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El futuro de la democracia: ¿un regreso a la Edad Media?



Por: Luis Gabriel Galán Guerrero*

Uno de los peores males del populismo contemporáneo es la infantilización del “pueblo”. Con la inteligencia artificial, las democracias se enfrentan a una encrucijada que agudiza este mal. Las promesas de modernidad, cumplidas en nuestra vida cotidiana y en el mundo empresarial, no se cumplen en la política. A diferencia de Yuval Harari, quien ha afirmado con razón que las IAs nos conducen a un mundo sin precedente, considero que el cocktail populista mezclado con la tecnología también nos está devolviendo a un mundo ya conocido: el medioevo.

Me explico. La larga Edad Media (c. 800–1800)—una época con destellos de esplendor y grandes adelantos, en ocasiones lejos del oscurantismo con que suele imaginarse—fue el último periodo de la historia reciente en que predominó la cultura oral. La lectura individual ha sido un fenómeno masivo muy reciente, no superior a 150 años. Hoy, paradójicamente, la nueva tecnología pretende devolvernos de cierto modo a un mundo cada vez más oral y visual, como en el pasado.

Pero la analogía con la Edad Media no concluye allí. Este fue el último periodo de la historia en que el conocimiento estuvo monopolizado por las universidades y las abadías.

Precisamente, la obsesión de la Reforma protestante, de los liberales decimonónicos e incluso de los comunistas fue arrebatarles a las religiones establecidas ese poder de mediación entre el conocimiento divino y humano. Los protestantes evangélicos buscaron a través de la lectura una relación directa con Dios; los liberales radicales construir una ciudadanía más educada, independiente de la voluntad del hacendado, del monarca y del cura; los comunistas abolir del todo a las religiones, aunque el librito rojo de Mao remplazara los tratados de Confucio y la Biblia.

Bajo esta mirada histórica, mi defensa de la lectura individual no proviene de una nostálgica resistencia a la modernidad, como podría pensarse. No. Proviene de la certeza de que su propagación costó enormes esfuerzos durante siglos, derramó sangre y fue una pieza esencial en la imaginación de las democracias modernas. La lectura individual ha sido una conquista civilizatoria que buscó brindarnos independencia y libertad, con excepción de los totalitarismos.

En su famoso texto ¿Qué es la Ilustración? (1794), el filósofo Immanuel Kant resumió magistralmente esa apuesta revolucionaria, que influyó en la formación de las repúblicas modernas: ‘¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración (…) ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo.’

La condición de “minoría de edad” no fue solo una metáfora filosófica: los campesinos iletrados, mujeres e indígenas fueron tratados como menores políticos, incapaces de gobernarse a sí mismos. Durante siglos, como sugirió Kant, la lectura representó un anhelo de progreso, de libertad, de goce individual, frente a esa condición subordinada; hoy, inesperadamente, su significado está mudando hacia una actividad vetusta, aburrida e irrelevante.

Por ello, contemplar el retroceso de la lectura en la universidad es una tragedia no solo para los profesores, sino también para las democracias modernas, cuyos orígenes son indisociables de la expansión de los libros y los periódicos. Cuando hablo de la “infantilización” de nuestras democracias no me refiero a un capricho retórico, sino al riesgo de volver a formas de dependencia que creíamos superadas.

Pero el futuro se está pareciendo mucho más a la Edad Media que al mundo sin precedente de Harari. Escudados en una retórica redentora de la humanidad—a todas luces exagerada—los empresarios de Silicon Valley pretenden que idolatremos sus maravillas tecnológicas. Todo lo demás pertenecerá a un pasado irrelevante, nos aseguran como si fuera un dogma, aunque nadie sepa con certeza quiénes serán los verdaderos ganadores y perdedores.

Educadas bajo estas condiciones, las nuevas generaciones difícilmente imaginan otro camino que desechar la lectura, depender de la inteligencia artificial, perder horas mirando videos, abandonar sus carreras universitarias y pretender trabajar sin diplomas. Esta nueva infantilización, desde luego, comienza en los colegios y en los hogares—muchos de ellos, irónicamente, beneficiados por los avances educativos del siglo veinte que revolucionaron la vida de las mujeres y de las clases medias urbanas.

La humanidad está siendo atropellada nuevamente por una revolución tecnológica cuyos impactos aún no comprende del todo—no todo es encomiable, según los estragos que está causado en los colegios en términos de aprendizaje y salud mental.

En esta nueva Edad Media, la inteligencia artificial—ya no el cura de parroquia—se está convirtiendo en el amigo, el tutor, el confesor y el nuevo intermediario entre el conocimiento y las nuevas generaciones. A diferencia de la ilustración de Kant, el evangelio de los profetas de California promueve la minoría de edad de sus usuarios: no les conviene fomentar la independencia sino la dependencia de sus productos.

¿Alguien se opondrá a esta supuesta utopía? Por supuesto, no lo harán los accionistas, a quienes les interesa vender su producto. Tampoco lo harán los empresarios, quienes no pueden darse el lujo de perder la carrera tecnológica.

Con este escepticismo, no niego ni la utilidad ni los grandes avances científicos y empresariales que promete la inteligencia artificial. También quiero evitar cualquier simplificación en mi defensa de la lectura: nada garantiza que a mayores tasas tendremos ciudadanos más democráticos—pensemos, nada más, en la muy educada Alemania nazi, en Singapur, o China—aunque haya una fuerte correlación entre sociedades más educadas y productivas.

Simplemente, considero que el futuro de las democracias no puede quedar en manos de los populistas y de los empresarios de Silicon Valley, que buscan conducirnos cada vez más hacia la infantilización de nuestras sociedades. La fascinación que sienten algunos libertarios, como Peter Thiel, por la Edad Media ha sido bien documentada, así como su apoyo a gobiernos iliberales.

Es preciso regular el acceso a las nuevas tecnologías, como se discute en otras partes del mundo, y repensar seriamente la educación del siglo veintiuno. En el pasado, aparecieron nuevos medios educativos—la radio, la televisión, el internet—pero no habían amenazado con remplazar la lectura en los sistemas educativos. En lo posible, tenemos que evitar caer en la oposición entre tradición y modernidad. Y, a mi modo de ver, la lectura intensiva, así como la escritura, deberían mantener un papel central en la formación de las democracias.

En Nadie acabará con los libros (2010), Umberto Eco dijo memorablemente: ‘El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es.’

El problema no contemplado por Eco fue el siguiente: ¿y si el libro se quedara sin lectores? ¿Y si en los colegios dejaran de promover su lectura? ¿Y si el futuro que pretenden para nosotros significara regresar a los tiempos medievales de su novela El Nombre de la Rosa?

*Profesor asistente de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes y doctor en Historia de la Universidad de Oxford.
Fuente: La Silla Vacía

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