
nalizando el fenómeno punk, como algún teórico amante de los cruces podría hacer, es evidente que se trató de una resultante lógica de la modernidad. Si la modernidad se caracteriza por un movimiento destructivo de lo establecido bautizado como modernismo y uno constructivo que da la bienvenida a lo nuevo llamado modernización, este núcleo paradójico y dialéctico fue también el embrión del punk que postulaba la necesidad de destruir para construir. Pero dado que se podría escribir todo un libro desarrollando esta idea y que el mismo podría terminar con una foto trucada de Robespierre con la remera de los Pistols, será mejor tratar de ver que pasó con aquella llamarada que marcó de algún modo las décadas posteriores.
A esta altura lo más significativo del punk rock había pasado por el impensado momento de sentarse a negociar con las discográficas multinacionales en un claro ejemplo empírico

de los términos que desarrollara Raymond Williams en los estudios culturales de Birmingham. El emergente estaba encontrando su lugar en lo hegemónico y la cuestión provocaba controversias. Así como algunos vieron en esto un pasaje lógico del proyecto, otros perecieron en él.
The Clash, por ejemplo, sentía que podía luchar contra el sistema desde adentro y seguía sin entrar en contradicciones aunque un tema suyo musicalizara la promoción de una marca de jeans. Por otra parte, los que habían basado toda su virulencia en la máxima de «no transar», comenzaron a naufragar en alta mar haciendo agua ya sea por la popa o por la proa.
Algunos sectores del movimiento, atentos a las palabras que hablaban de la necesidad de una revolución permanente, sólo sabían que la cosa debía radicalizarse siempre un poco más, entrando así en una especie de espiral de controversias que, como un ácido corrosivo al extremo, fue deformando la esencia punk hacia sólo un lado del asunto. Había que tener la cresta más alta, gritar los insultos más crudos contra el establishment y golpear los instrumentos con odio para ser más punk. La revolución punk corría igual suerte que la revolución proletaria. Objetivos distintos estaban saliendo a la luz provocando quiebres que debilitaban su fuerza inicial.
La consigna del no futuro estaba ante la insalvable disyuntiva: aquel futuro estaba aquí, el tiempo siguió avanzando y aquellos jóvenes que vaticinaban la necesidad de un cambio habían corrido la misma suerte que los anteriores. El sistema se encargó de reubicarlos a todos. Algunos siguieron marginados, pero ya demasiado grandes para que los jóvenes de las generaciones posteriores los vieran como pares; otros debieron acercarse a hablar de dinero con la música; otros hicieron la vida de sus padres, aquella vida que había sido una de las razones validas para gritar y poguear en un concierto; y otros inclusive llegaron a ser grandes empresarios dispuestos a cerrar el camino a todo lo nuevo que no signifique negocio.
La casa estaba en orden, la llama punk ya no provocaba el horror de la sociedad y su poder estaba lejos de ser una amenaza. Después de todo ya no era una generación buscando el cambio; sólo unos cuantos descarriados, inadaptados, en su mayoría drogadictos o con problemas legales. Para ellos el establishment tenía reservado el sitio marginal que soporta un determinado porcentaje de individuos de una sociedad que vuelve a la paz cuando encuentra lógica a las cosas. El susto emergente que había producido el punk fue metabolizado como el susto que habían causado anteriormente otras revoluciones, pero no hay revolución alguna que aunque sea no haya dejado sus cenizas. La llamarada del punk no había hecho combustión para no dejar al menos manchado el piso.