Respuesta: Modelos del Santa Fe
Nos conocimos en noviembre, en Fiebre, un lugar donde la noche se disfraza de olvido y la música ahoga las preguntas. Me llamó la atención desde el primer momento, no por lo obvio, sino por esa mezcla de seguridad y tristeza que cargaba en los ojos.
Intercambiamos números y, al cabo de un tiempo, la contacté. Al principio fue lo pactado: un encuentro sin promesas, cuerpos buscándose en silencio. Pero luego, lo inesperado: me la encontré en Troya, bailamos, reímos, y algo —que nunca nombramos— empezó a crecer.
De ahí en adelante, salimos muchas veces. Almuerzos que se alargaban sin prisa, escapadas fuera de la ciudad, conversaciones largas que se sentían más reales que cualquier historia escrita con reglas claras. Me presentó, aunque fuera por pantalla, a su familia. Y cada día hablábamos como si fuéramos eso que muchos llaman “pareja”.
Pero lo nuestro nunca fue tan simple. Cada encuentro parecía exigir algo más: más atención, más dinero, más entrega. Yo le daba lo que podía, quizás creyendo que, con eso, podía comprar un lugar más allá del deseo. Llegamos a cruzar una línea íntima: sexo sin protección, como si la confianza se hubiera instalado sin permiso.
Y sin embargo, había grietas. Cuando bebía, aparecía una versión suya que no sabía querer sin presionar, que manipulaba, que me hacía sentir responsable de vacíos que no eran míos. La última vez fue un domingo. Cerveza, motel, y una tensión que lo contaminó todo. Terminamos mal, sin cerrar el ciclo, dejando en el aire más dudas que certezas.
Ahora me pregunto si vale la pena volver a escribirle. O si lo más sano es aceptar que lo que vivimos, aunque real, no era amor. Era compañía disfrazada de romance, necesidad mutua con un barniz de afecto.
Porque a veces uno se encuentra enredado en historias que no tienen nombre, que duelen pero también enseñan. Historias que nos muestran que no siempre el cariño es suficiente, que no todo vínculo debe defenderse hasta el final. A veces, el verdadero acto de amor es saber soltar.
Y entender que hay personas que solo pueden acompañarnos hasta cierto punto del camino.
|