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La persona del año

por Andrés Caro


El columnista Andrés Caro. Foto: La Silla Vacía

A veces, les reprocho a las feministas que quemen estaciones de Transmilenio, que hagan grafitis, que dañen las puertas de las iglesias.

Pero después veo la cifra de feminicidios en Colombia (745 este año), la de violencia sexual, la de embarazos adolescentes, la de la brecha salarial, la del trabajo doméstico no remunerado, y pienso que los hombres hemos hecho guerras por menos y que por injusticias menos graves hemos roto más cosas.

Pensé en esto esta semana (siendo hombre, tengo el privilegio de pensar en eso sólo cuando quiero, o cuando se aparece el tema en una conversación) porque no sabía sobre qué escribir la última columna del año.

Había pensado en escribir sobre la bandera del M-19, que el presidente puso a los pies de José Mujica, y que a los colombianos nos recuerda los peores años de este país, y el que quizás sea el peor evento de nuestra historia. Pensé en escribir sobre esa bandera infame, sobre esa telita triste, que el presidente añora y reivindica con el celo del segundón que fue en esa guerrilla.

También pensé en escribirla sobre Daniel Mendoza y sobre cómo la defensa del presidente al ya caído, nunca nombrado, embajador en Tailandia (la caudalosa, tediosa apología que el presidente hizo en un discurso en el que parecía borracho y luego en Twitter, y en la que comparó a Mendoza con Henry Miller y con Nabokov y con Anaïs Nin) no sólo era un insulto a las mujeres, como lo escribió con rabia justa Olga González, sino a la inteligencia de la gente, y a la suya propia.

(Es un insulto a Nabokov, también, ponerlo al lado de Nin y de Miller. Pero bueno).

El presidente dijo que Mendoza había ayudado a “correr el embrujo autoritario” y que había “destapado” a Álvaro Uribe. Pero en verdad no hizo nada de eso, ni se refirió a los delitos más graves que se cometieron entre 2002 y 2008, sino que se enredó, como los conspiretas en las películas, con los hilos rojos, con las conexiones inventadas, con las mentiras que el presidente se ha creído porque confirman sesgos suyos que no tienen relación con la realidad.

Las grandes mentes piensan igual, dicen. Y las pequeñas también, supongo.

Luego me encontré con un trino de Angélica Lozano en el que decía que “Gisèle Pelicot para mí es la mujer del año”. La senadora habla de la mujer francesa a la que su esposo violó, y a la que, durante años, drogó con Lorazepam para que otros hombres la violaran mientras dormía.

(Pensé en los trinos esos de Mendoza que el presidente de Colombia lee como literatura –“Llega la Semana Santa. Vamos a emborracharla, a drogarla y después, cuando duerma indefensa, la amarramos y entre todos le damos por el culo” o “la esposa es pa drogarla y después culearla”. Pensé en esos trinos que parecen, más bien, salidos de la imaginación de los violadores de Pelicot).

Y 2024 se pasó entre dos juicios franceses. El primero, imaginario, el de Anatomía de una caída, la increíble película de 2023 que sólo vine a ver este año, y, el segundo, real, el de Gisèle Pelicot contra sus violadores, que está terminando por estos días.

Aterrador y real.

Los hechos son conocidos: Gisèle Pelicot, nacida en 1952, estaba casada con un hombre desde hacía cincuenta años. Vivían en Mazan, un pequeño pueblo de la Provenza. Tenían hijos y nietos. Al hombre lo arrestaron en 2020 por tomarles fotos bajo sus faldas a unas mujeres en un supermercado. En su celular y, luego, en su computador (en una carpeta con el nombre Abus: “Abuso”) encontraron videos de noventa violaciones a su esposa perpetradas por decenas de hombres durante ocho años.

Ella se enteró de lo que había ocurrido porque la policía se lo contó después del arresto en el supermercado.

Ocho años pasó drogada, dormida y violada por muchos hombres que su esposo contactaba a través de una página de internet.

Drogada por su esposo de muchos años.

Violada por su esposo y por otros cincuenta hombres: por un soldado, por un enfermero, por un transportador, por un jardinero, por un guardia de prisión, por el dueño de un sitio de alquiler de películas, por un bombero, por un experto en informática, por un carnicero, por un vendedor de supermercado, por un entrenador de fútbol, por un motociclista, por un ladrón, por un drogadicto, por un panadero, por un campesino, por un experto en refrigeración, por un obrero, por un hombre de Lyon que manejó dos horas y media para violarla el 21 de septiembre de 2018, por un peluquero, por un carpintero, por un campeón de boxeo, por un policía de tránsito, por un pintor, por un miembro de la Legión Extranjera, por un mecánico, por un periodista, por un fabricante de espejos.

Por un fabricante de espejos: lo leo, lo escribo y aún me cuesta creerlo.

Violada por jóvenes, por abuelos, por un hombre homosexual, por el padre de un hijo muerto, por el padre de un hijo enfermo, por un hombre que cuidaba a su madre, por un viejo de 74 años, por un hombre que tuvo un infarto, por un hombre que huyó de Francia.

Violada por hombres que tenían historias de violencia sexual y de adicción (más que el promedio, como informó el Wall Street Journal), pero también por hombres que nunca antes habían sido violentos. Por hombres pobres y por hombres ricos. Por hombres normales y por hombres raros.

Aterrador y real que el hombre en quien uno confía, con quien tuvo hijos, y cuyo apellido lleva, la drogue, la duerma, la viole, la someta a violaciones de extraños (de otros extraños). Aterrador y real que, en un pueblo de seis mil habitantes, cincuenta hombres estén dispuestos a violar a una mujer. Aterrador y real que durante años nadie hubiera dicho nada.

Aterrador que le pase a alguien que uno quiere. Aterrador, también, que uno pueda convertirse en alguien capaz de hacer tanto daño.

Sabemos los detalles del caso porque Gisèle Pelicot tomó la decisión heroica (verdaderamente heroica, pues implica mostrarse ante el mundo para cambiarlo) de permitir que las pruebas se mostraran durante el juicio y que los medios lo cubrieran. Uno a uno, enfrentó a sus violadores, los miró a la cara (caras que no había visto nunca, dormida como estaba las veces que ellos la vieron a ella) y vio, con ellos, con los fiscales, con los cinco jueces y con muchos periodistas los videos que su esposo grabó mientras la violaban.

Decidió mostrarse como víctima de una violencia que todavía me parece inconcebible.

No en todos los casos hay videos que prueban los hechos y no todas las víctimas pueden hacer lo que ella hizo: exponer de una forma tan visceral lo que ha sufrido y señalar a sus victimarios. Ninguna tiene el deber de hacerlo, claro, pero haberlo hecho, haber vencido la vergüenza que injustamente acompaña a las víctimas, muestra el coraje impresionante (digno, sorprendente, extraordinario: estas palabras no bastarían para describirlo) de Gisèle Pelicot, que creo que es, como dijo la senadora Lozano, la persona del año.

Quisiera pensar que las violaciones de Mazan son un fenómeno raro y nuevo. Que responden a una particularidad del clima, a los vientos provenzales que causaban ira y locura, a una serie de coincidencias y encuentros horribles, o al racionalismo cartesiano de los franceses que tanto detestaba García Márquez.

Pero, a pesar de las pastillas para dormir, de los sitios de internet, de las cámaras de video, este caso, aunque extremo, hubiera podido pasar en otro tiempo y en otro lugar. El hecho de que hayan sido cincuenta hombres tan distintos contribuye al estupor y confirma que esto habría podido ocurrir mucho más cerca de nosotros.

Y que, quizás de formas menos escandalosas, siempre está ocurriendo.
Fuente: La silla Vacía

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