Denunciante Épico
| El hipopótamo en la cristalería
Calificación: de
5,00 | Cita: El hipopótamo en la cristalería Hay quienes dicen que no hay que prestarle atención al Presidente. Lo he intentado, pero no me sale. Thierry Ways Hay quienes dicen que lo sensato es no prestarle atención al Presidente. Que comentarlo es hacerle el juego. Que si nos ponemos a analizar cada uno de sus disparates, le estamos sirviendo en bandeja la agenda nacional. Que cuando compite con National Geographic en la zoología de los hipopótamos o con Animal Planet en los ritos de apareamiento caninos, lo que busca es desviar la atención de cosas más serias.
Primero, porque soy humano, y por tanto vulnerable al morbo. ¿Quién no ha estirado el cuello al pasar junto a un accidente en la carretera? Así se sienten, cada vez más, los discursos del Presidente. Como un choque o un descarrilamiento que no se puede dejar de mirar.
En segundo lugar, porque cada día se supera en la escala Richter del absurdo. Este martes, durante casi cuatro horas –entre una alocución oficial y un consejo de ministros convertido en monólogo–, habló de perros e hipopótamos, de la estatua de la Libertad, de actores porno, de Bolívar, Santander y Hitler (no podía faltar Hitler), de Garibaldi y el Gatopardo, del cansancio que le producen los conflictos de mujeres, del Tesoro Quimbaya ofrecido por amor, de que los socialistas no conversan con las máquinas. Y paro ahí, no porque se acabe el material, sino el espacio. ¿En qué otro cielo se esbozan constelaciones tan alucinadas entre puntos tan distantes?
Tercero, porque hay algo inquietante en la oratoria del Presidente. Un drama personal, cuyas causas desconocemos, pero que está en evidencia cada vez que se para en un atril. Atrás quedaron los fieros debates legislativos con que construyó su imagen de agudo orador. No sabemos qué cambió. Según su excanciller, se trata de un caso de abuso de sustancias. Quizá simplemente el poder lo descompuso. En cualquier caso, hoy lo vemos convertido en alguien que lanza peroratas deshilvanadas, salta de tema en tema porque no domina ninguno en profundidad y parece confiar en que su verborrea será interpretada como genialidad.
En cuarto lugar, hay otro drama menos comentado: el de quienes lo rodean. Esos ministros, viceministros y funcionarios que acompañan sus discursos. Ponen caras solemnes, como si su jefe estuviera exponiendo ideas brillantes y no un sancocho conceptual. A menudo el mandatario los pordebajea, los acusa de traición o los responsabiliza, al aire, de los fracasos del Gobierno. Uno esperaría que alguno de ellos se hartara de tanta indignidad un día y renunciara en vivo y en directo, pero no ha sucedido. Más de uno, antes considerado una persona seria, encalló su prestigio contra las rocas de este gobierno. Pocos saldrán con la reputación a flote.
Pero la principal razón por la que no dejo de prestarle atención al Presidente es que, en medio del fárrago, a veces dice cosas muy serias. Cosas nada divertidas. El martes hubo un momento de esos, de una claridad atronadora. En medio de una exposición sobre el sistema de salud, cuya veracidad ha sido cuestionada por varios expertos, el mandatario dijo que, si el Congreso no aprueba una ley de financiamiento este año, el Estado colombiano se quiebra. Quizá simplemente el poder lo descompuso. En cualquier caso, hoy lo vemos convertido en alguien que lanza peroratas deshilvanadas, salta de tema en tema porque no domina ninguno en profundidad y parece confiar en que su verborrea será interpretada como genialidad
“Todas las cifras lo dicen”, aseguró. “Y nos hundimos en la barbarie y la violencia”, añadió.
Si esto lo dijera un gobierno recién llegado, sería una alerta admisible. Pero estando a punto de culminar su tercer año, solo cabe una lectura: el Pacto Histórico reventó las finanzas públicas. Y ahora pretende usar esa quiebra como mecanismo de chantaje, exigiendo más plata –en época de campaña, qué casualidad– para quienes han demostrado ser pésimos administradores.
Hay un hipopótamo en la cristalería. Esa es la realidad que quieren tapar con la retórica. Pero el estrépito de los cristales se impone sobre el palabrerío. |
Fuente: El Tiempo  |