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Sanabria
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Predeterminado Respuesta: Antioquia, el nuevo hogar de muchos venezolanos

”Alegrarse por poder comer”


“El día que no me alcanzó el sueldo para comprarle la leche a mi hija, ese día decidí venir”. El que habla es Sergio Rosales. Tiene 29 años y mes y medio en Medellín. Esta residenciado en Prado Centro, junto a otro familiar.

Vivía en Guarenas, a las afueras de Caracas. Trabajaba como celador en un laboratorio. A su esposa y a su pequeña de 2 años, las dejó allá.

“Mi meta es reunir plata para traerlas”, explica. La entrevista la dio el martes, mientras ayudaba a preparar y organizar todo para la inauguración de una venta de hamburguesas, perros calientes y arepas que abrirían al público dos días después. Todos en el lugar, ubicado en pleno centro, eran venezolanos.

El hombre estaba contento, aunque aún no habían puesto a funcionar el negocio. “Me siento bien porque aquí como bien, duermo bien, puedo salir y hasta usar mi teléfono”, contó.


Cuando no pudo alimentar a su hija, decidió emigrar.


Tenía su propia peluquería


Natasha es peluquera y dice que ese es su nombre “artístico”. Tenía 10 años de experiencia y 5 con su propia peluquería. Salió de Venezuela porque se quedó sin clientes.

“El trabajo bajó mucho porque las clientas emigraron. Cada semana se iban del país unas 5 o 6. Me quedé sola”, explicó.

El martes de esta semana, cuando dio la entrevista, tenía 9 días en la ciudad. Encontró trabajo dos días después de haber llegado. Conoció el Valle de Aburrá el día que llegó para quedarse.

“Aquí todo es bonito, las calles son limpias, los anaqueles están full de comida, no hay que hacer cola para comprar, se puede estar en la calle de noche, en Venezuela a las 6:00 de la tarde ya tienes que estar en tu casa”, cuenta.

Al preguntarle cómo se siente al tener todos esos beneficios, pero teniendo que empezar desde cero, se le quiebra la voz. “Es difícil, dejar toda una vida que se ha hecho es duro. Dejar la familia y los amigos es difícil, pero vamos para adelante”, asegura. Vive con su pareja, otro venezolano, instructor de gimnasia, que no ha logrado conseguir empleo. “Vinimos a trabajar con responsabilidad y voluntad”, agrega mientras se seca las lágrimas.


Las clientas de Natasha salieron de Venezuela. Cuando se quedó sola, hizo lo mismo.


Dejó su firma de contadores para empezar de cero

Pedro Del Nardo decidió irse de Venezuela el día que, llegando a su casa, le pusieron una pistola en la cabeza para quitarle la plata, el celular y el reloj.

En Caracas tenía una pequeña firma de contadores junto a su esposa en la que, en teoría, no les iba mal. Es graduado en Administración de Empresas. Su señora es contadora y sigue en Caracas.

Ahora es asesor corporativo en una óptica ubicada precisamente en la calle Caracas. “Aquí (como empleado) hago en un mes lo que allá hacía en 4 meses o más. En Medellín, si trabajan dos y cada uno gana un poquito más del sueldo mínimo se puede vivir. En Venezuela cada uno necesita hasta tres trabajos y varios ‘tigritos’ (rebusques) los fines de semana para poder sobrevivir”, dijo.

El plan es asentarse, ahorrar y poder traer a su esposa, al hijo de ella y al de él. “Cuando llegué a Colombia me di cuenta de que esto es como la Caracas de los 90, cuando teníamos de todo. Medellín es la tierra de las oportunidades. Los paisas son personas que extienden la mano. Uno acá tiene un mejor futuro para la familia. Eso sí, a los venezolanos les digo que no se traigan para acá la viveza criolla. Lo que hay que hacer es ‘echarle bolas’ y trabajar duro” afirmó.



Un atraco con arma de fuego fue la gota que rebasó el vaso.



‘El Chamo’ los trajo a Medellín


“¡Pasa, mi amor!”, dice con voz alegre, sonrisa amplia y un muy notorio acento venezolano. Vanessa Flores vivió en Valencia, estado Carabobo, hasta el 31 de enero de este año.

Su esposo, un venezolano de origen portugués, tenía varios negocios de comida gourmet en esa ciudad de Venezuela. En noviembre del año pasado compraron ‘El Chamo’, una venta de arepas y empanadas venezolanas ubicada a media cuadra del Parque de Bolívar, como una inversión. Ahora la pareja y sus dos hijas viven en Medellín.

“Esto es un punto de encuentro de los venezolanos y también vienen a comer muchos colombianos que han vivido en Venezuela. Son muchos”, dice contenta y, en efecto, durante la entrevista fueron varios los venezolanos que llegaron al sitio a comprar o incluso a saludar.

“Aquí la gente es muy receptiva, nos ha ido muy bien. Trabajamos de lunes a sábado y nos han contratado para bautizos, fiestas de 15 años y otros cumpleaños. Ya tenemos contratos hasta diciembre”, cuenta.



En el centro esta venezolana montó un restaurante con comida de su tierra.


Vinieron buscando un futuro para su hija

Que los atracos fueron parte ‘normal’ de la vida, que tuvieran que analizar muy bien dónde dejaban parqueado el carro para que no les robaran los cauchos o la batería, que conseguir alimentos -no para abastecer un restaurante sino para una familia de tres- fuese una angustia constante, fueron algunas de las razones por las cuales decidieron salir de Venezuela. Eso sí no fue la principal: la seguridad y la educación de su hija de 17 años de edad fue lo que los sacó de su país.

“Vinimos por el futuro de nuestra hija. En lo académico no considerábamos que iba a quedar bien formada, tomando en cuenta la inmensa masa de docentes que ha migrado del país. Acá en cambio se está haciendo una profesional para aportar aquí y para ser parte fundamental de la reconstrucción de Venezuela”, dijo Américo Trejo, el padre de la adolescente que acaba de concluir el primer semestre de Administración de Negocios en una universidad de Medellín.

El hombre, que era representante de marcas cosméticas mundiales en Venezuela, montó un almacén de productos de peluquería y empezó de cero. En el negocio, ubicado a media cuadra del Parque de Bolívar, lo acompaña su esposa. Maythe Pernía, que atiende con esmero y que trata de aprender a toda prisa las bondades de cada producto, es médico con especialidad en ginecoobstetricia. Luego de años de experiencia simplemente no puede ejercer porque no ha concluido la homologación de sus títulos. “Vinimos a trabajar y estamos tranquilos. Nos ha ido excelente”, dice la médico que sonríe detrás de un mostrador sin perder la esperanza.


La educación de su hija de 17 años fue la razón que los llevó a salir de Venezuela.


Ya tiene sus clientes fijos


En Valencia era estilista. Llegó a Medellín a finales del año pasado y afortunadamente no le costó conseguir trabajo en lo suyo. “Yo siempre me hago atender por la venezolana porque trabaja muy bien”, dice una cliente de Beatriz Martínez, que ya tiene su clientela.

Logró colocarse en una peluquería de Envigado. “Me siento bien. Aquí la gente es mucho más amable y más colaboradora”, dice. No tiene más que palabras de agradecimiento para los paisas.

La mujer, de 31 años, llegó a la ciudad con su esposo, su hijo de 5 años, su mamá y su hermano. “Me impresionó encontrar aquí todo lo que ya no se consigue allá”, dice refiriéndose a la comida.


En Envigado ya conocen a Beatriz, la venezolana.


Salió del restaurante familiar y ahora es mesero en Envigado


A sus 19 años, Martín Duque había trabajado por varios años en el restaurante de sus padres en Valera, estado Trujillo, Venezuela. Desde hace 15 días logró colocarse como mesonero en un restaurante en Envigado.

“Llegué a un restaurante en Sabaneta, le expliqué que tenía mucha experiencia pero que aquí nadie me conocía y no tenía quién me recomendara. Le pedí que me dejara trabajarle por ese día, que me probara y que no me pagara nada. Estuve allí toda la jornada, al final insistió en pagarme y me recomendó acá. Le estoy súper agradecido”, contó el joven.

“La cosa se empezó a poner muy ruda. Nos ha costado mucho mantener el restaurante, porque aún sigue abierto”, dijo. “No hay mejor satisfacción que estar tranquilo, sin que te roben. En Venezuela ya no se puede estar. Hay que encerrase a las 8:00 de la noche”, asegura, visiblemente contento, a pesar de haber tenido que dejar de trabajar en el restaurante familiar para pasar a ser mesero en el negocio de unos desconocidos en un país que no es el suyo.


Es ingeniero y vende empanadas


“Deme una empanada”, “me regala un pastel”, “¿tienes Colombiana?”, le van diciendo los clientes que se agrupan en el mostrador. El hombre sonríe y los atiende lo mejor y lo más rápido que le es posible. Quien desde hace unos días se gana la vida como empleado en una venta de comidas, es ingeniero industrial y técnico en instrumentación.

Aunque Daniel Rivero es profesional no ha podido conseguir trabajo en su área. Es venezolano y luego de años de experiencia en su Zulia natal llegó hace un mes y 20 días al Valle de Aburrá a empezar de cero, a sus 33 años de vida.

“Cuando llegué a Colombia casi lloro. Acá uno puede elegir las marcas (de los productos alimenticios y de aseo personal). Allá ni teniendo la plata puedes comprar leche”, dijo.

“Allá llegué a tener hasta tres negocios de comida rápida. Ahora mi meta es traerme a mi esposa y a mi hijo de 4 años”, explicó.

Llegó a Medellín porque ya estaba acá un amigo suyo, que le está dando posada en su propia residencia, al norte de la ciudad.

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