Las semanas seguían pasando y la casa grande de Fusagasugá se había convertido en un escenario de deseo constante. Valentina ya no era la misma. Caminaba por los pasillos con un andar más seguro, más sensual, como si su cuerpo hubiera despertado de un sueño largo. Nuestras sesiones se habían vuelto adictivas y variadas: una mañana me despertó chupándomela con ganas mientras las niñas aún dormían; otra tarde me montó en la sala, cabalgándome despacio mientras veíamos una película, riendo y gimiendo al mismo tiempo; una noche me pidió que la cogiera de pie contra la pared del baño, con el agua de la ducha cayendo sobre nosotros. Probamos posiciones nuevas, risas entre gemidos, conversaciones sucias al oído que antes nunca habíamos tenido.
Pero yo seguía buscando más pistas. La sospecha se había convertido en una droga. Cada vez que ella salía al yoga, yo me quedaba en casa con la polla dura, escribiendo relatos o mirando sus fotos de la playa. Sabía que algo grande estaba pasando, pero necesitaba pruebas concretas.
El momento llegó un miércoles por la noche. Valentina había ido al supermercado Éxito con las niñas después de la cena. Dejó su celular cargando en la mesita de noche del cuarto principal, como siempre. Yo estaba solo en la casa. El corazón me latió fuerte cuando vi la pantalla encendida. Telegram estaba abierto en segundo plano. No lo pensé dos veces. Me senté en la cama, tomé el teléfono y abrí la aplicación.
El chat con “Mateo Yoga 💪” estaba ahí, en la parte superior, con más de 200 mensajes sin leer de los últimos días. Abrí la conversación y empecé a leer desde arriba. Lo que encontré me dejó sin aliento.
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**Valentina:**
Acabo de llegar a casa. Todavía me tiemblan las piernas, cabrón. Me dejaste destruida hoy en el vestuario 😩
**Mateo:**
Jajaja esa era la idea, puta. Me encanta cómo te corres cuando te follo contra los azulejos. ¿Tu marido notó algo cuando llegaste?
**Valentina:**
Casi. Llegué oliendo a ti. Tuve que ducharme rápido. Pero cuando me cogió después… estaba tan mojada que pensé que se iba a dar cuenta. Me corrí dos veces pensando en tu verga gruesa dentro de mí.
**Mateo:**
¿Le dijiste que mi polla te abre más que la de él? Jajaja
**Valentina:**
Casi. Le dije que últimamente estoy muy cachonda. No sabe que es porque tú me estás follando como una puta tres veces por semana. Me encanta cuando me tapas la boca para que no grite mientras me llenas.
**Mateo:**
Mañana después de clase te quiero de rodillas otra vez. Quiero que me tragues todo antes de irte a casa. Y después te voy a poner de cuatro y te voy a llenar el coño hasta que te corras gritando.
**Valentina:**
Dios… sí. Quiero sentir cómo me corres dentro otra vez. Tu semen me sale todavía cuando me siento en el carro. Me encanta irme a casa con el coño lleno de ti y que Alejandro me coja después sin saberlo.
**Mateo:**
Eres una puta casada deliciosa. ¿Le gusta más a tu marido cuando llegas recién follada?
**Valentina:**
Muchísimo. Me coge más duro, me hace correrme más fuerte. Pero nadie me folla como tú. Tu verga es más gruesa, más larga, me llega al fondo como él nunca ha podido. Me tienes adicta.
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Seguí bajando. Los mensajes eran cada vez más explícitos, más sucios, más detallados.
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**Mateo:**
Foto enviada (era una foto de su polla dura, gruesa y venosa, tomada en el vestuario).
**Valentina:**
Jajaja me estás matando. Esa verga me tiene loca. Ayer cuando me la metiste de una sola vez casi me desmayo del placer. Me encanta cómo me estiras.
**Valentina:**
Video enviado (era un video corto de ella en el vestuario, de espaldas, abriendo las nalgas para la cámara, su coño hinchado y brillando).
**Mateo:**
Qué rico coño tienes, puta. Mañana te voy a comer hasta que me ruegues que te folle.
**Valentina:**
Sí por favor. Quiero que me comas el culo también. Alejandro nunca me ha hecho eso. Contigo me siento tan puta, tan libre…
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Más abajo, mensajes de esa misma semana:
**Valentina:**
Hoy casi no pude concentrarme en clase. Solo pensaba en tu boca en mi clítoris mientras me follabas con los dedos. Me corrí tres veces en el vestuario. Estoy contando las horas para el jueves.
**Mateo:**
Buena niña. Te voy a grabar la próxima vez que te corras en mi verga. Quiero que veas cómo te pones cuando te lleno.
**Valentina:**
Me muero de ganas. Y después me voy a casa y dejo que mi marido me coja pensando que soy solo suya… pero los dos sabemos que ahora soy tuya.
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Leí todo. Mensaje por mensaje. Cada palabra me golpeaba como un latigazo caliente. Mi polla estaba durísima, palpitando dentro del pantalón. Valentina, mi Valentina, la mamá de mis hijas, la mujer de piel blanca y senos altos que yo amaba con todo, le escribía a otro hombre cosas que nunca me había dicho a mí. Le contaba cómo la follaba mejor, cómo le gustaba que la tratara de puta, cómo se iba a casa con su semen dentro y luego me dejaba cogérsela.
Escuché el ruido del Prado entrando al garaje. Guardé el teléfono exactamente como estaba y bajé rápido a la sala, fingiendo que estaba viendo televisión. El corazón me latía a mil.
Valentina entró con las niñas, cansada pero con esa sonrisa nueva y luminosa. Después de bañarlas y acostarlas, subió al cuarto. Yo la seguí. Apenas cerró la puerta, la atraje hacia mí y la besé con una urgencia que la sorprendió.
—Estás muy caliente hoy… —murmuró contra mi boca, riendo bajito.
No respondí. La puse boca arriba en la cama, le quité la ropa interior y la comí con hambre, pensando en todo lo que acababa de leer. Ella gemía más fuerte de lo normal, agarrándome el cabello.
—Dios, Alejandro… qué rico…
La follé en misionero, profundo y lento al principio, mirándola a los ojos. Luego la giré y la cogí en perrito, fuerte, agarrándole las caderas. Probamos una posición nueva: ella sentada encima de mí, de frente, moviéndose despacio mientras yo le chupaba los pezones. Valentina estaba desatada, más juguetona, más vocal.
—Más fuerte… cógeme más duro —jadeaba.
Cuando estaba a punto de correrme, le susurré al oído, usando las palabras que había leído:
—¿Te gustaría que otro te estuviera follando ahora mismo mientras yo miro?
Esta vez no se tensó. Gimió más fuerte, se corrió casi al instante, temblando entera, apretándome con fuerza. Después se bajó rápido, me chupó con verdadera desesperación, lamiendo mis huevos y tragándose todo cuando me vine.
Nos quedamos abrazados, sudados y respirando agitados. Valentina me miró con los ojos brillantes.
—Te amo tanto… —susurró—. No sé qué me está pasando últimamente, pero me encanta.
Yo la besé en la frente y sonreí por dentro.
Ahora sabía todo. Había leído las charlas más sucias, más explícitas. Sabía exactamente cómo Mateo la follaba en el vestuario, cómo ella le rogaba que la llenara, cómo se iba a casa con su semen dentro para que yo la cogiera después.
Y lejos de enfadarme, estaba más excitado que nunca.
El siguiente paso ya estaba cerca.