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velkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Vivientevelkan Es Una Leyenda Viviente
  
Predeterminado La Noche de la Tormenta Calificación: de 5,00

Los mejores licores
Era una noche de tormenta intensa en Bogotá. La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales del loft en Chapinero Alto, como si quisiera entrar. Yo estaba solo, con una copa de whisky en la mano, mirando la ciudad iluminada por relámpagos, cuando recibí su mensaje alrededor de las 4 de la tarde.

“Cam, salgo del trabajo agotada. La semana ha sido un desastre. ¿Puedo ir a tu apartamento a tomar vino y charlar un rato? Necesito desconectar de todo.”

Le respondí casi de inmediato:
“Claro que sí, venite cuando salgas. Solo nosotros dos, vino, música y charla tranquila. Te espero.”

Llegó cerca de las 8:40 pm, completamente empapada. Cuando abrí la puerta, me dio un abrazo rápido y cansado, como siempre.

Es alta y delgada, con ese pelo rojo intenso cortado en bob que ahora estaba mojado y pegado a la cara de forma desordenada. Llevaba una blusa blanca de botones de oficina y una falda lápiz negra hasta la rodilla, todo empapado. Las medias veladas se le pegaban a sus piernas largas y blancas. Se veía agotada, pero aún con esa belleza natural que tenía.

— Qué noche tan horrible — dijo riendo mientras entraba, sacudiéndose un poco el agua del pelo.

— Estás empapada. Ve al baño de huéspedes y dúchate tranquila — le dije —. Te presto ropa seca.

A propósito, le di la toalla más corta que tenía. Apenas le cubría desde las tetas hasta la mitad del culo.

— Es la única que tengo seca en este momento — mentí con una sonrisa inocente.

Ella se rio y entró al baño. Mientras se duchaba, yo preparé una botella de vino tinto, puse música suave y ordené un poco la sala.

Unos minutos después escuché que salía del baño. Fui hacia la cocina y, “por casualidad”, pasé por el pasillo justo cuando ella salía envuelta solo en esa toalla corta. La toalla apenas le cubría las tetas pequeñas y firmes y dejaba ver casi todo: sus piernas largas y blancas, los hombros delicados, y un buen trozo de su culo pequeño y firme asomando por abajo. Ella dio un pequeño grito de sorpresa y se tapó mejor con la toalla.

— ¡Cam! — exclamó riendo nerviosa, con la cara roja — ¡Casi me ves desnuda!

Me quedé un segundo de más mirándola. Sentí un calor inmediato.

— Perdón, no era mi intención — dije sonriendo, pero sin apartar la mirada del todo —. La toalla es corta, lo siento.

Ella entró rápido al cuarto de huéspedes a cambiarse, todavía riendo de vergüenza. Cuando salió unos minutos después, llevaba la camiseta gris mía grande (le llegaba a mitad del muslo) y el short negro de algodón. No se había puesto brasier, se le marcaban sutilmente sus tetas pequeñas y los pezones. El short era corto y dejaba ver gran parte de sus piernas largas y blancas. Se veía fresca, cómoda y mucho más sexy de lo que esperaba.

— ¿Mejor? — preguntó girando un poco, todavía con una sonrisa avergonzada.

— Mucho mejor — respondí, mirándola de reojo un poco más de lo normal.

Nos sentamos en la sala grande, frente a los ventanales. La tormenta era el fondo perfecto. Serví dos copas de vino y empezamos a charlar como siempre. Hablamos del trabajo, de lo estresada que estaba, de series, de chismes… y como de costumbre, la conversación terminó derivando hacia temas sexuales, pero de forma natural, como amigos que confían el uno en el otro.

— La verdad es que los hombres de ahora no saben comer coño — dijo ella riendo, tomando un sorbo de vino —. O lo hacen como si estuvieran lamiendo un helado derretido.

Me reí y le seguí el juego:

— O los que te meten los dedos como si estuvieran buscando las llaves del carro.

Charlamos durante más de una hora de sexo de forma abierta: posiciones favoritas, fantasías, anécdotas graciosas, qué nos gustaba y qué no. Nunca nos insinuamos nada directo entre nosotros, siempre era “en general”.

Cerca de las 10:50 le dije que había invitado a Andrés, un amigo del gimnasio, para que no fuera tan solo nosotros dos.

— ¿Por qué no me dijiste antes? — preguntó sorprendida, pero no molesta.

— Quería que fuera más relajado — respondí.

Andrés llegó como a las 11:20. Los tres seguimos tomando vino. La conversación siguió siendo fluida y cada vez más abierta.

En un momento propuse:

— ¿Jugamos Verdad o Reto? Para que no sea tan aburrido.

Ella se rio, ya un poco tomada, y aceptó. Andrés también.

El juego empezó inocente, pero el vino y la tormenta hicieron que subiera de nivel poco a poco.

**Ronda 1** – Verdad para ella: “¿Cuál es la última vez que te masturbaste?”
Ella se sonrojó y respondió: “Hace dos noches… estaba muy cachonda después del trabajo”.

**Ronda 2** – Reto para Andrés: quitarse la camisa. Lo hizo.

**Ronda 3** – Verdad para mí: “¿Alguna vez has fantaseado con alguien de este grupo?”
Respondí honestamente: “Sí… con ella”. Ella se rio nerviosa y me miró más tiempo.

**Ronda 4** – Reto para ella: sentarse en el regazo de Andrés por 40 segundos. Ella lo hizo riendo, pero se notaba que el ambiente estaba cambiando. La camiseta se le subió un poco y se le vieron más muslos.

**Ronda 5** – Reto para ella: quitarse el short por 30 segundos. Ella dudó, pero entre risas y vino se lo quitó. Se quedó solo con la camiseta mía y la tanga negra. Sus piernas largas y blancas quedaron completamente expuestas.

**Ronda 6** – Verdad para ella: “¿Qué es lo que más extrañas del sexo?”
Ella respondió bajito: “Que me coman bien… que me hagan sentir deseada y que me den duro cuando estoy muy cachonda”.

**Ronda 7** – Reto para Andrés: besar el cuello de ella por 20 segundos. Él lo hizo. Ella cerró los ojos y soltó un suspiro suave.

**Ronda 8** – Reto para mí: tocarle las tetas por encima de la camiseta durante 15 segundos. Lo hice. Sentí sus tetas pequeñas y firmes, los pezones duros. Ella respiró más profundo pero no dijo nada.

**Ronda 9** – Verdad para ella: “¿Te excita que te estén mirando mientras te tocas?”
Ella se mordió el labio y respondió: “Sí… me pone muy cachonda”.

**Ronda 10** – Reto fuerte para ella: quitarse la tanga por un minuto y quedarse solo con la camiseta. Ella dudó mucho, se rio nerviosa, pero el alcohol y la tensión la empujaron. Se la quitó. Se quedó sentada con las piernas cruzadas, solo con mi camiseta. Se le veía el culo pequeño y firme cuando se movía.

El juego ya estaba totalmente sexual.

**Ronda 11** – Reto para ella: masturbarse delante de nosotros por 30 segundos sin meter los dedos, solo por encima. Ella se sonrojó muchísimo, pero lo hizo. Se abrió un poco las piernas y empezó a tocarse el clítoris por encima de la camiseta. Gemía bajito. Andrés y yo la mirábamos sin disimular.

**Ronda 12** – Reto para Andrés: chuparle las tetas por 20 segundos. Él le subió la camiseta y le chupó las tetas pequeñas. Ella soltó un gemido más fuerte y cerró los ojos.

**Ronda 13** – Reto para mí: masajearle por encima de la tanga por 40 segundos. Me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas y empecé a masajear, estaba empapada. Ella me agarró el pelo y gimió más alto.

**Ronda 14 – Verdad para ella**

El juego ya estaba muy subido. El vino y la tormenta habían hecho que todo se sintiera más intenso.

Le tocó Verdad a ella.

— ¿Quieres que te cojan esta noche? — le pregunté mirándola a los ojos.

Ella se quedó callada unos segundos, con la cara roja. Respiró profundo y respondió casi en un susurro:

— Sí… estoy muy mojada.

Andrés y yo nos miramos. El ambiente cambió por completo.

Yo fingí estar muy cansado y me levanté del sofá.

— Muchachos, yo estoy destruido. Me voy a dormir al cuarto. Sigan jugando tranquilos, yo me pongo audífonos y no me entero de nada.

Me metí al cuarto, apagué la luz y cerré la puerta casi por completo… pero dejé una rendija de unos 25 centímetros. Me senté en la silla del escritorio, en la oscuridad, y me quedé mirando.

**Ronda 15 – Reto final**

Le tocó Reto a Andrés. Yo había propuesto antes de irme:

— Reto fuerte: la coges contra el ventanal por un minuto.

Desde la oscuridad del cuarto, con la puerta entreabierta apenas 25 centímetros, me quedé sentado en la silla, casi sin respirar.

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