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#1 |
Denunciante Bronce
| Relatos Breves
Calificación: de
5,00 | El susurro del íncubo Elvira despertó con la piel encendida, el corazón latiéndole en un ritmo febril. La noche estaba inmóvil, pero su cuerpo vibraba con la sensación de un roce fantasma sobre su piel. Había soñado con él otra vez.
El mismo ser que visitaba sus noches desde hacía semanas. Sombras ondulantes, una silueta esculpida en la penumbra, manos invisibles deslizándose por su piel con una maestría que ningún amante humano había logrado jamás.
Se giró en la cama, con la respiración entrecortada, intentando disipar el deseo que se aferraba a su carne. Pero entonces, una brisa helada le erizó la piel.
Él estaba allí.
Apenas un contorno en la oscuridad, pero con ojos que ardían como brasas encendidas.
—Elvira… —su voz fue un murmullo sedoso, reptando por su columna como un suspiro caliente.
Ella sintió que su cuerpo respondía de inmediato, un estremecimiento profundo, un anhelo insaciable que la hizo apretar las piernas sin poder evitarlo.
—¿Eres real? —su voz fue un hilo entrecortado.
El íncubo sonrió, una mueca de lujuria y hambre. Se acercó con la fluidez de una sombra líquida, deslizándose sobre ella sin peso, sin esfuerzo. Sus labios no la tocaron, pero su aliento ardiente recorrió su cuello, su clavícula, bajando lento hasta el borde de su camisón de seda.
—Más real de lo que nunca has imaginado… —susurró.
Unas manos invisibles recorrieron su cuerpo con un toque etéreo, explorándola con precisión inhumana. Su piel tembló bajo caricias que eran como un soplo de viento y, al mismo tiempo, tan firmes como el roce de unos labios.
Elvira jadeó cuando sintió la presión en su cintura, la calidez de unos labios inexistentes delineando su abdomen con una devoción exasperante. Su espalda se arqueó, entregándose al placer que la envolvía como una niebla densa y abrasadora.
—Eres mía… —susurró él contra su piel, y ella sintió la certeza de aquellas palabras vibrando en su interior.
La oscuridad se cerró a su alrededor, envolviéndolos en una danza de deseo. Y cuando el amanecer tiñó el cielo de un azul pálido, Elvira yacía sola en la cama, la piel aún ardiente, los labios entreabiertos en un gemido sofocado.
Pero sabía que volvería. Siempre volvía. 
__________________ "Ahora sólo hay una melancolía absoluta. No deseo nada. Dormir. Solamente dormir. Y soñar. Soñar que me quieren".
- Alejandra Pizarnik |
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