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| Antioquia, el nuevo hogar de muchos venezolanos
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Poder comprar alimentos, conseguir medicinas, tener mejor calidad de vida y tratar de asegurarse un mejor futuro, esas, en general, son las razones por las cuales cada vez llegan más venezolanos al Valle de Aburrá.
Algunos son profesionales, otros no. Unos han tenido suerte y han conseguido empleo en lo suyo, a otros les ha tocado reinventarse y hacer cualquier otra labor.
Las historias son muchas. Acá les contamos 14, con 16 protagonistas. Son venezolanos que accedieron a narrar qué fue lo que vivieron en su país que los llevó a tomar la decisión de irse y cómo les ha ido en el Valle de Aburrá.
Yo, que también soy venezolana, viví hasta hace dos años y 10 meses en Caracas, me fui por varias razones, pero principalmente porque no podía estar a salvo ni siquiera dentro de la propia casa, porque pasaban grupos afectos al Gobierno -armados ilegalmente- y nos atacaban, y en la noche hacían lo mismo los funcionarios de la Guardia Nacional. Es ingeniero y no le alcanzaba ni para comer
Eduar Martínez es ingeniero electricista y llegó a la ciudad hace 2 meses. En Puerto Ordaz, Venezuela, ejercía su profesión y el dinero que se ganaba allá en un mes lo hace acá en 2 o 3 días. Vive en un apartamento en Envigado, con su hermano, también ingeniero, y otros 6 venezolanos. Empezó buscando en lo suyo, pero no ha sido fácil. Desde hace unos días este profesional de 32 años trabaja como mesero. “El primer día llegué a mi casa y lloré. Pensaba que se me iban a caer los platos. Fue duro. Yo había estudiado tanto en Venezuela. Uno tiene metas de superación y aún las tengo, pero allá no las voy a poder conseguir”, explicó, haciendo pausas para tratar de contener las lágrimas. No aguantó.
“Mis palabras para todos los venezolanos es que tengan fe en Dios, que tengan constancia, paciencia y muchas ganas de echar para adelante. Todo trabajo es digno. Eso lo aprendí aquí. A los paisas, que estoy muy agradecido por el buen trato y apoyo”, dice.
Trata diariamente de aprender y de hacer su labor como mesero lo mejor que le es posible. “Ya he aprendido que parchita acá es maracuyá, que lechosa es papaya, que punto de venta es datáfono y así”, relata. Eso sí, sigue buscando para volver a ejercer su profesión.
Mientras en Venezuela siguen las protestas de la oposición (foto), muchos otros ciudadanos optaron por salir del país. Medellín está entre sus destinos  Hubo un día en el que solo tuvo para comer una vez. Almorzó a eso de las 3:00 de la tarde para tratar de engañar al estómago. Al día siguiente, cuando le tocó hacer lo mismo, decidió que se iba del país. De una oficina con aire acondicionado al Parque Berrío
Adriana Jiménez trabajaba como asistente administrativa en la Cigarrera Bigott, reconocida empresa que en Venezuela manufactura y comercializa varias de las principales marcas de cigarrillos que se venden en ese país. “Pasar de un trabajo de oficina, en aire acondicionado, a estar bajo el sol y la lluvia ha sido duro, y, a pesar de eso, ahora puedo ayudar más a mi familia. Allá ya no podía ni comprar comida. Me siento mejor acá y tengo mejor calidad de vida”, cuenta esta caraqueña que ahora es tintera en Parque Berrío.
“Hay días en que uno vende un termito nada más. Otros llego a vender hasta 5 o 6. Es que somos muchas, pero estoy más tranquila. Si me hace falta arroz, voy a la tienda y lo compro, no tengo que estar sufriendo por si es el día en el que me pueden vender según el terminal de mi número de cédula, porque eso es lo que se vive allá”, explica la mujer de 23 años de edad que vive en Popular desde hace un año y un mes junto a su pareja, un paisa del que se enamoró en Venezuela. “Los venezolanos que estamos acá tenemos que seguir luchando. No podemos rendirnos, para eso fue que nacimos los venezolanos, para guerrearla. Yo de Medallo ya no me voy, este es mi segundo hogar. Como dicen aquí: ‘Ya me amañé’”, sostiene sonreída y muy bien peinadita, sentada junto a su termo en pleno centro de la ciudad.  Adriana Jiménez vende tinto en el Parque Berrío. Cantar y tocar en los buses, con una bebita a cuestas
En Medellín llevan menos de un mes. No han conseguido un trabajo formal y tienen una bebé de 7 meses con la que salieron de Venezuela porque no tenían ni cómo comprarle un pañal. En todo el Valle de Aburrá, ni un solo familiar o amigo.
Esa es la historia de Bernard Castellano, de 22 años; Luna Rojas, de 21, y de Ofelia, la bebé, que justo cuando su mamá empezó a cantar se puso a llorar. “Cuando la tarde languidece, renacen las sombras y en la quietud los cafetales vuelven a sentir, el son tristón, canción de amor de la vieja molienda...”.
La voz de la mujer es absolutamente dulce. La canción —una de las venezolanas más famosas y versionadas en el mundo—, es triste. La razón por la que Luna canta es dura: no lo hace para procurar que la pequeña se duerma, sino para tratar de reunir los 25.000 pesos que necesitan cada día para pagar la pieza en el centro en la que viven los 3. Primero aseguran el techo, el resto de lo que hacen es para comida.
La mujer, que empezó estudios de Música en la Universidad de Los Andes (en Mérida, Venezuela), va de pie con el cuatro en las manos. El hombre, que se acomoda en una silla, lleva a la bebé en un canguro para tener las manos libres y acompañar a su esposa con las maracas.
Todos escuchan. Algunos los observan, otros prefieren perder la mirada a través de la ventana. Al final de la segunda canción, unos cuantos les colaboran con algo de plata. La escena se repite varias veces al día, todos los días, en los buses en los que les dan permiso para subirse a hacer música.
“Al principio no sabíamos cómo era esto. Pagábamos el pasaje y a veces ni siquiera volvíamos a reunir lo que habíamos gastado para poder tocar”, cuenta Luna, que nunca antes había cantado en la calle.
Su esposo tampoco lo había hecho. “Yo trabajaba en la empresa de mi papá. Hacíamos portones, rejas, trabajos de plomería y herrería, pero ahora a la gente en Venezuela solo le alcanza el dinero para comprar comida y ya casi nadie contrata ese tipo de servicios”, explica Bernard.
“Allá comíamos una sola vez al día, acá hacemos las 3 comidas. Estamos mejor. Nos estamos buscando un mejor futuro”, dice, siempre con la sonrisa de par en par y el ánimo intacto para subirse a más y más buses.  En Venezuela comían una sola vez al día. La llegada de la bebé los hizo pensar en salir del país para buscar un mejor futuro. Una médica que no podía ni hacer mercado
Después de 19 años de experiencia como médica en Venezuela, la doctora Ana Lucía López tuvo que dejar su país, para venir a la ciudad de su padre: Medellín. Lleva aquí 5 meses.
“Mi vida económicamente hablando empezó a decaer. Ya no podía decir ‘voy a hacer mercado’, sino ‘voy a comprar lo que pueda’. Era una situación en la que simplemente compraba carne o charcutería a veces. Esa es la verdad. Aquí sí puedo hacer mercado. Extraño mi país porque esos sentimientos están muy arraigados.
El proceso de adaptación no ha sido fácil, aunque sé, con todo el dolor del mundo, que venir fue una buena decisión”, explicó la mujer de 48 años de edad que llegó con su hija de 20 años.
“Además mi hija estaba estudiando Derecho en un país en el que no hay estado de derecho. Ahora está estudiando acá”, agrega.
La entrevista la dio por teléfono, pues se encontraba en Necoclí, donde estaba con un grupo de médicos colombianos dando capacitaciones en medicina ocupacional, que es su especialidad.
“Empezar acá no ha sido fácil. El protocolo para ejercer es complicado. Después de toda una vida llegas a un sitio en el que no te conoce nadie”, dice. Pronto empezará una especialización en Gerencia de Medicina Ocupacional y está en trámites para montar un consultorio.
“A los venezolanos que están acá les digo que tengan paciencia, tolerancia y que sigan luchando. No hay que perder la esperanza. Venezuela volverá a ser el país que fue y que nos merecemos”, remata.  Aunque la adaptación no ha sido fácil, la médica dice que venir fue la mejor decisión. Se trajeron el Churún Merú a Medelllín
Numilsa Castellanos es administradora y tiene 2 meses en Medellín. Trabajaba en una sede bancaria que quedaba dentro de un complejo petrolero en Venezuela, de los que entraron en paro en abril de 2002. Aunque nada tuvo que ver, la tildaron de golpista y la despidieron.
Luego de eso le tocó reinventarse e hizo cursos de alta cocina. En Venezuela vendió comidas y no le iba nada mal. “Luego empezaron a escasear los alimentos y no teníamos cómo cumplir con los pedidos”, explica.
Ante la crisis, y a sus 51 años, le tocó reinventarse una vez más, pero esta vez de este lado de la frontera.
Hace 3 semanas inauguró un restaurante en el centro comercial Premiun Plaza. Vende un promedio de 50 a 60 platos diarios.
“Nos ha ido excelente. Hemos tenido muchísima receptividad de parte de la gente. Nos preguntan que qué significa el nombre del negocio (que se llama Churún Merú, que es como los indígenas le decían al Salto Ángel, la caída de agua más alta del mundo, que está ubicada en Venezuela). Nos preguntan por los platos, pues hemos tratado de hacer una fusión entre lo venezolano y lo paisa. La comida ha gustado mucho y además los precios son muy buenos: los combos de hamburguesa y arepas son a 10.000 pesos y el menú a la carta vale 15.000”, explica.
Numilsa no está sola. Vino con su esposo, que es contador; sus 2 hijas, una fisioterapeuta y la otra odontóloga; su yerno, que es técnico en Seguridad Industrial, y su nieto. Todos, menos el bebé, son venezolanos.
“Dejar el país y las comodidades no es fácil, pero aquí hay que venir a trabajar y eso es lo que estamos haciendo. A los venezolanos que están acá les digo que tengan paciencia y que se esfuercen. A los paisas les agradecemos muchísimo, son personas amables, educadas y muy receptivas”, manifiesta. En Caracas tenía su propia empresa
Gustavo Adolfo Rodríguez es arquitecto. En Caracas era socio de una empresa de estimación y control de costos de obras. Tiene 55 años y después de una vida de experiencia le tocó volver a ser empleado.
Desde hace casi 2 años es coordinador de licitaciones para empresas de construcción, en Medellín.
“Ha sido una experiencia muy difícil. Allá tengo mi apartamento y mi carro. Acá vivo alquilado en un apartamento pequeñito y ando en bicicleta. Estoy muy agradecido por todas las oportunidades que me han dado. Además, acá tengo la posibilidad de conseguir comida y servicios, pero el cambio para mí ha sido notorio”, explicó.
Este profesional salió de Venezuela porque su ex esposa había venido a vivir a Medellín con los hijos de ambos, precisamente por la crisis del país vecino. Casi 3 años después de que ellos partieron, con una situación en el país que se había hecho aún peor y con la necesidad de reunirse con sus hijos, él también terminó en la capital antioqueña. En Medellín encontró empleo.  |