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Cuando no hay capitán, todo se va al carajo.

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El problema con el derrumbe de los poderes públicos es que ocurre como un efecto dominó en el que el desorden de uno empuja y justifica el del otro. Tras la instalación del caos institucional es difícil señalar con certeza quién o qué lo originó. Y lo cierto es que las verdaderas crisis democráticas las provocan los excesos u omisiones de varias o todas las ramas del poder.

Es cierto que Gustavo Petro ha enfrentado a un fiscal politizado y peligroso. Un funcionario que ha usado el ente acusador a su antojo, que ha direccionado las investigaciones para favorecer amigos y castigar críticos, que ha abusado de los recursos públicos a su disposición. Además, lo ha hecho amparado en su brazo mediático, que le sirve de altavoz sin filtros para vender sus dudosas actuaciones.

Eso, sumado a una Corte Suprema de Justicia que amenaza con dejar a Martha Mancera como encargada, a pesar de los enormes e incontestados cuestionamientos en su contra.

A este escenario hay que agregarle una procuradora que parece haber despertado de un letargo de cuatro años para empezar a poner en práctica sus poderes disciplinarios, de manera antojadiza y manchada de tintes políticos. La suspensión de Álvaro Leyva de la Cancillería, aunque pueda ser justificable, aviva el discurso de que se persigue a Petro, porque ninguna actuación semejante o peor del gobierno Duque mereció semejante atención express de Margarita Cabello Blanco.

En el Congreso tampoco hay atisbo de funcionalidad; no se advierten bancadas, ni de gobierno o de oposición con la fuerza suficiente para poner freno al desbarajuste que se avizora. Con contadas excepciones, allá andan a punta del tráfico de influencias y clientelismo que solo sabe mirarse al ombligo.

El presidente se siente incómodo con un gabinete que no corre hacía el destino poético que considera designación divina y desconfía de cualquier funcionario que advierta en algo independiente. Todo ello sumado a los cuestionamientos contra su hijo, su esposa, su campaña presidencial y algunos de sus altos funcionarios.

Petro se siente acorralado, solo y perseguido. Y como cuando se le da al paranoico la razón, así alimenta la obsesión que lo ha acompañado toda su carrera política de que la lealtad de su equipo es sinónimo de silencio y aquiescencia con sus empresas, equivocadas o no.

Entonces estalla en soliloquios virales en las redes sociales, contesta a cuentas falsas y vocifera en árabe, francés e italiano que lo quieren tumbar. Señaló en X —por siempre Twitter— que la Fiscalía pedirá su juicio político, denuncia “torturas” y pide, de nuevo, que su gente colme las calles para detener la injusticia.

No es claro si Petro cuenta aún con ese apoyo popular que pueda rodearlo con vehemencia, pero sí que opta por esas vías no institucionales para defenderse. Como si el Estado y sus formas no fuesen suficientes para salir del problema.

Y creo que algo de razón tiene en la denuncia de los embates que enfrenta de un establecimiento que no lo soporta, incluso si hiciera bien las cosas. Pero no es claro cómo espera enfrentar este torrente a punta de gritos desesperados en redes sociales y manifestaciones programadas. Ni en qué podrá contribuir a esclarecer hechos o responder acusaciones.

Los entes de control que cooptó Iván Duque, para proteger en sus cabezas a operadores políticos llenos de intereses (menos el de cuidar al Estado), ahora rinden frutos ante un presidente paranoico, cuestionado y mal rodeado por elección propia.

Es una receta desastrosa para la frágil institucionalidad colombiana. Y claro que la lista suma muchos ingredientes y es preparada por varios sectores políticos, como el que se apropió de las ías. Pero en este país presidencialista la manera en que el patriarca que se siente en la silla de Bolívar asuma los cuestionamientos en su contra determina el camino y el futuro para salir de este lío.

No es posible confiar en lo que salga de la boca del fiscal o la procuradora; el silencio y demora calculada de las cortes sirven para avivar el fuego; el Congreso sigue siendo incapaz de actuar por fuera de la repartija que los obsesiona y determina; el presidente se aísla entre aplaudidores y cabalga un caballo desbocado que pide el alzamiento popular.

Ojalá hubiese alguien que alzara la voz y clamara por un respiro, por el viraje hacía las vías institucionales, que, aunque imperfectas, son las que hemos diseñado en el pacto social para salir de estas situaciones. Alguien con legitimidad y poder real que fuese capaz de recordar que necesitamos de ese pacto, aunque sea conveniente revisarlo y mejorarlo. Y se queda uno pensando si en este zaperoco todavía existe quien pueda ponerse ese sombrero.
Fuente: Revista Cambio
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