Manu Chao: "Escoger un barrio es descartar a los demás" El cantante y compositor pasó por la Argentina para promover su último álbum, "La radiolina", dar sus conocidos conciertos en los que la convocatoria es boca a boca y presentarse como invitado sorpresa de Los Piojos. Aquí habla de sus temas: su nomadismo, la libertad, el capitalismo salvaje y su idea de la familia.
Por: Gaspar Zimerman
Sonrisa franca, mano extendida, mirada transparente, saludar a Manu Chao es descartar cualquier sospecha. Porque a priori, por algún extraño motivo, este europeo tercermundista genera desconfianza: como si necesariamente debiera haber algo impostado o sobreactuado en esta anti-estrella de rock, este paladín de causas perdidas, esta suerte de León Gieco a escala planetaria, este amigo de pobres y desamparados que donde va hace eso que se conoce como buenas acciones. Pero aquí no hay un personaje. Y, si lo hubiere, es agradable: sólo queda relajarse y disfrutarlo.
El ex líder de Mano Negra nos recibe en un escenario acorde a su reputación: una desvencijada oficina de la casa chorizo de Almagro devenida FM La Tribu. Un lugar apropiado: después de todo, está promocionando su último disco, que se llama
La radiolina. Y su banda es Radio Bemba, y él le está produciendo un disco a La Colifata, la radio de los internos del Borda. ¿De dónde viene esta cuestión radial? "Mi padre y mi hermano trabajan en radio, y yo también, a mi manera: mis discos son pequeñas radios, con los efectos sonoros y esa negación del silencio entre canciones.
Clandestino se hubiera podido llamar
La radiolina, y
Próxima Estación: Esperanza, también".
El concibe a sus discos como una sola obra, y admite sin sonrojarse que repite recursos. "Hay mucha gente que se me queja de eso. Oigo bastante esa crítica de '¡eh, siempre lo mismo!', y la acepto. Es que es verdad: tengo mis materias primas, mis herramientas, mis juguetes, y hasta que no estén totalmente rotos, me sirven. Mi estudio está aquí -señala una computadora portátil encendida-, no tengo una orquesta, y si se me ocurre una idea a la tres de la mañana y quiero grabarla en el momento, busco alguna de mis bases. Cuando la encuentro, para mí ya está. Muchos músicos o cineastas dicen 'esto ya lo he utilizado, hay que hacer algo nuevo'. Y yo pregunto: ¿por qué la dictadura de lo nuevo? Si esto me sirve. No digo que no sea bueno renovarse, pero... Y eso va más allá de la música: mi moto la tengo desde hace 20 años, estas
bambas (zapatillas) no me las voy a quitar hasta que estén destrozadas..."
Las zapatillas celestes acompañan a unas holgadas bermudas de jean, una remera con la bandera de Jamaica fundida con la del país vasco y una gorra, conjunto que contribuye a que sus 46 años parezcan diez menos. Y a sus palabras las acompaña un acento simpático y gestos elocuentes. Como cuando admite aquello que salió publicado por ahí sobre su uso de la marihuana como musa: "Sí, a mí me va bien. Cada uno tiene su truco. Tampoco soy un marihuanero de todo el día: a mí me llaman
el caladita; con una caladita me río cuatro horas. Cuando fumo un poquito necesito tener un bolígrafo y una guitarra al lado. Para subir al escenario no, es mejor un vasito de vino. Porque si me entra la vena poética, me jodí. Pero a nivel de escritura, la marihuana me dispara. Puedo pasar diez días sin fumar, pero es una buena compañera de inspiración".