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Antiguo 02-01-2009 , 14:13:53   #2
Tyler Durden
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EI saqueo de los vencedores
No sólo los alemanes aprovecharon las oportunidades brindadas por la dispersión de oro, dinero y arte. El general Patton, que fue muy escrupuloso con el asunto del tesoro nazi, y que afirmaba: "No quiero que se diga que ese desgraciado de Patton robó algo", se horrorizó ante la agilidad de manos de muchos soldados estadunidenses. Se sabe de unos 300 casos de valiosas obras de arte que llegaron ilegalmente a los EUA. Los culpables fueron enjuiciados por hurtar propiedad robada y fueron encarcelados o fueron degradados de forma hurnillante. Luego, en 1990, el mundo se conmovió al saber que tesoros artísticos alemanes, incluyendo algunas importantísimas e invaluables obras de arte medieval, estaban en venta: las ofrecían los herederos de un desconocido veterano que vivía en una pequeña granja en Texas. También se conoce el caso de Joe T. Meader, un almacenero y floricultor aficionado que hasta su muerte, en 1980, mantuvo en su poder, envuelto en una frazada, un invaluable manuscrito del siglo IX de los cuatro evangelios. Lo mostraba con frecuencia a sus amigos y parientes en su casa de Whitewright, 100 km al norte de Dallas. Encuadernado en oro y plata, el manuscrito de 1.100 años provenía de una iglesia alemana. Fue vendido en Suiza, en tres millones de dólares, por concepto de "honorarios por hallazgo". Otros lo consideraron "rescate"



Whitewright, Texas, fue el sorpresivo depósito de posguerra de los tesoros de una iglesia alemana, incluyendo un invaluable manuscrito ilustrado de los evangelios



"Es un tesoro nacional", comentó el secretario general de la Fundación Cultural de los Estados de Alemania. Con un valor estimado en 30 millones de dólares, el manuscrito es 600 años más antiguo que la biblia de Gutenberg. Fue escrito en oro para la corte imperial y donado a un claustro a fines del siglo X, tal vez por el emperador Otto III y su hermana Adelaida, abadesa del convento. Pero la colección de Meader también incluía un manuscrito de 1.513 con ornatos de oro y plata y un relicario decorado con oro, plata y gemas. Otros relicarios tenían forma de corazón o de plato, pero el más valioso era un frasco de cristal de roca con la forma de la cabeza de un obispo, que se pensaba contenía un rizo de la virgen María. También había crucifijos de oro y plata, un peine del siglo XII de Enrique I y otros objetos de gran significado histórico y religioso. Estos tesoros fueron tomados originalmente de la iglesia de Quedlinburg y se ocultaron en una mina durante el avance de las fuerzas aliadas, a fines de la Segunda Guerra Mundial. En abril de 1945, según los registros del ejército de EUA, los oficiales que inventariaron el tesoro reportaron: "Todas las piezas intactas y presentes." Pero unos días después se descubrió que varios objetos artísticos habían desaparecido. Se inició una investigación y se archivaron reportes durante los tres años siguientes, pero nunca se obtuvieron pistas. Cuando Alemania se dividió, en 1949, se prohibió que el sector del este tuviera contacto con occidentales, por lo que la iglesia no pudo rastrear ahí el robo. Es probable que Meader, entonces teniente del ejército, enviara los objetos a Estados Unidos, llevando a cabo uno de los robos de arte más grandes del siglo XX. Meader era un maestro de arte frustrado, obligado por circunstancias personales a trabajar en la tienda de su familia. En una ocasión confesó que se sentía dividido entre el sentimiento de culpa y el disfrute de la belleza de su colecci6n. A la muerte de Meader, sus herederos ofrecieron al mercado los objetos de Quedlinburg y las agencias impositivas y penales de EUA iniciaron una investigación. Luego de meses de maniobras legales, los herederos acordaron ceder la colección a cambio de 2.75 millones de dólares, un millón más que el anticipo que recibieron por el manuscrito de los evangelios. Aunque Alemania afirmó que el caso se había resuelto amigablemente, muchos criticaron el acuerdo. De esta manera, entre el trajín de la derrota alemana, la codicia de muchos de los integrantes militares de los diferentes países y la enorme confusión general de aquellos años de posguerra, mucha de la riqueza nazi se perdió y dispersó alrededor del mundo. Con el paso del tiempo seguramente aparecerán nuevas noticias relacionadas con aquel tesoro, y nuevos hallazgos artísticos y secretos de guerra se ventilarán para asombro del mundo entero.

Habitación perdida



Aún se desconoce el destino de la notable "habitación ámbar de los zares", una habitación entera hecha de ámbar labrado. Originalmente propiedad del rey Federico Guillermo I de Prusia, la regaló en 1716 a su aliado ruso, el zar Pedro el Grande. Impresionado con el "inexpresable encanto" de sus lujosos muebles, Pedro instaló este generoso obsequio en un palacio en las afueras de su capital, San Petersburgo, agrandándolo al tamaño de un salón de banquetes y añadiendo 24 espejos y piso de madreperla. Dos siglos después, durante la invasión a Rusia en la Segunda Guerra Mundial, los alemanes reclamaron el regalo y lo llevaron a reconstruir al castillo de Königsberg. Se mostró al público por un tiempo, pero se guardó en el sótano del castillo antes de que el poblado fuera destruido por las bombas inglesas en 1944.
No se encontraron señas del tesoro en el sótano bombardeado. Se rumoró que los nazis lo sacaron en un barco que fue hundido por un submarino soviético. Un testimonio de 1959 parecía indicar que la habitación ámbar estaba oculta en una mina de sal. Cuando los investigadores se acercaron al supuesto escondite, ocurrió una explosión misteriosa, inundando la mina e imposibilitando el rescate.

El robo del legado artístico europeo









El asombroso hallazgo en la mina Kaiseroda hizo que la visitara el comandante supremo de las fuerzas aliadas, Dwight Eisenhower, y cuatro de sus generales, incluyendo a George Patton. Cuando este irreprimible oficial recordó la primera vez que vio los invaluables óleos, escribió: "Los que vi, pienso que valen $2.50 y son e la clase de cuadros que normalmente se ven en los bares de Estados Unidos." Hubo otras opiniones, pues la colección incluía obras de Renoir, Tiziano, Rafael, Rembrandt, Durero, Van Dyck y Manet. Pero incluso estas obras maestras fueron superadas por la única obra en posesión de Alemania, el famoso busto de 3.000 años de la hermosa reina egipcia Nefertiti. Muchos tesoros rnás fueron hallados en otras minas cercanas. Los generales nazis habían acumulado vastas propiedades de arte, tomadas de ciudadanos y museos de los países conquistados. Muchas obras fueron destruidas durante la conflagración, pero muchas otras fueron devueltas a sus legítimos dueños, gracias a los esfuerzos de los equipos de restauradores que trabajaron con los departamentos de Estado y Defensa de EUA. Sin embargo, aún hay miles de obras que nunca fueron encontradas; una reciente compilación en Munich enlista unas 4000 pinturas europeas consideradas como perdidas. Robar los tesoros artísticos nacionales de un enemigo derrotado es un tema familiar en la Historia, que se remonta a la época de los ejércitos de Asiria, Egipto, Grecia y Roma, y continúa hasta las campañas napoleónicas y las conquistas coloniales británicas. Por ejemplo, las imponentes columnas de pórfido rojo, de la mezquita Hagia Sofia de Estambul, fueron robadas de Persépolis por las legiones romanas. Los famosos cuatro caballos que estaban en la cúspide de la catedral de San Marcos en Venecia eran un botín obtenido de la antigua Constantinopla.
Las convenciones de guerra de La Haya de 1907 permitían "el rescate de tesoros artísticos de todas las zonas de batalla", pero la rapacidad de los oficiales nazis fue rnucho más lejos, apropiándose de obras de países subyugados, valuadas en millones de dólares. Algunas de ellas fueron expuestas en museos alemanes, pero otras fueron alrnacenadas secretarnente o mostradas en las opulentas mansiones de los rniernbros de la comitiva de Hitler, que amaban los lujos. Las unidades especiales de confiscación de Alemania incluían a la eficiente Bildende Kunst (Bellas Artes), integrada por 350 bibliotecarios, archivistas e historiadores de arte. Su labor era registrar y catalogar el invaluable botín, estibarlo cuidadosamente y, al colapso del Tercer Reich, hallar escondites. Según los expertos, quizá algunas obras no se encuentren nunca, pues la documentación de las obras se perdió o fue destruida en los días finales de la guerra.

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