Iniciado por italianrex Después de casi dos meses desabridos en el Santa, con cierres totales o parciales, retenes policiales en cada esquina y locales atendidos por administradores con cara de orto, el barrio parece suspendido en una especie de letargo gris. Los locales están bastante decaídos y salvo la presencia de alguna que otra odalisca rescatable no hay mucho que reseñar, la calle está un poco mejor, pero apenas un poco, la verdad es que ni siquiera está a un mínimo de como podría estar un viernes cualquiera antes de los atentados, la cosa está tan jodida que vi a la monolítica Zoe en un enterizo rojo que destacaba su voluminoso culo hablándole a los clientes y acariciándoles las guevas tratando de levantar un polvo, la altivisima y altanera buscando clientes como cualquier puta vulgar del Santa bajada de su pedestal de diva seguramente por la situación de los locales que no hay que mirar mucho para ver qué es desastrosa.
Como mencioné había algunas odaliscas que aún justifican que se abran esos chuzos y que entre gente en ellos, había en troya una chica pelinegra bajita de gafas transparentes, senos pequeños y unas piernas con un culo magnífico, no recuerdo su nombre, dijo ser paisa pero parece venezolana, polvo rico , disfrute mucho tenerla en cuatro y sentir su movimiento violento de caderas, una flor en el pantano y en medio de toda esa mediocridad que es el santa hoy por hoy.
Más allá de eso no había nada, en medio de ese aburrimiento viscoso desistí incluso de jalarme el ganso. En cambio tomé un par de crayones que encontré por ahí y me puse a hacer un pequeño homenaje gráfico a la única valquiria que merece ser retratada, aunque fuera con mis trazos torpes y chapuceros: Stefania.
Stefania, diosa paisa de ojos verdes, responsable de algunos de los momentos íntimos más intensos que me regaló mi largo periplo de veinte años por el barrio. recuerdo aquella tarde de hace casi un año, cuando apareció en una de sus últimos visitas relámpago al Santa Fe. Tuve la fortuna de recibir una cálida felación con esos ojos claros mirándome fijamente, mientras su cuerpo se movía con un ritmo lento y seguro, como si conociera de memoria cada gesto del deseo. Se de memoria la cadencia de sus caderas, su magnífico culo tatuado balanceándose frente a mí, y ese extraño instante en que uno siente que el mundo entero se reduce a una habitación barata y a dos cuerpos respirando ese mismo aire pastoso de troya.
Nostalgias de la última mujer a la que yo llamaría diva, con todas sus letras, que haya pisado el barrio.
Lo último que supe de ella era que andaba por el Oriente Medio, ese paraíso extraño donde terminan muchas de nuestras prepagos exiliadas, haciendo las delicias de algún emiratí o de algún extranjero en tour de putas por la lejana Abu Dabi. Una vez me contó, entre risas, que un árabe le había pagado casi mil euros solo por comerle los pies. Locura, dirán algunos. Pero ¿quién no se pondría de rodillas ante esa diosa antioqueña? Yo, al menos, habría devorado no solo sus pies sino cada centímetro de su cuerpo.
La diferencia es que yo no tuve que ser príncipe, emir ni sultán de ninguna tierra oriental para cumplir ese sueño de reyes. A mí me bastó una cama cutre en un cuarto aún más cutre del Santa Fe. Y no ocurrió una sola vez, sino varias veces.
Después de eso no volví a saber nada de ella. No sé si seguirá por aquellos lados, en medio de los conflictos geopolíticos, los misilasos y los dronazos iraníes, o si habrá vuelto a Europa, donde sus giras siempre le resultaban prósperas.
De cualquier forma, a veces la extraño ly quisiera verla aparecer una tarde cualquiera, de la manera más aleatoria, en Troya. Y verme a mí mismo, sin pensarlo demasiado, decidiendo subirla de inmediato y sin la menor objeción. |