Las semanas siguientes fueron una lenta y deliciosa espiral. Ya no necesitaba que Valentina llegara directamente del yoga para que el deseo explotara. El fuego se había encendido y ahora ardía solo, en cualquier momento del día. Yo seguía escribiendo mis relatos en el celular cuando las niñas no estaban cerca, masturbándome con las fotos de ella en la playa, pero cada vez más las pistas reales se mezclaban con mis fantasías y todo se volvía más intenso.
Las pistas empezaron a aparecer de formas más sutiles y constantes.
Un jueves por la tarde llegó más tarde de lo normal. Eran casi las once. Entró a la casa con una sonrisa que no le conocía: relajada, luminosa, casi pícara. Me dio un beso largo en la cocina, más profundo de lo habitual, y me susurró al oído:
—Hoy me sentí muy bien en el yoga… el cuerpo me responde diferente.
Su cabello olía a shampoo de vainilla, pero debajo había un leve toque de colonia amaderada de hombre. No dije nada. Solo la abracé por detrás mientras ella abría la nevera, rozando mi polla ya dura contra su culo firme. Esa noche, después de que las niñas se durmieran, no esperé. La tomé de la mano y la llevé al salón. La puse contra la pared, de pie, y la besé con hambre. Valentina respondió con la misma intensidad, riendo bajito entre besos.
—Estás muy caliente hoy… —dijo, mordiéndome el labio.
La giré, le bajé los shorts de pijama y la penetré desde atrás, de pie, contra la pared. Era una posición nueva para nosotros. Sus manos se apoyaron en la pared, su espalda arqueada, ese culo blanco y redondo empujando hacia mí. La follé con ritmo profundo y constante, una mano en su cintura y la otra acariciando sus senos altos y firmes por debajo de la camiseta. Ella gemía más alto, más libre.
—Así… más fuerte… me encanta cuando me coges así —jadeó, girando la cabeza para besarme.
Fue diferente. Más animal. Más juguetón. Terminamos en el sofá: ella arriba, cabalgándome despacio al principio, luego más rápido, sus tetas moviéndose frente a mi cara mientras yo le agarraba las caderas. Me miró a los ojos con una sonrisa traviesa que nunca le había visto.
—Estás diferente últimamente… más intenso —murmuró entre gemidos—. Me gusta mucho.
Cuando estaba a punto, se bajó, me chupó con ganas y terminó tragándose todo, lamiendo mis huevos como le gusta a mí. Después nos quedamos abrazados en el sofá, sudados y riendo bajito.
—Nunca había estado tan cachonda —confesó, trazando círculos en mi pecho con el dedo—. No sé qué me está pasando, pero no quiero que pare.
Yo aproveché el momento. Le acaricié el cabello y le dije al oído, con voz ronca:
—¿Y si te imaginas que no soy solo yo el que te está cogiendo así? ¿Que hay otro hombre que te abre y te llena mientras yo miro?
Valentina se tensó un segundo, pero no se enojó. Su coño, que todavía estaba sobre mi muslo, se contrajo visiblemente. Soltó una risita nerviosa y me dio un golpe suave en el pecho.
—Estás loco, Alejandro… yo no soy capaz de eso. Pero… —bajó la voz, casi susurrando— la idea me pone un poco caliente, no te voy a mentir.
Esa noche dormimos pegados, con una complicidad nueva.
Los días siguientes las pistas siguieron llegando, cada una más clara.
Un martes llegó con el labial ligeramente corrido y una marca roja en el cuello que intentó disimular con el cabello. Cuando le pregunté, se rio y dijo que se había rozado con la correa de la mochila del yoga. Mentira. Yo sabía que era una boca hambrienta. Otra noche, mientras dormía, revisé su teléfono (sí, lo sé, pero la curiosidad me estaba matando). Había un mensaje de un número sin guardar: “Mañana te espero después de clase. Quiero repetir lo del vestuario”. Lo borró al día siguiente, pero yo ya lo había visto.
El sábado por la mañana, con las niñas en una fiesta de cumpleaños, tuvimos otra sesión distinta. La tomé en la ducha. La puse de espaldas a mí, bajo el agua caliente, y la penetré en spooning, lento y profundo, mientras le mordía el cuello y le susurraba al oído:
—Dime la verdad… ¿te gusta imaginar que otro te está cogiendo mientras yo te miro?
Esta vez no se tensó tanto. Gimió más fuerte, empujando contra mí.
—Calla… eres un pervertido —dijo entre jadeos, pero su voz sonaba excitada—. Aunque… sí, a veces lo pienso cuando estoy sola.
La saqué de la ducha, la puse de cuatro patas en la cama y la follé en perrito, fuerte, agarrándole el cabello. Valentina se corrió gritando, temblando entera, más salvaje que nunca. Después me montó ella, cabalgándome con ganas, riendo y besándome, más juguetona y abierta que en años.
—Nunca había disfrutado tanto el sexo contigo —me confesó después, todavía encima de mí, sudorosa y sonriente—. Me siento más mujer, más viva. No sé si es el yoga o qué, pero no quiero que cambie.
Yo la besé y le respondí:
—Entonces sigamos así. Y si algún día quieres probar algo más… yo estoy abierto.
Ella se rio, me dio un beso largo y profundo, y murmuró:
—Eres un loco… pero me encanta que seas así.
Otra pista llegó una tarde de jueves. Llegó con las mejillas sonrojadas y el cabello más revuelto de lo normal. Cuando se cambió en el cuarto, vi que su tanga estaba húmeda y con una mancha blanca y espesa que definitivamente no era mía. La guardé en mi bolsillo antes de que la lavara. Esa misma noche, después de cenar, la cogí en la terraza, bajo las estrellas, con las luces del jardín apagadas. La senté en la mesa, le abrí las piernas y la comí hasta que se corrió en mi boca. Luego la follé de pie, levantándola un poco, una posición nueva y exigente que nos hizo reír y gemir al mismo tiempo.
—Estás insaciable últimamente —le dije mientras entraba y salía.
—Y tú también… —respondió ella, mordiéndome el hombro—. Me encanta esta versión tuya. Me hace sentir deseada de verdad.
Cada vez que mencionaba la fantasía, aunque fuera de forma sutil (“imagina que otro te está cogiendo ahora”), Valentina se ponía más mojada, gemía más fuerte y se corría más intenso. Nunca lo admitía del todo, pero su cuerpo sí lo hacía. Empezó a buscarme más: una mañana me despertó chupándomela, otra noche me montó en la sala mientras veíamos una película. Nuestras conversaciones después del sexo eran más íntimas, más calientes.
—Nunca pensé que iba a disfrutar tanto —me dijo una noche, acurrucada contra mí después de una sesión en la que probamos que ella se sentara en mi cara mientras yo la lamía—. Siento que estoy descubriendo una parte de mí que no conocía.
Yo la abrazaba, la besaba y por dentro ardía de excitación. Las pistas seguían llegando: un perfume nuevo que no le había regalado, mensajes que borraba rápido del celular, la forma en que a veces se tocaba el cuello como recordando una boca ajena. Pero en lugar de pelear o confrontarla, yo usaba todo eso para follarla mejor, para probar posiciones nuevas, para susurrarle al oído que me encantaría verla con otro.
Valentina ya no se ofendía. Sonreía, se sonrojaba y se ponía más cachonda.
El fuego estaba creciendo. La sospecha ya no era solo mía. Estaba compartida, aunque ella todavía no lo admitiera del todo. Y nuestro sexo… nuestro sexo se había vuelto adictivo, juguetón, intenso y lleno de complicidad.
Pero yo sabía que esto apenas estaba empezando.