Hola, escribi este relato que es muy largo, subo la primera parte, si les gusta subo las demas partes
Me llamo Alejandro, tengo 36 años y llevo doce años casado con Valentina. Ella tiene 32 y es, sin duda, la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Somos colombianos de clase medio-alta y vivimos en una casa grande y moderna dentro de un conjunto cerrado de Fusagasugá, Cundinamarca. La casa tiene dos pisos amplios, jardín con palmeras que dan sombra fresca, una piscina pequeña que brilla bajo el sol cálido de la sabana y un garaje doble donde siempre está parqueado nuestro Toyota Prado negro último modelo, ese que huele a cuero nuevo y a ambientador de vainilla cada vez que subimos. Las niñas van a colegios privados del sector: Sofía, de once años, ya con su celular y sus auriculares inalámbricos pegados a la oreja, y Martina, de tres, que todavía corre descalza por el piso de porcelanato con su chupete y su oso de peluche arrastrando.
Nuestra vida por fuera parece perfecta: fines de semana en el club del conjunto, asados en la terraza al atardecer, viajes cortos a Girardot cuando el calor aprieta demasiado. Pero por dentro… por dentro hay un fuego que solo yo conozco. Y Valentina lo sabe, aunque nunca lo admite del todo.
Hace año y medio se operó: abdominoplastia completa y levantamiento de senos. No se los agrandó, solo los levantó y los dejó firmes, altos, perfectos. Las cicatrices ya casi no se ven, solo unas líneas finitas y claras debajo de cada pecho y una muy sutil en la parte baja del abdomen que apenas se nota cuando está desnuda. El resultado es brutal. Su abdomen ahora es plano, firme, con esa piel muy blanca, cremosa y luminosa que se ve aún más suave y tersa. Sus pechos, antes ya hermosos, ahora están más altos, más redondos, con pezones que apuntan hacia arriba como invitando a morderlos. Es alta, esbelta, con piernas largas y ese culo carnoso y firme que tiembla ligeramente cuando camina descalza por la casa. Su piel es tan blanca, casi translúcida, que se sonroja con facilidad y brilla bajo el sol de Fusagasugá como si estuviera siempre untada en aceite de coco. Su cabello castaño oscuro, largo y ondulado con mechas más claras, le cae hasta media espalda y huele siempre a shampoo de vainilla.
Hace meses dejé de ver porno por completo. Lo hice por ella. Valentina se ponía celosa como una loca cada vez que me descubría. “¿Otra vez con esas putas? ¿Eso es lo que te gusta más que yo?”, me reclamaba. Así que lo corté de raíz. Ahora, cuando tengo ganas, solo me masturbo con fotos y videos que le he tomado a ella: esa en la playa arrodillada en la arena blanca con el bikini negro, el agua lamiéndole los muslos, la sonrisa pícara… o escribo relatos en mi celular sobre cómo me es infiel. Es lo único que me pone realmente duro últimamente.
Nuestra vida sexual es complicada, pero para mí es la mejor que he tenido. La amo con todo. Cuando conectamos, conectamos de verdad. Casi siempre en misionero: me encanta tenerla boca arriba, mirarla a los ojos, sentir su piel blanca contra la mía, besar su cuello mientras entro despacio y profundo. A veces sacamos el Satisfyer, ese vibrador de succión clitoriano que le vuelve locas las piernas. Ella lo sostiene contra su clítoris mientras yo la follo, y me encanta ver cómo llega al orgasmo de una forma que yo solo no logro provocarle. Esas noches son mágicas. Pero no siempre pasa. Muchas veces ella se queda a medio camino. “No soy tan caliente, Alejandro, ya lo sabes”, me dice con una sonrisa cansada. Yo siento que la satisfago… pero no completamente. Siempre queda esa sensación de que su cuerpo pide algo más.
Todo empezó hace cuatro meses, cuando Valentina decidió volver al yoga tres veces por semana en un estudio premium de Fusagasugá. “Necesito reconectar con mi cuerpo después de la cirugía y el estrés de las niñas”, me dijo una noche mientras se untaba crema en ese abdomen plano y firme frente al espejo del baño principal. Yo me reí por dentro. Sabía que su cuerpo llevaba años desconectado de mí. El instructor se llamaba Mateo. Treinta y dos años, alto, piel aceitunada, brazos tatuados, voz grave y ronca. Lo vi una vez cuando fui a recogerla en el Prado. Valentina lo miraba con esos ojos café profundo que nunca me había mirado a mí: con curiosidad, con algo que parecía hambre contenida.
La primera señal fuerte fue un martes. Llegó a casa a las diez y media de la noche. Las niñas ya dormían. Yo estaba en la sala escribiendo uno de mis relatos. Cuando escuché la puerta del garaje, guardé todo rápido. Valentina entró todavía con la malla de yoga ajustada, el cabello suelto y húmedo de sudor. Olía distinto. No era el jabón del gimnasio. Era un olor a hombre: sudor fresco, colonia amaderada y, por debajo, ese aroma almizclado, sexual, de piel contra piel después de follar. Se acercó, me dio un beso rápido y subió a ducharse.
Esta vez no esperé. Subí detrás de ella. Cuando salió del baño envuelta solo en una toalla blanca, su piel muy blanca todavía brillaba por el vapor. La toalla apenas cubría sus pechos levantados y firmes. La atraje hacia mí, le quité la toalla y la besé con hambre. Su boca sabía a menta, pero debajo había un leve sabor salado. La llevé a la cama.
La puse boca arriba, exactamente como a mí me encanta: misionero puro. Le separé las piernas largas y blancas y bajé la boca hasta su coño. Estaba hinchado, caliente, los labios rojos y brillantes. Lo lamí despacio. Estaba mojada… demasiado mojada. Había un sabor más fuerte, más salado, mezclado con su néctar dulce. Mi polla latió con fuerza. Mientras la comía, mis dedos recorrían su abdomen plano, pasaban por la cicatriz casi invisible y subían a sus senos altos y sensibles.
—Dios… Alejandro… —gimió ella, agarrándome del cabello.
Me coloqué encima, entré despacio y profundo, sin condón, como siempre. Su coño me recibió abierto, caliente y resbaladizo como nunca. Empecé a follarla con ritmo lento pero intenso, mirándola a los ojos. Su piel blanca se sonrojaba en el pecho y las mejillas. Sus senos se movían perfectos con cada embestida. Valentina buscó el Satisfyer en el cajón, lo encendió y lo presionó contra su clítoris mientras yo seguía penetrándola. Me encanta ver esa imagen: ella sujetando el aparatito, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, temblando cada vez más.
—Así… no pares… —susurró, clavándome las uñas en la espalda.
Conectamos como hacía tiempo no lo hacíamos. Sus caderas subían al encuentro de las mías, sus ojos fijos en los míos. El Satisfyer vibraba fuerte contra su clítoris mientras yo entraba y salía profundo. Ella empezó a temblar. Sus contracciones me apretaron fuerte. Se corrió de verdad: un orgasmo largo, intenso, gritando mi nombre bajito, temblando entera, sus jugos mojándome los huevos. Yo seguí follándola unos segundos más, sintiendo que era el mejor sexo de mi vida… y luego salí de ella.
Valentina, todavía jadeando, se incorporó rápido, me tomó la polla con la mano y se la metió en la boca. Empezó a chuparme con ganas, bajando hasta mis huevos, lamiéndolos y succionándolos exactamente como a mí me gusta para correrme rápido. Sus labios carnosos y su lengua caliente hicieron el resto. Me vine fuerte en su boca, chorros calientes que ella tragó sin dudar, mirándome a los ojos con esa sonrisa satisfecha.
Nos quedamos abrazados, sudados, respirando agitados. Valentina me miró con los ojos brillantes y una sonrisa pequeña y satisfecha.
—Qué rico estuvo eso… —murmuró, besándome el cuello—. Últimamente me tienes loca.
Esa noche dormí con una mezcla de amor profundo y sospecha deliciosa. Porque mientras la cogía, no dejaba de imaginar que esa humedad extra, ese olor a hombre, esa forma en que su coño me había recibido tan abierto y ansioso… era porque Mateo la había follado antes. Y lejos de molestarme, me había puesto más duro que nunca. Nuestra vida sexual acababa de mejorar de golpe… gracias a la sospecha de que me estaba siendo infiel.
A partir de ahí empecé a buscar señales. Y las encontré todas.
Sus tangas aparecían en el cesto con manchas blancas y espesas que no eran mías. Olían a coño excitado y a semen seco. Una tarde encontré un chupetón morado en la cara interna de su muslo blanco. Ella dijo que se había golpeado con la bicicleta estática. Mentira.
Los martes y jueves siguientes, cuando llegaba del yoga, repetimos la misma escena: yo la esperaba con ganas, la ponía boca arriba, la comía, la follaba en misionero profundo y ella usaba el Satisfyer hasta correrse fuerte. Cada vez su coño estaba más sensible, más mojado, más abierto. Cada vez gemía más fuerte. Cada vez nuestra cogida era mejor. Valentina empezó a buscarme más, a besarme con más ganas.
Yo sonreía por dentro. Sabía exactamente qué le pasaba.
Y eso es solo el principio.