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Nos jodimos de nuevo

por Heráclito

Cuando suceden los desastres, antes de cualquier análisis surge el ¿quién tuvo la culpa? Con el ardor sin vaselina lo primero que se le ocurre a la gente es señalar a los jugadores. ¿Cómo es posible que después de tantos fracasos por no saber patear lo que, según los que saben, es más fácil meterlos que tirárselos, sigamos en las mismas?

¿Nos pueden los nervios? Siempre hay adrenalina, pero los jugadores colombianos no son parroquiales, juegan en el exterior, bastante fogueados como para decir que les dio miedo escénico. ¿Entonces? ¿No se entrenó lo suficiente? También dicen que tampoco basta y traen a colación a Mourinho que se cansó de darles lecciones a sus jugadores para que la metieran y siempre hacían lo contrario. Cuando dejó de hacerlo, por esos misterios de la vida, ganaron.

Dicen también que la psicología tiene su cuota, que es cuestión mental, que los antecedentes desastrosos pesan y que el jugador tiene una carga adicional, no volverla a embarrar. Quizás los laberintos de la mente tienen su protagonismo. Pero también le pasa a los demás. En este caso tienen razón los que hablan de una lotería, aunque estudiar los arqueros es buena idea. Cada quien tiene sus mañas y aunque juega el azar, también estudiar sus movimientos puede ayudar.

Todo esto son lucubraciones y hay que ir al meollo del asunto: los goles. Esta si es una maldición que nos persigue desde que aparecimos en el mundo del fútbol y solo teníamos para enorgullecernos del 4-4 a la URSS, teniendo como portero a la “araña negra”, el estupendo Lev Yashin. Hasta el gol olímpico de Marcos Coll (único en los mundiales) nos servía de consuelo a cada fracaso.

Pero pasaron los años y aquello de que “jugamos como nunca y perdemos como siempre” se volvió un dogma. El desesperante juego horizontal, aguantando, sin saber qué hacer después de mitad de cancha nos acompañó por mucho tiempo hasta que llegó la generación dorada del “Pibe” y nos dimos el gustazo de vencer a la propia Argentina con un 5-0 en su casa, en el Monumental, su templo sagrado.

Fue cuando Pelé metió la cucharada y con otros igual de delirantes nos graduó de campeones mundiales. Nadie nos podría ganar, salvo nosotros, nuestra tostada mente de creernos dioses y ahí fue cuando de amplios favoritos salimos por la puerta de atrás de la mano de un equipo africano con un veterano que nos borró el sueño y un Higuita que, aparte de sus cualidades, le daba por convertirse en espectáculo.

Pasaron los años y surgió otra generación dorada con la ventaja que ya nuestros jugadores se formaban en el exterior, sabían lo que era jugar a lo grande con un genio al frente de los pocos que se dan en cada generación y llegamos, ¡qué locura!, a los cuartos de un Mundial, con el goleador del certamen y como cereza del pastel, el gol Puskas (ese encuentro contra Uruguay siempre lo recordaremos). Una maravilla, pero nos arrugamos con Brasil, pudo más el respeto que la calidad e hincamos la rodilla ante un equipo flojo que luego sería goleado sin piedad por Alemania.

Era el cenit y ahí comenzó el descenso y la maldición de los penales que nos seguía persiguiendo. Ante una Inglaterra que no merecía ganar, nuestra incapacidad de anotar, tanto que los centrales son los que meten los goles en vez de los delanteros, volvimos a ser eliminados porque ellos metieron sus tiros y nosotros no pudimos.

El siguiente mundial fue una vergüenza. Hasta sufrimos goleadas vergonzosas como la de Ecuador, un 6-1 que aún nos escuece y esta generación brillante se quedó sin mundial hasta que llegó este Mundial, el de la revancha porque ya habíamos padecido la Copa América, en la que jugamos de tú a tú con Argentina, pero que también perdimos, adivinen cómo, si a los pénales.

Y empezamos fulgurantes, con un Lucho en estado de gracia y un estupendo lateral que en el Cristal Palace había hecho sus diabluras y ahora las reverdecía. Nos costó, pero la asistencia mágica de Lucho y la aparición fantasmal de Daniel Muñoz hicieron que el mundo mirara con atención a esta Colombia que fungía como reemplazo de Brasil en el jogo bonito.

Algo de preocupación con Ghana porque costó romper el muro de un equipo modesto en técnica, pero aunque el 1-0 se veía tacaño ante la multitud de oportunidades desperdiciadas, se ganó y eso era lo importante. Pero faltaba Portugal, con un medio campo de ensueño y una de las favoritas a ganar el título. Pero los nuestros no se acojonaron, le plantaron cara, los hicieron ver como lisiados y salvo el anulado gol, se mostraron al mundo como un equipo serio, capaz de manejar los tiempos, con jugadores polifuncionales y, lo más importante, todos capaces de anotar, de defender, de cambiar el ritmo. Tanto gustó que los periodistas señalaron a esta tricolor de ser capaces de dar la sorpresa.

Primeras del grupo y por delante Suiza, un equipo técnico, juicioso, rápido, en otras palabras, ganable. No era la gran potencia, solo había que tener cuidado, anular a su principal estrella y darle paso a nuestra hambre de gol. Pero pasó lo de siempre. No se pudo anotar. Pero lo más llamativo es que en este encuentro fuimos el Portugal del anterior. Suiza lo redujo a la nada, a un juego insulso. Fue capaz de apagar la chispa. El peor partido del mundial. Nada salió bien, por poco mérito nuestro, pero también por un eficaz planteamiento del entrenador suizo que supo anular a Colombia.

Llegaron los pénales y de nuevo fallaron, curiosamente, los dos que habían sido protagonistas del primer encuentro. Desazón, ira, y regreso a la realidad. No nos trajimos la Copa, sueño que nos estábamos fabricando y lo peor del cuento es que, más allá de la derrota, es el fin de esta generación dorada y llega lo inevitable, el recambio generacional.

El problema no fue los pénales. Lo grave es llegar a esa instancia, es decir, no meter los goles cuando se necesitan. Es una carencia recurrente. Aún no se ha podido reemplazar a Falcao. Se Necesita un nueve. Y, por supuesto, una nueva camada que nos haga volver a soñar.

¿Será posible?

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