Un misionero se adentraba en la peligrosa tribu de los watinga, en el nordeste de la sierra africana de los comehombres, y se preocupaba (y con mucha razón) de que estaba perdido en un terreno donde sabía que las provabilidades de salir, eran muy pocas. Llega a un claro en la selva y logra ver un río frente a él. Pero antes de que se pudiera sentir alentado, se vió rodeado de feroces caníbales de la famosa y peligrosa raza de los watinga. Conocidos por llevar una calabera chiquitita en el cuello a modo de advertencia a sus enemigos. El misionero, ante semejante situación, no menos de 60 caníbales, robustos, grandes y armados con lanzas, no puede evitar una exclamación al cielo en la que dice a su dios:
- ¡Cagué fuego!
Entonces oye la voz de dios.
- Aún no. Toma la lanza que hay a tu derecha.
El misionero la toma, una gran lanza con punta muy filosa.
- Ahora mata al pequeño hijo del jefe de la tribu...
El misionero ve a un pequeño como de dos años, al lado de un casi gigante hombre, el jefe de la tribu, con un aspecto que haría cagarse en los pantalones a una tribuna de fútbol entera, y le arroja la lanza con fuerza, dando muerte al pequeño.
Toda la tribu queda shockeada, impactada, asombrados y furiosos por lo que acababa de pasar. Todas las miradas llenas de furia, rabia y otras, se fijan en el misionero. Éste eleva los ojos al cielo nuevamente, a ver qué más le decía dios, y oye:
- Ahora sí cagaste fuego...