Finalmente allí estamos,
fingiendo querer a quien no queremos,
sentados en una banca escuchando mentiras,
sintiendo que cada palabra que el dice no nos toca,
pero llega como hiriente aguja al corazón vecino,
cantando y alabando a un cielo etereo,
diciendo alabar a un dios eterno.
Y cuando aquel acto bochornoso termina,
termina consigo nuestra santa herejia,
trayendo aquellos buenos sentimientos paganos,
la dulce venganza, la cruel ironía,
creemos que ya trazamos una escalera al cielo,
cuando realmente cavamos un profundo avismo en el ifierno.

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