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Heráclito
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Iniciado por Casanova33 Ver Mensaje
Busquemos películas de Tartovsky muchachos. Cuando estaba en la U vi como unas tres del man, pero no me acuerdo y no encuentro.
El CineClub de Denunciando, ha revivido. Nos vemos.

Buena idea. En la revista de cine "El antepenúltimo mohicano", se hace una introducción al cine del gran director ruso recordando la gran admiración que por él sentía otro de los grandes cineastas de todos los tiempos: Ingmar Bergman:

Cita:
"En 1997, y coincidiendo, tanto con el centenario del nacimiento del cine como con el medio siglo de existencia del Festival de Cannes, durante la edición de ese año se convocaría a los directores premiados en el certamen todavía vivos para que se encargaran de entregar la Palma de las Palmas, un galardón único destinado a conmemorar al realizador que más relevante e influyente les pareciera a todos.

Mediante votación unánime, este selecto jurado escogería a Ingmar Bergman como «el mejor director de cine de todos los tiempos». Y aunque es una perogrullada matizar que «lo mejor» y «lo peor» son conceptos totalmente relativos, pues dependen de una perspectiva influenciada por innumerables factores, no resulta nada baladí, según lo dicho, que el cineasta sueco afirmara en su libro de memorias, La linterna mágica (1987), que:

«Cuando el cine no es documento, es sueño. Por eso Tarkovski es el más grande de todos. Se mueve con una naturalidad absoluta en el espacio de los sueños; él no explica, y además, ¿qué iba a explicar? Es un visionario que ha conseguido poner en escena sus visiones en el más pesado, pero también en el más solícito, de todos los medios. Yo me he pasado la vida golpeando a la puerta de ese espacio donde él se mueve como pez en el agua».

La admiración de alguien como Bergman hacia la obra de un realizador con una filmografía realmente exigua –dados sus problemas con las autoridades soviéticas, su perfeccionismo y su prematura muerte de cáncer a los 54 años– expresa, básicamente, lo poderosa, lo inimitable y lo singular que dicha obra es. Porque, una vez traspasa el espectador ese velo del sueño al que alude el director sueco –un velo que sugiere, que evoca, que arrebata–, ya no hay vuelta atrás.

Si las películas de Tarkovski parecen tener esa cualidad inefable, simultáneamente cotidiana y alienígena, que le atribuimos a las imágenes que pueblan nuestra mente mientras dormimos, es porque tienen un lirismo extraño, abstracto y descontextualizado que, sin embargo, hunde sus raíces en una inquietante familiaridad, como esos viejos objetos que el uso y el polvo han desgastado hasta hacerlos inútiles y casi irreconocibles, pero que, para sus dueños, contienen significados ocultos y adicionales, que mezclan su configuración primigenia (objetiva) con otra más profunda y compleja (subjetiva), aunque a menudo difícil de precisar o compartir. Son imágenes que no parecen concebidas, sino halladas o reveladas, como surgidas de una sombra proyectada bocabajo sobre un fondo blanco, igual que esa espontánea cámara oscura que Kirill (Ivan Lapikov) descubre sobre la pared del monasterio en Andrei Rublev.

Por todo ello, los siete largometrajes que configuran íntegramente la trayectoria de Tarkovski –junto a un documental, un mediometraje, dos cortos y un filme perdido– se cuentan entre lo más genial, único y cautivador nunca legado por el conjunto del séptimo arte. Y conviene precisar que ello no significa que esas siete cintas sean todas obras maestras indiscutibles.

Pero, en todo caso, incluso en aquellas que evidencian su irregularidad, existen momentos tan excelsos que se les disculpan sus titubeos, muchos de los cuales, es menester señalarlo, no los provoca la incapacidad del autor para expresar lo que quiere, sino problemas con la censura, limitaciones presupuestarias, accidentes de rodaje (v. gr. gran parte del metraje de Stalker se tuvo que rodar de nuevo por un error de revelado), etc.

Inserto en la maquinaria del régimen soviético, un creador como él, completamente ajeno a planteamientos políticos –no es que fuera anticomunista, es que esta ideología no tenía cabida en su obra–, tuvo toda su vida que luchar, en el sentido más textual del término, para sacar adelante sus proyectos. Que acabara exiliado en la Europa occidental, de alguna manera fue tan inevitable como traumático, porque, si algo prueban sus dos obras rodadas fuera de Rusia, es que su filmografía es absolutamente indisociable de la nacionalidad que lo vio nacer.

De ahí que Nostalgia sea una propuesta bellísima, pero desigual, y que la magnífica Sacrificio parezca un compendio de los temas recurrentes de su carrera rebozados en la estética de Bergman, hasta el punto de que se diría codirigida por ambos autores. El Tarkovski único, inconfundible, excepcional, surge inevitablemente de los paisajes rusos, de su cultura y costumbres, de su historia, de su idiosincrasia apasionada y fatalista.

La religión ortodoxa, la pintura y la escultura góticas y renacentistas, la música clásica y las grandes plumas de la novelística rusa decimonónica son el sustrato sobre el que se conforma su producción, aparte de tratarse también de las coordenadas originales de su propia persona. Hijo del eminente poeta Arseni Tarkovski –miembro del denominado «Siglo de Plata» ruso, integrado por nombres de la talla de Osip Mandelstam o Ana Ajmátova–, el divorcio de sus padres y el subsiguiente abandono de Arseni de sus hijos a muy temprana edad propiciaron que, irónicamente, fuera su madre, Maria Ivánova Vishnyakova, una humilde correctora editorial, quien resultara decisiva en el estímulo de su inclinación artística.

La influencia femenina –puesto que se crio rodeado de su abuela, su progenitora y su hermana pequeña–, las privaciones en Moscú durante la guerra y los veranos en la dacha de la localidad de Iurevets marcaron su infancia, todo ello explícitamente recogido en El espejo, su obra más autobiográfica y, por eso mismo, la más críptica, ya que la proximidad de lo narrado le impuso una distancia creativa mayor (en sus propias palabras: «La participación interior en cualquier cosa hay que transformarla en formas olímpicamente serenas. Solo así, un artista puede narrar algo sobre las cosas que le conmueven.»
Fuente: El antepenúltimo mohicano

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Última edición por Heráclito; 07-09-2024 a las 23:19:41
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