Maria estaba en su lecho de muerte. Su esposo, Juan, mantenía constante vigilia a su lado. Él sostenía su frágil mano, y mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, él oraba por su esposa.
Ella lo miró y sus pálidos labios comenzaron a moverse lentamente:
"Mi amado Juan" susurró.
"Calla mi amada" dijo él "Descansa. Shhh. No hables."
Ella, insistentemente, dijo con cansada voz:
"Tengo algo que confesarte".
"No hay nada que confesar" dijo sollozante Juan "Todo está bien,duerme..."
"No, no, yo debo morir en paz, Juan. Yo me acosté con tu hermano, tu mejor amigo y tu padre."
"Ya lo sé" dijo Juan " ...¡por eso te envenené !"