborrachando los borrachos. ¿Qué diría Mahoma de esto? ¿Mahoma, que no bebía ni dejaba beber? Para más soy yo que les di los cien mil dólares del premio Rómulo Gallegos que me dio Venezuela a los perros abandonados de Caracas. ¿Por qué no se ocupará de ellos el Padre Eterno que los hizo, y me echa encima toda la carga a mí que no tengo velas en ese entierro? “No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os despedacen”, dice Mateo en su Evangelio. Pues a mí jamás los cerdos me han pisoteado ni despedazado con sus patas. Ceguera moral es pensar que un pobre cerdo, un animal indefenso, no merece respeto. En Colombia a los cerdos el día de la Navidad los acuchillan para celebrar la venida a este mundo del Niño Dios. Sus aullidos de dolor aún me siguen resonando en los oídos después de tantos y tantos años transcurridos. Es que ni la Iglesia católica, ni la ortodoxa, ni la protestante, ni los judíos, ni los musulmanes han respetado nunca a los animales. “Serpientes, raza de víboras” les dice el Hijo de Dios a los escribas y fariseos en el capítulo 23 del Evangelio de Mateo, insultando con nombres de animales. Como Lenin. O como los Doctores y Padres de la Iglesia que vinieron luego y siguieron su ejemplo: san Atanasio llama a los arrianos “serpientes” y “escarabajos”. San Agustín llama a los donatistas “ranas” y a los judíos “víboras” y “lobos”. San Hilario de Poitiers dice que los judíos “no son hijos de Abraham sino de la estirpe de la serpiente”, y a los idólatras los llama “rebaño de reses” y “bandada de cuervos”. San Juan Crisóstomo considera a los judíos “peores que los cerdos, los machos cabríos y todos los lobos juntos”, a la sinagoga la llama “cubil de bestias inmundas” y a los herejes “perros que ladran”. San Efrén (que de niño mató a pedradas una vaca) llama a los judíos “lobos sanguinarios” y “cerdos inmundos”, a los partidarios de Marción “hijos de serpiente”, y a los seguidores de Mani “piara de cerdos”. San Jerónimo, el de la Vulgata, la traducción más famosa de la Biblia al latín, llama a los herejes “asnos de dos pies”, a Vigilantius “perro viviente”, a Lupicino “asno” y “perro corpulento de raza irlandesa bien cebado”, a Orígenes “cuervo” y “pajarraco negro como la pez” y a Rufino “escorpión”, “tortuga que gruñe” e “hidra de numerosas cabezas”. San Ambrosio juzgaba las opiniones de Joviniano “ladridos de perros”, y Teodoreto, obispo de Ciro, llama al patriarca Jorge de Capadocia “lobo”, “oso” y “pantera”. San Gregorio Nacianceno llama al emperador Juliano “cerdo que se revuelca en el fango”, san Efrén lo llama “lobo”, “cabrón” y “serpiente”, y Eusebio, el primer historiador de la Iglesia, lo llama “perro rabioso”, que es como san Ignacio de Antioquía llama a los cristianos que se le oponen, amén de “lobos que se fingen mansos”. San Pablo llama “perros” a los dirigentes de la comunidad cristiana de Jerusalén y poco más le faltó para incluir a san Pedro entre “los que orinan contra la pared” (perífrasis de Lutero en su traducción al alemán de la Biblia). Tertuliano llama a los herejes “lobos insaciables” y san Epifanio de Salamina “víboras de variadas especies”. Termino la lista con el que la empezó y lo que responde en un pasaje del Evangelio de Lucas: “En aquel momento se acercaron unos fariseos diciéndole: ‘Sal de aquí y vete porque Herodes te quiere matar’. Y les respondió: ‘Id y decidle a ese zorro que yo hago curaciones y expulso demonios’ ”. ¡El Hijo de Dios llamando “zorro” a su prójimo! ¿Y qué tenía en contra de los zorros? ¿Acaso no los hizo él mismo, o mejor dicho su papá? Y ahora, con la venia de los que vuelan torres, paso a Mahoma, esta máquina de infamias que ni de la reproducción se privó: seis hijos tuvo con Khadija, la viuda rica con que se casó, y otro con su concubina María la copta. Desde los 25 a los 45 años, este mercader taimado que habría de fundar la religión musulmana (pomposamente llamada el islam) se pasaba el mes santo encerrado en la caverna de Hera, en las inmediaciones de La Meca, esperando al ángel Gabriel, que le aterrizaba encima y le hacía “revelaciones”: que Alá, le decía, era grande, y que él era su Profeta. Y en el árabe más puro, el coránico, que en esos instantes mismos nacía limpísimo, intocado, libre de anacolutos y moscas y de todo excremento humano o de perro, el enviado de Alá el Clemente y Misericordioso le iba dictando a su Profeta los luminosos versículos de las justicieras suras del Corán: “Si teméis no ser equitativos con los huérfanos, no os caséis más que con dos, tres o cuatro mujeres” (sura 4, versículo 3). “En el reparto de los bienes entre vuestros hijos Alá os manda dar al varón la porción de dos hijas” (sura 2, versículo 12). “Jamás le ha sido dado a un profeta hacer prisioneros sin haberlos degollado ni cometer grandes sacrificios en la tierra” (sura 8, versículo 68. “Felices son los creyentes que limitan sus goces a sus mujeres y a las esclavas que les procuran sus manos diestras” (sura 23, versículo 6). “¿Hemos creado acaso ángeles hembras?” (sura 37, versículo 150). “Las peores bestias de la tierra ante Alá son los mudos y los sordos, que no entienden nada. Si Alá hubiese visto en ellos alguna buena disposición, les habría dado el oído. Pero si lo tuviesen, se extraviarían y se alejarían de él” (suras 8, 22 y 23)..... |